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  • Los 25 libros que leí en 2025

    Todos los años me marco un reto en Goodreads de cuántos libros leer. La meta para este año eran 22, pero cuando vi la oportunidad redonda de ir por 25 en 2025, agarré viento en la camiseta y lo logré con un par de semanas de anticipación y todo.

    En este artículo, y con la excusa de revisitar notas y revivir un poco lo que me dejó cada uno, presento los 25 libros que leí este año, con un breve comentario y una calificación puramente subjetiva de cada uno.

    Hay de todo un poco. Me gusta balancear la dieta literaria lo más posible, porque siento que así leo más, al tener siempre varias opciones que elegir a la hora de leer. De todas maneras, hay una marcada predilección por la ficción y los clásicos.

    La acumulación de libros de relatos cortos sobre el final del año no es casual: siempre me gusta tener varios de estos frentes abiertos para contar con lecturas breves y compactas cuando no estoy dispuesto a encarar la novela o la pieza de no ficción de turno. Y cuando se acerca el cierre del año, toca cerrar todos los bucles.

    No sé si seré capaz de ir por 26 en 2026, no solo por el año en cuestión, sino porque se empezaría a marcar una peligrosa tendencia que tarde o temprano probablemente se corte, sobre todo si mi existencia se prolonga más allá de 2035 o por ahí. Prefiero disfrutar de la lectura, concentrarme en la calidad y no en la cantidad, y evitar convertir esta parte de mi vida, que se supone es de relajación y disfrute, en otra obsesión compulsiva y resultadista. Aunque, conociéndome, es altamente probable que eso termine pasando y que en diez años estén leyendo una pieza titulada: Cómo casi pierdo la vista y la cordura leyendo 35 libros en 2035.

    Pero para eso falta. De momento, acá están los 25 libros de 2025. ¡Feliz año para todxs!


    1 – To Have and Have Not — Ernest Hemingway — 1937

    ★★☆☆☆

    Mi único contacto con Hemingway había sido su colección de historias cortas Men Without Women años atrás, y ya tocaba revisitarlo. Me incliné por esta novela por estar ambientada en un escenario histórico que siempre me atrajo: la época de la Prohibición en Estados Unidos. La historia sigue a Harry Morgan, un capitán de barco devenido contrabandista que opera desde Key Largo, y sus aventuras y dilemas morales en un tiempo donde el tráfico de alcohol, de objetivos políticos y de inmigrantes era moneda corriente en el estrecho de Florida.

    Siempre vale la pena leer a los autores de estatus legendario. Para hacerlo, es vital entenderlos en su contexto y no juzgarlos desde un pedestal moral o desde el antiimperialismo (antiyanki, para decir las cosas como son) que suele dominarme. Al quitar los velos políticos, sociales e ideológicos que cubren al libro —todos bien Hemingway, todos bien yankis— queda una novela algo entretenida, ambientada en una época interesante de la historia, y tá.

    2 – Pantaleón y las visitadoras — Mario Vargas Llosa — 1973

    ★★★★☆

    En mi cruzada por consumir todo lo que Vargas Llosa produjo en su prolífica carrera, tocaba adentrarse en la Amazonia peruana de la mano del capitán Pantoja y su misión, encargada por los altos mandos del ejército, de formar un servicio de prostitutas (o, como las denominan, “visitadoras”) para satisfacer las necesidades carnales de los soldados estacionados en una de las zonas más remotas de América.

    Cuesta creer que un libro escrito prácticamente a base de informes militares ficticios (aunque inspirados en hechos reales) sea tan entretenido. Tal vez sea la colección de personajes tan querible y variada, o esa capacidad de MVL para desentramar estructuras de poder complejas y perversas de una forma humana y digerible. Recomendada, como casi todo lo que leí del capo máximo de la literatura latinoamericana.

    3 – Yo soy una señora — Jaime Bayly — 2019

    ★☆☆☆☆

    Soy gran fan de la desfachatez de Bayly para escribir literalmente lo que le sale del culo, y de la violencia casi pornográfica de su pluma (bueno, sin el casi). También disfruto del formato de relato corto, así que me zambullí esperanzado en uno de los últimos libros de El Niño Terrible, solo para llevarme tremendo chasco.

    Más que cuentos cortos, Yo soy una señora parece una colección de sueños absurdos vomitados por Bayly tras despertarse con el pito duro entre el primer pis y el desayuno. La mayoría no provocan gracia, ni repulsión, ni nada, lo cual es rarísimo en un autor que nunca me deja indiferente.

    4 – El principio del placer — José Emilio Pacheco — 1972

    ★★★☆☆

    Estaba visto que era imposible leer una colección de cuentos de un autor mexicano sin remitirme automáticamente a El llano en llamas, uno de mis libros favoritos de todos los tiempos, del maestro Juan Rulfo.

