Mi Primer Concierto

Montevideo, 10 de noviembre de 1998.

Todavía no es verano oficialmente, pero ya se siente ese calorcito y el clima de fin de año que invade al país cuando diciembre empieza a asomarse en el horizonte.

Uno podría pensar que, cerca de la rambla —más concretamente en la explanada del Teatro de Verano Ramón Collazo—, el viento del mar ayudaría a templar un poco el ambiente. Pero el calor generado por la masa de gente que se agolpa fuera de los accesos hace que todo el mundo esté sofocado. Y no solo por el calor humano, sino también por la negligencia de los organizadores, que, a escasos minutos de la hora de comienzo oficial del concierto, ven cómo una muchedumbre todavía afuera empuja para entrar.

Se escuchan gritos, insultos y los clásicos pedidos en esas situaciones: “¡ABRAN MÁS PUERTAS, LOCO!”. La marea humana retrocede unos pasos, solo para luego cargar nuevamente, empujada por los que están más atrás. Y, como siempre pasa en estas aglomeraciones cuando los avances se sincronizan, surge el pedido infaltable: “¡NO EMPUJEN, QUE HAY NIÑOS!”. Esa vez, el niño era yo. Pegado a mi vieja, sin poder ver bien qué estaba pasando por mi escasa estatura, pero fascinado de estar siendo parte de una marea humana que empujaba para entrar a ver al artista del momento.

Además de mi madre, otros asistentes al concierto se preocupan por mí y, usando los brazos de pantalla, generan un espacio a mi alrededor. Lentamente, la masa avanza y, antes de darnos cuenta, ya estamos adentro del recinto.

Una vez dentro del tremendo anfiteatro, que conocí en esa instancia por primera vez, me recibe la visión de unas gradas casi llenas de punta a punta y un escenario oscuro donde pronto va a salir a cantar la megaestrella que mi madre adora. Yo la conozco por haber escuchado sus canciones sin parar en el equipo de audio de casa, mientras mi vieja limpia y canta a voz en cuello; en el auto, cuando la acompaño a hacer los mandados o a ir y venir de la escuela; y en cualquier lugar público, porque es el artista más popular del momento y lo pasan en todas las radios del país constantemente.

Yo no sé si me gusta o no. Apenas soy un niño. Pero sí conozco cada una de sus letras —al menos las más populares— de principio a fin, solo de escucharlas una y otra vez.

Mi madre me agarra de la mano y empieza a trotar conmigo rumbo a uno de los claros en las gradas —arriba y contra las puntas— para asegurar un lugar antes de que empiece el espectáculo.

Obnubilado por las luces, el gentío y el ruido, corro a su lado intentando absorber todo lo que mis sentidos de niño logran percibir: la mano sudorosa de mi madre, el griterío de la gente anticipando el show, el olor a comida que viene de el pedregullo y el aroma de esos cigarros extraños que dan risa, que parece venir desde bien arriba, lejos de la mayoría.

Al fin llegamos a un espacio con poca gente en los costados y nos sentamos en dos butacas vacías. Pero apenas unos segundos después, casi sin recuperar el aliento tras la odisea para llegar, saltamos de nuevo como resortes cuando la intensidad de las luces baja aún más y todo el mundo se une en un rugido anticipatorio ante la inminencia de lo que se viene.

Mi madre grita y festeja, al igual que los más de 5.000 espectadores, cuando el telón se descubre. Detrás del mismo se alcanza a ver la figura alta y espigada, con la nariz aguileña y el pelo largo y ondulado del artista, que, micrófono en mano, se alista a cantar.

Uno podría esperar un arranque feroz, voluminoso, aturdidor; sin embargo, el primer sonido que emana del escenario, después de unos segundos de espera —claramente calculados por la banda para aumentar la ya altísima expectativa de los presentes que no paran de rugir—, es la cálida música de una guitarra acústica, con la inconfundible introducción de Desnuda.

