Los Días de Vientiane

Vientiane, capital de Laos

‘Amigo, creo que Khon Kaen puede ser peor que Vientiane. Es peor de otra forma. Pero medio que el mismo tipo de mierda. Tiene sentido, no?. Es la misma zona. La gente de Isaan es mayoritariamente Lao también.’

Eso le mandé desde Khon Kaen al Pelado Ivan. Un grande el Ivan. Nos hicimos amigos casi que de facto. Se sumó al equipo de fútbol, entrenó una vez con nosotros y lo invitamos a jugar en el torneo de los viernes. Al toque hicimos buenas migas. Tenemos un millón de diferencias (empezando porque él es suizo y yo, uruguayo), pero compartimos esa pasión casi anormal por jugar torneítos de fútbol amateur. Ambos armamos nuestra semana alrededor del partido que toque y vivimos para eso. Y festejamos y gritamos los goles, como debe ser, por más que el premio sea un trofeo de plástico.

Ahora va a tener una nena, el Ivan, así que no creo que siga poniendo el fútbol amateur allá arriba en su lista de prioridades. Aunque quién sabe. Cuando vuelva para Tailandia y nos tomemos un par de birras, ya me enteraré, no somos muy de hablar por chat, algún mensaje cada tanto. Como ese que tuve que mandarle para decirle que había encontrado una ciudad más mierda que Vientiane, capital del Reino de Laos, lugar evocado indefectiblemente cada vez que estábamos mano a mano en algún bar de Chiang Mai y los cadáveres de Leo y Chang ya se apilaban sobre la mesa.

Y como habrán visto, no evocado por su tranquilidad, o el encanto de sus calles arboladas diseñadas a la francesa (y con letreros en francés también bautizando cada esquina, gracias a oscuros años en los que toda esa zona era conocida como la ‘Cochinchina Francesa’, puaj), sino más bien por su casi inexistente escena nocturna y cultural, su carencia de opciones culinarias -al menos comparado con Tailandia-, pero por sobre todas las cosas por su total y absoluta falta de gracia, de encanto.

Sí, qué ciudad fea Vientiane. Fea y aburrida como la mierda. Encima, la principal razón que lleva a la mayoría de los extranjeros a la misma, no es otra que la de renovar, extender o conseguir una nueva visa para Tailandia, lo cual carga a las visitas de una dosis extra de ansiedad y sufrimiento ocasionada por el trámite burocrático que a ella nos convoca.

Por suerte, solo tuve que ir dos veces yo, por ese trámite aburridísimo. Y las dos fueron bastante parecidas: Rama sin un mango, quedándose en un hotel de mierda, intentando ahorrar cada peso (perdón, cada kip) posible, porque me había gastado toda la plata en la nueva visa para poder seguir viviendo en Tailandia.

La primera vez que fui, me tomé el ómnibus (estaba en la lona posta, no exagero). Son 12 horas desde Chiang Mai a Udon Thani, una ciudad bastante grande del lado tailandés, y después otra hora más o así entre camionetas y tuk-tuks para cruzar la frontera y llegar a Vientiane.

Me había tocado el primer asiento del segundo piso, y después de dormitar un rato me desvelo y me doy vuelta a ver qué onda, y me encuentro sentada justo atrás mío a la Carrie, una pibita de Chicago, que era de un grupo de hippies amigos con los que paraba por aquel entonces en Chiang Mai.

Los había conocido el primer Año Nuevo que pasé en Tailandia (el del cambio del 2015 al 2016) en Pai, un pueblito de montaña bastante turístico y hippie a unas tres horas de Chiang Mai. Recién llegado al país, sin conocer a nadie y aún medio hippy-mochilero yo, me mandé de una para Pai, me alquilé una cama en un hostel y ahí me hice amigo al toque de estos yankis.

La mayoría eran profes de inglés (bien común para los yankis irse a Tailandia o países de la zona a laburar de profe de inglés en una escuela primaria por unos años) o simplemente hippies y hipsters desempleados, gastándose los ahorros que habían acumulado laburando part-time mientras terminaban la universidad, o viviendo por $500 al mes bancados por papá y mamá. Lo suficiente para hacer yoga un par de veces por semana, un par de talleres de pintura o respiración o mindfulness o algo así y comer comida thai vegana baratita, tomar un par de birras y parar con otros expats (porque si vivís en el exterior, sos blanco y tenés algo de plata te dicen expat, no inmigrante).

