Bola Maluca

Rua do Catete, Rio de Janeiro

‘¡Bola maluca! bo-la maluca. ¡Bola maluca! bo-la maluca’. Entre el ruido y el caos habitual de la Rua do Catete, identifico este como un sonido nuevo. Si bien la zona está usualmente tomada por vendedores ambulantes, bocinas y el murmullo constante de gente yendo y viniendo, recordaría un pregón tan particular (¿qué es siquiera esa bola loca que ofrece?). Y sin lugar a dudas recordaría al personaje que la vende: alto, espigado, con el pelo largo y blanco, atado en una cola que sale por la parte trasera de un gorro de visera rojo. Pregona en ráfagas intensas pero agudas: ‘BOLA MALUCA, BO-LA MALUCA! BOLA MALUCA, BO-LA MALUCA!’. No llego a ver bien qué es, pero parece algún tipo de juguete. Me detendría a observar mejor, pero no quiero generar la ilusión de una posible compra, aunque sea por 5 reales.

Metros más adelante, casi llegando al Largo do Machado, está la zona de los vendedores de fruta. Desde la última vez mejoraron: ahora, además de la fruta literalmente recién sacada de la tierra, venden bandejas de plástico con el producto ya cortado y envasado. Hago un marcador mental para pasar más tarde, camino al apartamento.

Vuelvo hacia atrás antes de llegar a la plaza y atravieso de nuevo los gritos de “¡BOLA MALUCA! BO-LA MALUCA!”. Frente a la sede del Banco do Brasil, veo que está terminando de armar su puesto el crackudo das artes. A falta de un nombre mejor, me fue presentado así en el pasado por quien me llevó a esta zona por primera vez. El apodo claramente responde a su incuestionable condición de adicto al crack, y a su oferta de productos, todos vinculados al arte.

En la “tienda principal”, un puesto armado contra la calle, hay dos cajones de fruta llenos de discos de vinilo. Al lado, una magra colección de libros, porque la gran mayoría están a escasos metros, al otro lado de la vereda, organizados sobre una manta blanca recostada contra la pared del banco.

Parece haber cierto orden, empezando por las novelas. Las más destacadas son una colección de bolsillo de Agatha Christie, lo cual dice bastante del resto de la oferta. Luego, los libros de texto: Sociología Básica, Inmunología Básica, Metodología Científica y varios otros.

Rumbeando a la sección “religión” (la más amplia, quizás), uno de los de la transición captura mi atención. No solo por su cubierta —una bota de cuero larguísima al lado de la cual un hombre diminuto ofrece una rosa a modo de tributo— sino por el título: Por que os homens amam as mulheres poderosas?. No sabía que así era, pero medito comprarlo solo para saber la respuesta. O Mongolismo: tratamento da criança de cérebro lesado. Durísimo. Y anacrónico: el término ‘mongolismo’ es casi tan obsoleto como la frenología.

Sigo, con la vista bajando rua abajo y me doy de lleno con la sección religiosa: O nome de Jesus, Jesus: o maior psicólogo que já existiu, Vivendo no Mundo dos Espíritos, y varios más. Y, confirmando la existencia de un orden preestablecido —o una coincidencia propia de un mundo espiritual—, la sección multimedia se anexa a la de libros con una colección de misas del Papa Juan Pablo II en DVD.

Ya sobre el final, casi en la entrada del banco, aparece una sucesión de blockbusters pirateados de principios de los 2000: Os Infiltrados, Guerra dos Mundos, A Era do Gelo 2, Homem-Aranha 2, e ainda mais.

Cruzo y continúo la subida, a contrapelo de la popular avenida bautizada en honor al Palacio do Catete —antigua sede de la presidencia de Brasil—, en uno de cuyos cuartos del tercer piso el entonces presidente Getúlio Vargas se quitó la vida de un disparo al corazón, cuando corría el año 1954 y el país estaba sumido en una crisis política que lo tenía al borde de un golpe de Estado.

Frente al Catete Grill and Sushi, un self-service bastante chic, veo al mismo señor de siempre: un veterano sentado sobre una manta roñosa, en una extraña pose producto de algún defecto congénito, hablando con todos y con nadie, pidiéndole cosas a los transeúntes que pasan frente a su campo de visión. Muchos lo ignoran; otros, al menos, niegan con la cabeza. Las constantes negativas no merman la intensidad de sus pedidos. No tiene mucha cosa más para hacer. Me pregunto dónde pasará las noches, porque, como si fuese un trabajo con horario fijo, solo se lo ve entre las 8 o 9 de la mañana y la puesta del sol.

Estaba en el mismo lugar cuando solía caminar esta calle casi a diario para ir desde mi antiguo apartamento —una cuadra abajo de Largo do Machado— hasta el gimnasio, justo en la esquina siguiente a donde el señor pide a diario, hace prácticamente un año. Nada cambió, ni para bien ni para mal: se lo ve igual. Ni más flaco, ni más gordo. Ni más sano, ni más enfermo. Ni más cuerdo, ni más loco. Supongo que, en un caso así, la invariabilidad es algo positivo.

Perdido en un diálogo con alguien que ya pasó, o que nunca existió, no se da cuenta de que le estoy alcanzando un billete de dos reales. “Chefe”, lo llamo, y le entrego el papel en la mano —no sin cierta dificultad, producto del trastorno que lo aqueja, y que vuelve el simple gesto de agarrar todo un reto. “¡Oi! ¡Você é legal!”, me grita mientras me alejo, calle arriba.