Yo pensaba que el público presente no podía gritar más fuerte, pero apenas las luces del escenario se prenden lentamente para desvelar la figura de Ricardo Arjona al centro del mismo —casi en el momento justo en que empieza a cantar: “No es ninguna aberración sexual…”—, el chillido colectivo, con claro timbre femenino, fue brutal. A un nivel que no recuerdo haber escuchado nunca más en mi vida adulta, en ninguno de los cientos de conciertos a los que asistí después de ese.

El concierto, enmarcado en su gira de presentación del disco Sin Daños a Terceros, no solo incluyó los temas de uno de los discos más famosos de Arjona hasta la actualidad, sino también varios hitazos de su discografía previa. No recuerdo el orden completo del setlist, pero sí que no faltaron temones del calibre de Mujeres, Te Conozco, Señora de las Cuatro Décadas o Historia de Taxi. Era el pop latino más acaramelado y comercial, pero para mí, a mis siete años, aquello era puro rock’n’roll.

Conforme se encadenaban las canciones y la noche avanzaba, mi madre y yo empezábamos a preocuparnos de que no fuese a tocar EL tema, su single más famoso quizá, y sin lugar a dudas nuestro favorito: Dime Que No.

Cuando el show entró en esa infaltable etapa de bajada, en la que el artista recorre temas nuevos más tranquilos o algunos viejos no tan conocidos, aprovechamos para ir a la plaza de comidas a por el infaltable choripán de los conciertos.

No le habíamos dado ni un mordisco al tremendo y merecido manjar que ahora sosteníamos en nuestras manos, intentando no quemarnos ni mancharnos de mayonesa, cuando escuchamos nuevamente la guitarra acústica del comienzo y la voz de Arjona advirtiendo melosamente: “Si me dices que sí, piénsalo dos veces…”.

Automáticamente, y junto a los otros pocos que habían calculado mal el timing de la cena, corrimos rumbo al escenario. No llegamos a nuestros asientos y nos quedamos en la pasada para gozar el tema, que ahora todo el Teatro de Verano, parado, agitaba y cantaba a voz en cuello.

Vi al Indio Solari gritar “No lo soñéeeeee” tres veces frente a más de 100.000 personas; a Marky Ramone destrozar la batería dentro de un club atestado de gente al ritmo de Blitzkrieg Bop; a un Axl Rose gordo pero lleno de magia chillar “Oooooh-ooooh sweet child o’ mine”; y a mi ídolo de la infancia, Steven Tyler, con las cuerdas vocales recién operadas, hacer retumbar las paredes del Estadio Centenario contándole a todos sobre el Dude que se ve como una chica. Pero creo que ver a Ricardo Arjona aullar “Dimee que noooo” al inicio del estribillo aquella noche en el Teatro de Verano fue lo más cool que recuerde en todos mis años de recitales.

Tras los agradecimientos de rigor y el pedido reiterado de la multitud por un bis que nunca llegó, las luces del lugar se encendieron. Ya pasada la medianoche, salimos del Teatro de Verano con mi madre en busca del Kia color rojo donde mi viejo nos estaba esperando —una tarea difícil, debido a la cantidad de gente abandonando el lugar a la vez.

Por fin allá lo vimos, estacionado sobre la rambla, esperándonos leyendo un libro, y emprendimos la vuelta a casa. Y ahí se dio otra escena de puro rock’n’roll: una acalorada discusión entre mi madre, que alegando la hora sugería que faltara a clase al día siguiente, y mi padre, en su rol más estricto, consideraba tal sugerencia inadmisible, alegando que la educación era lo primero.

No recuerdo qué pasó a la mañana siguiente, y poco me importaba todo aquel barullo viniendo del asiento delantero, porque yo, con los oídos todavía zumbando y una sonrisa de oreja a oreja, no podía parar de pensar en lo tremendo de la experiencia que acababa de vivir.

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