Lo pienso ahora y parar con gente así es básicamente todo a lo que escapo, pero por aquel entonces, hace unos 10 años, la distancia entre esa vida y la mía era menor, y capaz yo era un poco más tolerante y menos rígido.

Así que al principio de mi estadía en Chiang Mai, los hippies yankis estos eran uno de mis grupos sociales, junto a los latinos y a mi amigo el Matt (QEPD).

Me acuerdo una vez que íbamos entrando al Warm Up Cafe con el Matt, un boliche thai bastante prolijo por Nimman, y nos encontramos a los hippies saliendo que vienen y nos abrazan uno por uno al Matt y a mi y nos cuentan que iban a entrar al Warm Up pero que al Billy lo dejaban afuera porque andaba de chancletas y musculosa, así que se iban para un barcito cerca de la casa de uno de ellos por Suthep, más chill dicen, a ver si queríamos ir. Y les agradecimos pero no, fuimos con el Matt para el Warm Up nomás, y compramos una botella de Johnny Negro y el Matt estuvo toda la noche rompiéndome las bolas que tendríamos que habernos ido con mis ‘hippy friends’ y de ahí les quedó el nombre.

Pero nada, ahí estaba la Carrie de Chicago sentada atrás mío en el bondi, toda rubiecita y bien yanki ella, pero con un pañuelo de colores en la cabeza para demostrar que era medio progre, y pensé ‘Bien! ahora no tengo que hacer todo este trámite solo y tengo alguien con quien parar’. Conversamos un rato de asiento a asiento y después medio que me dormí pero un sueño livianito nomás y cuando quise acordar llegamos a la frontera.

Bah, a la terminal de ómnibus de Udon Thani, donde nos bajamos y previa compra de unos chips de banana -estaban blandísimos y horribles me acuerdo- nos subimos a una van rumbo a la frontera.

Adelante nuestro en la cola de inmigración había como 5 chinos (pero con pasaporte yanki) y uno de ellos no tenía suficientes páginas libres en el pasaporte para que le pusieran la visa para Laos y el milico de inmigración le dice: ‘Andá a Tailandia, hacete un pasaporte nuevo y volvé’. Claro capo, aguanta que hago eso y ahí vuelvo al toque.

El chino-yanki se re quemó y empezó a los gritos pidiendo por el ‘SUPERVISOR’ y la Carrie me dice: ‘como se nota que es yanki, esa del supervisor sirve allá, acá no tenés chance’.

Me hubiese encantado saber que pasó con el chino-yanki ese, pero nos llamaron de otra ventanilla y allá fuimos y tras el pago de $35 nos dieron la visa para Laos y nos subimos a otra van que nos llevó al otro lado del río Mekong y hacia Vientiane.

La van fue dejando gente en distintos hoteles, y yo, que ya estaba tratando de distanciarme de los hippies e intentando civilizarme un poco (o capaz estaba un poco arrogante de más nomás), me bajé en un hotel que había reservado por Booking, cerca del único mercado nocturno de Vientiane. Habitación privada y todo. La Carrie y los hippy-mochileros de turno siguieron para un hostel por ahí, medio cerca pero ni tanto.

Cuando hago el check-in veo que el loco del otro lado del mostrador tiene un iPhone con la bandera del partido comunista de fondo de pantalla. Me costó demasiado no cagarme de risa frente a la ironía tan alevosa. Igual resulta que Laos aún se considera un país ‘comunista’, y casi todas las fachadas de los edificios tienen tanto la bandera local como la del Partido Comunista (la clásica de la hoz y el martillo) flameando una al lado de la otra.

El pibe me pregunta de dónde soy, y cuando le digo que de Uruguay, se pone todo loco, como suele suceder con la gente que le gusta el fútbol, y me invita a ver un partido de la Euro 2016 ahí abajo en recepción a la noche.

Cuando subo al cuarto, me encuentro ante lo que seguramente sea el peor cuarto en el que me quedé en toda mi vida viajando, y se imaginarán que estuve en unos cuantos en todo este tiempo. Ah, pero privado, eso sí, ningún hippie en la vuelta, toda esa miseria solo para mí.