Llegando casi a la estación de metro —y de hecho, recostado contra una de sus bocas de ventilación— hay otro puesto improvisado de cosas viejas, custodiado por un moreno y su perro, atado a un árbol con una cuerda. El tipo siempre tiene puesta una camiseta del Flamengo con el número 11 en la espalda y el nombre de Lucas Paquetá, aunque por el desgaste apenas se lee Las Pquea en blanco, mientras que las letras faltantes se adivinan por el contorno negro donde antes estaban pegadas. Si no me falla la memoria, la última temporada que Paquetá jugó en el Mengão fue la de 2018.

El highlight del puesto del flamenguista es una colección de calzado viejo y en mal estado. Apostados sobre una manta azul, los distintos pares parecen una suerte de exposición de objetos recolectados a lo largo y ancho de la ciudad, con la esperanza de que caiga algún real por alguno de ellos, ya sea por caridad o por necesidad. Es difícil imaginar a alguien usando esas sandalias o botines de fútbol, prácticamente inservibles. Completan el inventario una muñeca de plástico vieja y desnuda, tres Papá Noel de peluche, y un espejo sucio —pero sin rayones ni roturas— apoyado contra un cartel publicitario. Está angulado de tal forma que refleja a todos los que por allí caminan, y varios lo aprovechan para mirarse de reojo, el abajo firmante incluido.

Un hombre de mediana edad, bien vestido y con pinta de oficinista, pasa en una de las bicicletas públicas del Banco Itaú y lo saluda al grito de “¡Fala aí, Mengão!”, que es recibido con una mano en alto por el tendero.

Detrás del árbol donde duerme el perro, veo una manta donde seguramente el tipo pase la noche, luego de “cerrar” el puesto. Al costado, en otra manta similar y en posición cucharita, duerme una pareja. El grito del ciclista despierta a la mujer, que se incorpora y deja ver un pecho plagado de marcas circulares, como si fuesen picaduras de bichos. Se rasca las rastas —difícil saber si son intencionales o simplemente producto de la falta de higiene— y sale a caminar calle abajo.

Cruzo una vez más hacia el lado de enfrente y, en un lanchonete, me arrimo a la barra y pido un cafezão puro y un salgado. La chica, muy amablemente, me señala hacia el interior del local, donde hay varias mesas —todas vacías— y me sugiere sentarme en una de ellas. Le agradezco, pero prefiero el banco contra la calle, para poder seguir de cerca el movimiento de la rua.

Devoro el salgado mixto y me entretengo con el café, bastante aguado, aunque ya estaba preparado para semejante revés al verlo salir de una cafetera industrial bien grande. Mientras demoro los últimos sorbos, veo a la mujer que observé despertarse hace instantes caminar calle arriba. Trae un tupperware lleno de noodles secos, espolvoreados con trozos de linguiça. Me mira, sigue de largo, y a los pocos segundos vuelve. Señala la vidriera llena de comida y se toca la panza con una mano, para luego llevarla a la boca haciendo la pantomima de comer, a modo de pedido. Siguiendo el intercambio de gestos, le respondo llevando la pera hacia adelante, apuntando al tupper que tiene en la mano. “Não é suficiente, somos três”. Levanto las palmas hacia arriba, en gesto de negación, y sigue su camino como si la interacción nunca hubiese ocurrido.

Me es imposible no reflexionar sobre lo poco que ha cambiado toda esa zona desde la última vez que la caminé. La única novedad: el veterano de la bola maluca.

Vuelvo a casa. Medito. Lo pongo todo por escrito. Pienso en el mito de Sísifo. El rey griego que, castigado por Zeus por haber engañado a la muerte, es condenado a empujar una piedra cuesta arriba por una montaña, solo para verla rodar hacia abajo antes de llegar a la cima. Y así, una y otra vez, por toda la eternidad.

A diferencia de Camus y su imagen de un Sísifo sonriente, con el corazón lleno, me cuesta pensar que tal condena tenga un lado productivo. Al llegar a la cima de la colina, Sísifo disfruta de la vista por un instante y, sonriente, desafiante, tras ese breve relámpago de libertad, vuelve al comienzo, a continuar con su absurdo destino ad aeternum.

¿Será el flamenguista feliz cuando cierra el puesto al caer la noche y se prepara para empujar la piedra nuevamente hasta la cima, trillando la noche carioca en busca de nuevos zapatos perdidos que agregar a su colección? Me cuesta creer que la satisfacción vaya más allá del producto de ese esfuerzo: un hit de crack, consumido en algún rincón oscuro y mugriento de Lapa. ¿Y qué forma toma la libertad del señor que pide frente al sushi? ¿Dónde está su rebelión contra el absurdo? ¿En las horas de sueño que encuentra en algún recoveco de Catete, cuando el tránsito le permite dormir?

Todo sería mucho más fácil de analizar si pudiera reflexionar desde la distancia, como un observador externo. Pero no. Porque al ver mi reflejo en el espejo de la tienda del flamenguista, un año después, casi con la misma ropa, por la misma calle, yendo a los mismos lugares, tomo conciencia —aunque sea por un instante— de mi propio andar colina arriba. Tal vez, solo con ese instante, ya esté logrando la iluminación de la que hablaba Camus. Y con eso, el escape. Espero que todos los personajes mencionados hayan encontrado alguna forma de esa misma “dicha”. El hecho de que sigan empujando la piedra, día tras día, tras verla rodar colina abajo cada noche, da esperanza de que sí.

Comentarios

Una respuesta a “Bola Maluca”

  1. Avatar de Los 25 libros que leí en 2025 – Mondo Fantasma

    […] La lectura de este libro me inspiró a escribir este artículo. […]

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