
El verdadero catalizador del virus del fútbol en mi vida, fue aquel Mundial en tierras galas, disputado siete años después de mi nacimiento. Y todo comenzó con un sticker que mi madre compró en el ómnibus de vuelta a casa desde el trabajo. Era todo blanco y tenía al gallo Footix, la mascota de aquella copa mundial estampado en un brillante azul, rojo y amarillo. “Tomá, se lo compré a un pobre tipo en el bus”, me dijo mi vieja. “Y esto que es?” – “La mascota del Mundial de Francia, empieza el mes que viene”.
A los pocos días esa curiosidad instalada por el pegotín -que ahora decoraba la pared de mi cuarto- comenzó a agrandarse con la llegada a mi casa del álbum de figuritas de la Copa. A medida que abría los primeros paquetes que mis viejos me habían comprado y empezaba a pegar las figuritas en los cuadrados numerados bajo su supervisión, – también obnubilados por el colorido y las fotografías de aquella revista laminada-, empezaron a presentarse ante mis ojos nuevos lugares del mundo: Noruega, Marruecos, Camerún, Japón, Jamaica. Hasta ese entonces, mi planeta no iba mucho más lejos que los límites de mi ciudad.
“Mira, estos no andan muy bien pero son rápidos y fuertes” me contaba mi viejo ayudándome a ajustar la cara del gran Taribo West con su exótico peinado de trenzas verdes, en el cuadradito con su número correspondiente en la doble página de la selección nigeriana. “Uuuuh, Holanda, estos si son buenos” me aseguraba mi vieja pasándome el sticker de un joven y desconocido por aquel entonces Edwin Van Der Sar.
“¿Y estos por que no tienen un sticker para ellos solos?” le pregunté a mis viejos cuando salió el calco partido al medio con la cara de Alexis Lalas de un lado y Marcelo Balboa del otro; “porque este equipo no es bueno y tienen que hacer entrar a todos en el álbum, así que a los peores los ponen en una página a cada uno, en vez de dos”. Y así fue que en mi mente de niño, el concepto de los Estados Unidos entró originalmente como “uno de los peores países del mundo”.
“¡Acá estamos nosotros!” grité emocionado cuando abrí otro paquete y la primer figurita en aparecer fue la de un semi sonriente y lampiño “Burrito” Ortega. “No nene” dijo mi vieja entre risas “esto es Argentina, nosotros no clasificamos”, “pero como, ¿Uruguay y Argentina, no son el mismo país?”.
“Mira, acá te muestro” – dijo mi viejo bajando del estante más alto de la librería del comedor de casa un atlas viejo y azul, forrado en nylon, y desplegándolo sobre la mesa de mármol, al lado del álbum y los paquetes de figuritas abiertos – “Uruguay está acá, y Argentina es esto grande de acá al lado”-.
En ese atlas, un regalo de mi abuelo a mi padre cuando era chico allá por los setenta, el mundo era bastante más grande que el que abarcaba el álbum del Mundial, y bastante distinto al que existía en el 98’: mi padre tuvo un gran problema a la hora de explicarme por que el Alto Volta o Zaire ya no existía bajo ese nombre, o porque Croacia no aparecía en aquel mapa pero sí en el álbum.
Las siguientes semanas conforme se llenaba mi álbum, se iba llenando también mi cerebro de datos, banderas, capitales y jugadores de fútbol.
No tomé magnitud de lo importante que era el Mundial hasta que paulatinamente mis compañeritos de clase empezaron a tener figuritas ellos también. Y así fue que en aquel invierno del 98’ no solo me inicié en el mundo del fútbol sino también en el del capitalismo, al aprender que los calcos brillantes valían más que los comunes y había que cambiarlos por dos fotos de equipos o tres y hasta cuatro jugadores, y viendo como nadie quería cambiar las figuritas que tenía todo el mundo (casi siempre jugadores de equipos africanos o asiáticos) pero se peleaban por las difíciles, o por las de los jugadores conocidos como el gordo Ronaldo (sin panza por aquel entonces, y defendiendo al Inter de Milán), De Boer, Zidane o el “Pibe” Valderrama.
Cuando la pelota comenzó a rodar en Francia a principios de junio con un apretado triunfo de Brasil sobre Escocia gracias a un postrero gol en contra de Thomas Boyd, yo ya había aprendido bastante de geografía, pero casi nada de fútbol.
El primer partido que vi casi de principio a fin fue el Yugoslavia-Irán por el grupo F, en Saint Etienne. Fue en la fiesta de cumpleaños de mi amiguito Diego, que se había cambiado de escuela a principio de año, por lo que no conocía a casi ninguno de los otros invitados al evento y encontré en una tele, mal sintonizada y con mucha estática, un buen entretenimiento a prueba de mi timidez. Un solitario gol de Mihajlović decretó el uno a cero final. No sé cómo seguí interesado en el fútbol después de aquel bodrio de partido.
A falta de Uruguay en la competición, mi yo de seis años se encariñó con Marruecos, posiblemente porque fue la primera figurita brillante que me tocó. La bandera no era particularmente linda… ¡pero brillaba!.
Recién llegado de la escuela mientras tomaba la merienda en la casa de mi abuela, la tele mostraba a los brasileños siendo sorprendidos por Noruega que tenía un penal a favor en la hora para dar el batacazo del torneo al momento. “¡Si! ¡Ojalá que lo metan!” exclamé, cuando mi abuela me explicó lo que era un penal. “Mirá que si lo meten, los tuyos quedan afuera” me avisó mi vieja, casi en el mismo instante en que Rekdal ajustaba la pelota contra el palo, lejos del alcance de Taffarel, materializando así mi primera decepción futbolística.