Miseria chiquita, porque no debía tener más de 2 o 3 metros cuadrados. Y olorosa, vaya uno a saber a qué. Vieja también la miseria, seguro que de la época en que no era Laos sino Cochinchina. Y por si fuera poco las gran comodidad moderna, en forma de aire acondicionado, era tan ruidosa que convertía el dormir en un reto: tocaba elegir, o aire acondicionado o sueño. Pero como estaba destruido del viaje en bondi y las pocas horas que pude dormir, caí rendido tipo 3 de la tarde, solo para despertarme a la medianoche y darme cuenta que me había re cagado el ciclo del sueño.

Bajé a la recepción y ni rastros del pibe de temprano por lo que asumo que me perdí el partido de la Euro. Salí con la esperanza de encontrar algo para comer en la vuelta, como en Tailandia, que hay un carrito de noodles o un wok activo a cualquier hora del día, pero después de caminar media cuadra en la más absoluta oscuridad, sin rastros de nada abierto, me di cuenta de que estaba en el horno y que tocaba ayuno intermitente.

Volví al cuarto, prendí el aire y saqué la laptop, solo para llevarme el chasco de que el internet era tan paupérrimo que no se podía ni entrar a Marca.com a ver cómo había salido el partido de la Euro.

Por suerte, estaba prevenido y tenía varios videos de poker ya descargados, así que aproveché para ‘estudiar’, y me miré dos o tres horas de un tal Casey Jarzabek revisando un historial de manos. En ese entonces mirar un video de alguien hablando de poker era todo el estudio que hacía, ¡como no iba a tener ni un peso!.

Antes que el sol, fue el gallo del vecino el que me avisó que estaba por amanecer (no se olviden que Vientiane es la capital de Laos, y yo estaba bastante céntrico, pero aún así me despertó un gallo, bien rural es Laos). Me di cuenta de que el desvelo había tenido su lado productivo: podía llegar antes que nadie a la embajada tailandesa y ahorrarme horas de cola.

Así que salí a caminar buscando comida, pero ya rumbeando hacia el lugar donde iba a conseguir una nueva visa que me permitiera no volver a Laos por al menos un año, y de pasada, viendo cómo abrían todos los hoteles y hostels de la vuelta, vi uno que ofrecía alquiler de bicicletas por $1 al día.

Importante no olvidar el detalle de que el internet en Laos es casi inexistente, y en mi limitadísimo presupuesto no entraba un chip para tener datos en la calle, así que medio a ciegas y medio guiado por el mapa que pude ver antes de salir del hotel, empecé a pedalear rumbo hacia donde creía recordar que estaba la embajada.

Pasaban los minutos y yo ahí, pedaleando bajo el sol cada vez más alto en el cielo, y ni rastros de la embajada. La segunda vez que pasé por enfrente del mismo mercado (ahora lleno de gente comprando y vendiendo vegetales y animales vivos) saqué el celular del bolsillo y comprobé que no solo el GPS no estaba andando, sino que ya eran las 8:30. Eso significaba que la embajada estaba abierta hacía media hora, y no solo no iba a ser el primero en llegar, sino que si no me apuraba, cabía la posibilidad de que no me diera el tiempo para entregar los papeles y pedir la visa, lo que significaría al menos 24 horas más en Vientiane, Dios no lo permita.

Ante la posibilidad de un panorama así de catastrófico, bañado en transpiración, hambriento y cansado como la mierda, me tragué el orgullo, dejé la bici en un lugar del mercado haciendo un marcador mental para encontrarla a la vuelta, y me tomé un tuk-tuk que, por $5 o $10 (o ya ni me acuerdo), me dejó en la embajada a apenas dos cuadras de donde estuve rondando por casi una hora. Como para no odiar esa ciudad de mierda.

Encima, cuando estaba entrando a la embajada después de rechazar la oferta de miles de fixers (locales que hacen todo el trámite por vos a cambio de una módica suma de dinero de la cual no disponía, por lo que me tocaba hacer todo a mí), la veo a Carrie y una banda de hippies saliendo ya con los papelitos en mano para volver al día siguiente a buscar la visa, todos re contentos y re amiguitos. Pero importantísimo recordar que yo dormí en habitación privada, ta?