“Dale Ramiro, vamos a casa” me dijo mi madre mientras cabizbajo me resistía a dejar el asiento “Déjalo hija, ¿no ves que está triste porque marchó su cuadro?” le contestó mi abuela a mi mamá con una sonrisa cómplice.
Cuando promediaba la fase de grupos y se empezaban a definir los cruces de octavos de final, pasó lo mejor que le podría pasar a un niño de aquella edad en medio de un Mundial: una tremenda gripe me mandó a la cama por más de una semana. A día de hoy no recuerdo otra enfermedad que me haya tenido tanto tiempo fuera de combate, pero si hay un momento ideal para que te tome un virus de esos, es a los seis años, cuando se está disputando la fiesta máxima del fútbol.
Así fue que me instalaron la tele a los pies de la cama y mientras mis viejos trabajaban, mi abuela compartía conmigo los primeros partidos de la instancia decisiva del Mundial mientras me daba de tomar caldo caliente y me sonaba los mocos.
Cada tardecita esperaba ansioso la vuelta de mis padres de trabajar, ya que su arribo venía acompañado con sobres de figuritas para seguir llenando los cuadrados numerados del álbum y engrosar cada vez más la pila de las repetidas que de tan grande que era ya precisaba de una banda elástica para aguantarlas a todas juntas.
Y fue esa misma pila de repetidas la víctima de mi frustración, siendo reventada contra la pared de mi cuarto cuando los brasileños le dieron vuelta el partido a Dinamarca eliminando a mi segundo favorito del torneo tras la eliminación de Marruecos en fase de grupos. No sé por que me molestó tanto aquello, pero ya dejaba entrever una forma de vivir el fútbol, pasional y extrema, además de una propensión a tomar malas decisiones que me acompaña hasta el presente, al hinchar por Marruecos en primera instancia y por Dinamarca cuando le tocaba jugar con Brasil en la fase mata-mata.
Me mejoré de la gripe cuando se terminaban los cuartos de final, momento que coincidía con el comienzo de las vacaciones de invierno. De haber sido más grande me habrían acusado de falsear todo para empacharme de fútbol, pero a los seis años fue simplemente buen timing. Y como en casi todos los recesos de invierno, el auto partió rumbo a Paysandú, – tierra natal de mi padre-, con la familia a bordo.
¡Y en Paysandú también se seguía el Mundial! Así que pude ver en la tele de mi tía – bastante más grande y moderna que la que había en casa – al moreno Thuram y su mítico festejo tras el doblete contra la heroica Croacia, arrodillado cerca del banderín del córner, con la mano en la pera y cara de presunta confusión mientras todo el equipo bleu corría abrazarlo y celebrar su pasaje a la final. “Que bien Croacia, estos son buenos se ve” comenté “¡Y hasta hace cuatro años ni existían!” exclamó mi tío haciendo referencia a la reciente independencia de los balcánicos de la Federación de Yugoslavia.
Y el mundo se siguió agrandando en el norte uruguayo cuando fuimos con mis primos a las maquinitas del shopping y nos tiramos de cabeza a la que ofrecía un juego de fútbol. Además de las treinta y dos selecciones que ya conocía de memoria – junto a sus capitales y banderas – había muchas otras. No recuerdo que juego era pero tenía una gran variedad y mientras me movía de una bandera a otra con la palanca del arcade bombardeando a mi tía a preguntas que apenas atinaba a responder – “¿Y estos quienes son?” – “a ver.. ¿El Salvador? ¿Honduras? Ay no sé” “¿Y estos de acá?” “Ay esa bandera no la conozco… ¿Jamaica?” “No! Jamaica no es” – le contesté seguro, “¿y estos de acá?”- de repente el tiempo se agotó y me eligió automáticamente a Italia. “¡Buen equipo!” dijo mi primo que ya esperaba con Brasil seleccionado “¡No! Yo quería uno raro”.
Habíamos planeado el retorno a casa para el domingo de la final ya que el lunes arrancaban de nuevo las clases. La idea era salir temprano para llegar a ver el partido, pero el almuerzo familiar demoró los planes y salimos con un par de horas de retraso. “¿Vamos a llegar en hora, no mamá?” le pregunté desde el asiento de atrás del auto “Eh… si, creo que sí” mintió ella sabiendo que era preferible eso a aguantar mi berrinche durante las cinco horas que demoraba el recorrido.
Prendió la radio cuando entrábamos al departamento de Florida y en la periferia de Montevideo el comentarista celebraba el tercer y fulminante gol de Petit en el minuto noventa y tres. “¡Francia campeón del mundo por primera vez! ¡Allez le bleus!”. Me tuve que conformar con ver la repetición en casa mientras desarmábamos las valijas.
Cada cuatro años espero ansioso la llegada del próximo Mundial, y a veces hasta tengo la suerte de poder hinchar por mi país y pegar sus figuritas en el álbum, pero no hay manera que haya una Copa del Mundo que genere en mí la excitación que generó aquella jugada en Francia en 1998, ni siquiera si termina con Uruguay levantando el trofeo en el último partido. Pero si pasa, ¡no me quejo!.
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