Me tocó hacer unas 2 horitas de cola debajo de una carpa en el patio de la embajada, al rayo del sol, porque la carpa no alcanzaba para proteger a las casi 100 personas que debían estar ahí sufriendo, papeles y pasaporte en mano, esperando a ver si al milico de inmigración de turno andaba con ganas de concederte el permiso de quedarte un año extra en su país.

Me acuerdo que conocí a otro jugador de poker francés haciendo fila y conversamos un poco, pero más que nada pasé la espera leyendo en el teléfono. Fue alrededor de esta época que empecé a desarrollar el hábito de leer en el celular para leer más y evitar cargar libros para todos lados, que en Tailandia eran difíciles de conseguir (en español). Si mal no recuerdo, en aquella época estaba leyendo Pédro Páramo de Rulfo.

Cuando al fin llegué a la ventanilla, la milica de inmigración ojea la terrible pila de papeles que le entrego, que me había dado la escuela de thai en la que se supone que iba a estudiar lenguaje tailandés todo el año próximo (aunque, en realidad, esa de ‘estudiar thai’ es más vieja que el agujero del mate y todo el mundo sabe que es solo una excusa para quedarte en Tailandia por más tiempo de manera legal), y me marca que tenía que firmar un par de cosas o llenar un formulario o no sé qué, así que me dice que haga eso y que vuelva sin hacer la fila.

Bien, ahí salgo de la ventanilla, hago lo que me pidió y vuelvo cuando había un loco veterano, medio indio, medio panzón, hablando con la milica, y medio que entro por el costado y le digo que me disculpe, pero que la milica me había dicho que fuera directo para ahí cuando tuviera eso. El loco me contesta algo y no entendí bien, y yo que ya estaba re quemado casi que me planto de manos ahí y le repito: “SHE TOLD ME TO COME STRAIGHT HERE AFTER DOING THIS”. El pobre indio o inglés, o lo que fuera, se re ataja y me dice todo asustado: “I know, I know! I told you to come here and talk straight to her, not from the side.” Y yo, re avergonzado, le pido perdón y le digo que me disculpe, que esa oficina de mierda me tiene al borde del colapso nervioso, y él me responde que nada, nada, estamos todos en la misma. Y en eso, la milica me sella los papeles, me da un recibo y me dice que vuelva al otro día después de la 1 p.m. a buscar el pasaporte.

Así que me fui caminando de nuevo para el mercado donde había dejado la bici y ahí estaba, intacta, con el casquito colgando del manubrio y todo, gente honesta los laosianos. Aproveché para comerme un par de bahn mi, que no es otra cosa que un refuerzo en media baguette, parte del “legado” de los franceses, porque en esas zonas del mundo no se come casi pan, y corté casi 24 hs de “ayuno intermitente”.

Y así, con la panza llena, agarré la bici y empecé a rumbear de nuevo para el hotel, aún a ciegas, sin GPS, pero un poco mejor orientado. En una me acuerdo que me metí por un callejoncito medio escondido y vi, en una mesa afuera de un local comercial, a dos farangs (extranjeros blancos) de unos 50 o 60 años sentados tomando varias Beer Lao ahí nomás de mañana. Uno tenía un corte de esos tipo mullet y una banda de tatuajes, pero no todos cool y neo-trad como los míos, sino más bien mal hechos, seguramente por un amateur en prisión o algo así. Les iba a preguntar por direcciones, pero había algo que me hacía ruido, así que di la vuelta y seguí pedaleando por la polvorienta y aburrida Vientiane hasta que llegué al hotel y caí rendido porque ya era bien pasado el mediodía y seguía con el sueño cambiado.

Me levanté de nuevo tipo 6-7 p.m. y tenía un mensaje de Carrie invitándome a tomar un par de birras con un pibe de Israel que conoció en el hostel y también estaba por la visa, así que allá fui directo para el bar donde iban a estar.

El pibe este vivía en Bangkok y había hecho el ‘border run’ con todas sus cosas encima. Cargaba una mochila gigante y un monitor, porque ya tenía como tres visas de turista al hilo y estaba todo asustado de que le fueran a rechazar la nueva visa, así que andaba con todos sus petates encima, tipo tortuga.

Y así, conversando los tres, nos pasamos un buen rato apilando Beer Lao en una mesa de uno de los bares de ahí, sobre la ribera del Mekong.

Alrededor de la medianoche, y de la nada, el bar se llena, repito, SE LLENA, de chicas locales, que seguramente terminaron de trabajar en un bar cercano y se mandaron para ahí al toque (todo cierra temprano en la podrida Vientiane, hasta los bares de p****). Y cuando quiero acordar, y sin mediar palabra alguna, una de las 20 o 30 pibas que acababan de inundar el bar re tranquilo en el que estábamos, se sienta al lado mío.

Y ahí me empieza a hablar, en una suerte de inglés quebrado, pero al toque me doy cuenta de que la pobre tiene dificultades y no estoy hablando con el idioma, sino con el habla directamente. No sé si era sordomuda o solo muda o qué, pero claramente le costaba a la pobrecita, y me mostraba fotos en el celular: de la familia en una provincia del Laos profundo, donde si caminas fuera del sendero principal podés pisar una mina que dejaron plantada los yankis en los setenta y volar a la mierda, de la hija (obvio), de la moto que tenía y no sé qué, y en una se le escapa y me muestra una foto de un guacho rubio, todo panzón, con pinta de francés o algo así, que seguro era el novio o el sponsor o algo de eso, y re tímida, la pobre que se quiere matar, toda colorada quedó, y yo que me cago de la risa.

A todo esto, nos tomamos un par de birras más en la formación esa extrañísima de la Carrie, el israelí-tortuga, la prostituta sordomuda con un novio panzón y yo, y al rato cierran el bar y nos sacan a todos a la calle.

Y apenas cuando salimos, la Carrie viene y me empieza a agitar: “Dale, llevate a la pibita al hotel”. Y yo le digo: “Aguanta mami, no tengo un peso, ¿le vas a pagar vos?”. Y la loca que insiste e insiste, y yo nada, ni me gusta la sordomuda.

Rarísimo todo porque la Carrie era bien zurdita, fana mal del Bernie Sanders, toda hipilla con sus talleres de yoga y sus viajes a Nepal para ayudar a niños huérfanos en el medio de la montaña (porque es más divertido siempre ayudar a niños pobres de otro país que a los de tu propio país). Pero la loca nada, incitándome a fomentar la industria sexual local y que me lleve a la sordomuda que pobrecita estaba ahí con cara de tristeza. Pero no hubo chance, no había plata, no había ganas, no había nada.

Así que nos despedimos de la pibita y nos vamos caminando la Carrie, el israelí y yo para el mismo lado. Cuando llegamos a la puerta de mi hotel, con la bandera de Laos y la del Partido Comunista flameando en la entrada, en la más absoluta oscuridad porque ya era bien tarde, quedamos en que al otro día yo voy para el hostel de ellos y nos vamos todos en tuk-tuk a la embajada a buscar nuestras visas.

Gracias a las Beer Lao, al fin puedo medio que normalizar el sueño y tipo 2 am caigo rendido. Al otro día me levanto para devolver la bici que había alquilado y caminar un poco por la ribera del Mekong.

De día, y sin el mercado ese horrible nocturno que hacen, que es como uno de los miles de mercados que hay en Tailandia donde venden cosas Made in China de plástico, re feas, pero mil veces peor, se ve hasta bonita. Pese a que el río a esa altura es todo flaco, todo pantanoso, apenas parece un arroyito. Pero de día y casi sin gente en la vuelta, cuando sabés que te estás por ir a la mierda de Vientiane, ese chorrito de agua ni tan feo parece (porque tampoco me animo a decir que se ve lindo).

Lo disfruto un rato, con el solcito no muy fuerte aún, dándome en la cara y recordándome que del otro lado de ese charco glorificado está Tailandia y que para allá voy por un año más.

Camino todo para arriba y todo para abajo por la costa y veo a unas señoras haciendo una clase de aerobic al aire libre. Súper normal en Asia ver a las doñas ejercitándose bajo la tutela de una profe con un parlante y un micrófono en la plaza pública de turno.

Pienso meterme un rato, pero me quedo mirando nomás. Al rato, vuelvo al hotel para meter todo en la mochila y poder al fin hacer el check-out y no tener que volver nunca más a la habitación más fea que me tocó en mi vida.

Así que al rato ya estoy en el hostel de la Carrie y del Israelí-tortuga y me encuentro con una banda de pibes y pibas más, todos re contentos que estamos por ir a la embajada y nos vamos bien a la mierda de esa ciudad horrible.

Así que entre 9 o 10, compartimos un tuk-tuk de los grandes, como los songthaew de Chiang Mai, y llegamos a la embajada justo a tiempo para, una vez más, hacer una fila bien larga e ir saliendo de ahí uno a uno con nuestro pasaporte ya sellado con la visa.

Del grupo original quedamos 4 o 5, incluidos la Carrie y yo, obvio, y nos tomamos otro tuk-tuk para cruzar la frontera y volver a Tailandia. Cruzamos el río que hacía un rato observaba sentado en una plazita a través del ‘Puente de la Amistad’, y me queda sortear la última barrera antes de un año más en el país que elegí como mi casa por tanto tiempo.

Es el cruce fronterizo de entrada a la Tierra de las Sonrisas, como los thai denominan a su país (o más bien como la Tourism Authority of Thailand -TAT para los amigos- le puso, después de un board meeting en algún momento de los noventa). Si bien es reconocido por ser el puesto de frontera más laxo y amigable que existe para entrar a Tailandia, y que no rebota a casi nadie (especialmente si tenés una visa de estudiante -la primera- recién puesta en el pasaporte), no deja de ser un obstáculo a sortear y ahí voy yo todo cagado a ver si todavía no me mandan de vuelta para atrás a Laos.

Después de hacer fila un buen rato porque es la hora en la que todos los que recién salen de la embajada cruzan de nuevo a Tailandia, escapando de Vientiane, me llama el milico. Cuando empieza a ojear el pasaporte de arriba abajo, yo ya pienso ‘ta, cagué’. Cuando me llama con el dedo más cerca de la ventanilla, yo ya al punto del llanto, imaginándome atrapado en Vientiane de por vida, sin un peso y sin internet para poder jugar al póker y volver a Tailandia, va el loco y me dice: ‘Uruguay?’ ‘Yes’. Se baja el barbijo (porque en Asia usaban barbijo mucho antes de la pandemia) y me dice con terrible sonrisa: ‘Luis Suárez!’ Y yo, que en esa época no lo odiaba al gordo por bocón, pero sobre todo por gallina, re contento le empiezo a dar charla: que el Liverpool, que el partido contra Ghana y no sé qué más.

Y cuando quiero acordar, ya estoy caminando en suelo tailandés, con una sonrisa de oreja a oreja, recordando el manotazo salvador que metió el Lucho contra los ghaneses en el 2010.

Ahí de los 4 o 5 que cruzamos solo quedamos Carrie y yo que somos los únicos pichis que nos tomamos el bus de vuelta a Chiang Mai en vez del avión, así que nos tomamos un taxi hasta la terminal de buses de Udon Thani donde hay un terrible mercado, mínimo diez veces más grande y bonito y lleno de cosas que el de Vientiane.

Mientras esperamos que salga nuestro bus nos comemos un omelette con arroz con salsa picante por encima, ahí sentados enfrente al Central Udon Thani (los Central son una cadena de shoppings que existe en todas las provincias de Tailandia más o menos) y hablamos de socialismo y Bernie Sanders y como los paisanos de Carrie re cagaron a bombazos a los laosianos -que son el país más bombeado en la historia del universo por cierto- hasta que se hace la hora y nos arrimamos a donde salen los bondis, ahí cerquita del shopping.

Nos subimos y esta vez nos toca a los dos en el primer asiento del piso superior, así que tenemos vista privilegiada para conocer un poco de Udon, antes de que las luces del bus se apaguen, y las de la calle también, y el conductor agarre la ruta bien oscura y estrecha por la que vamos a estar viajando las próximas doce horas hasta llegar a nuestra querida Chiang Mai.

Me encantaría cerrar diciendo que esa fue la última vez que me tocó ir a Vientiane, pero un año después tuve que repetir el proceso en condiciones casi exactas, aunque con menos plata capaz y sin Carrie que ya estaba de vuelta en Chicago. Pero de eso hablo la próxima porque si sigo recordando esa ciudad espantosa me va a dar un patatús.

Comentarios

Una respuesta a “Los Días de Vientiane”

  1. Avatar de Los 25 libros que leí en 2025 – Mondo Fantasma

    […] este artículo sobre mis días en Vientiane recordé que, cuando estuve allí por primera vez, estaba leyendo este […]

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