    Mientras El llano en llamas se sitúa en el llano grande, una región árida y pobre del estado de Jalisco, y las vidas miserables de sus moradores, El principio del placer cruza al otro extremo del espectro social mejicano para recorrer distintas etapas de la vida, desde la infancia hasta la vejez, a través de varios chilangos que (sobre)viven en la masiva Ciudad de México.

    Sin contar a Rulfo, claro, sigo sin encontrar nada que me sacuda de la literatura mexicana. Seguiremos en la búsqueda.

    5 – The Great Shark Hunt: Strange Tales from a Strange Time Hunter S. Thompson 1979

    ★★★☆☆

    Sabía que tenía que leer a Hunter S. Thompson, pero su novela más popular, ‘Pánico y locura en Las Vegas’, no me atraía nada, más que nada porque la película me pareció bastante aburrida.

    Thompson es el inventor del periodismo ‘gonzo’, en el que el narrador no hace ningun esfuerzo por ser objetivo, y en el que muchas veces la noticia es lo de menos, y lo importante pasa a ser la experiencia del periodista durante la cobertura de la misma.

    Me encantó adentrarme en su universo a través de esta colección de artículos llenos de drogas, delirios pero también representaciones muy coloridas y fácticas de distintos hechos de la historia yanki de los que Hunter fue testigo directo.

    Me gustaría leer las otras tres partes de la colección, pero parecen inaccesibles en formato EPUB. Si alguien leyendo esto tiene algún pique, se agradece.

    6 – The Subtle Art of Not Giving a F*ck: A Counterintuitive Approach to Living a Good Life — Mark Manson — 2016

    ★★☆☆☆

    La mayoría de los libros de autoayuda son bazofia pura, y este perfectamente puede serlo también, pero llegó a mi vida en un momento en el que precisaba escuchar su mensaje y puedo decir que no solo me ayudó a sobrellevar una época turbulenta, sino que seguramente me cambió la vida, y que más mérito para una pieza de literatura que transformar la vida del que la lee.

    La premisa es clara: identificá cuales son los valores más importantes para vos, y asegurate de que todo lo que no sea uno de ellos, te importe una mierda.

    7 – Pedro Páramo — Juan Rulfo — 1955

    ★★★☆☆

    Escribiendo este artículo sobre mis días en Vientiane recordé que, cuando estuve allí por primera vez, estaba leyendo este mismo libro. Decidí ir por el round dos.

    Creo que me gustó más que la primera vez. Es una pieza clave de la literatura latinoamericana (se dice que es el precursor de nuestro realismo mágico), pero sigo quedándome con El llano en llamas si tengo que elegir entre las dos grandes obras de Rulfo.

    8 – El mito de Sísifo — Albert Camus — 1942

    ★★☆☆☆

    Soy mega fan de Camus, he leído prácticamente todo lo que produjo y El Extranjero es mi libro favorito, por lo que consumir su obra es más un acto de militancia que de placer o entretenimiento.

    Con sus ensayos, como El mito de Sísifo, esto queda aún más claro, ya que cualquier obra filosófica exige una atención y un enfoque que resultan muy enriquecedores, pero poco divertidos. De todas maneras, intento siempre mechar algo de este estilo en mi dieta literaria porque considero vital consumir filosofía todo el tiempo.

    La lectura de este libro me inspiró a escribir este artículo.

    9 – The Way of the Superior Man: A Spiritual Guide to Mastering the Challenges of Women, Work, and Sexual Desire — David Deida — 1997

    ☆☆☆☆☆

    Un clásico de la “manosfera”, alabado por muchos y odiado por otros tantos. Me parecía oportuno darle una chance y ver si tenían razón las feministas de pelo azul o los gordos barbudos pro MAGA. Y tras leer tres cuartos de este manifiesto de la misoginia y borrarlo del Kindle, debo decir que textos como este explican la avanzada del movimiento woke en los años recientes. Y esto lo dice alguien que intenta siempre buscar el punto medio y evitar extremismos, pero el libro es sencillamente indefendible.

    10- The Music of Chance — Paul Auster — 1990

    ★★☆☆☆

    Una novela sobre un hombre que, mientras maneja por Estados Unidos sin rumbo, se cruza con un jugador de poker en aprietos (gran razón por la que elegí leerla) y decide bancarlo con sus últimos ahorros para una partida contra dos excéntricos multimillonarios. ¿Qué sucede después? No voy a spoilearlo acá ni quitarle el potencial interés a una novela correcta que, si no fuese porque toca mi profesión de cerca, jamás habría considerado leer.

    11 – Die with Zero: Getting All You Can from Your Money and Your Life — Bill Perkins — 2020

    ★★☆☆☆

    El gran problema que tengo con los libros de no ficción es que, en la mayoría de los casos, con solo leer el título y quizás la introducción, el resto no tiene mucho más para ofrecer. Suelen ser una sucesión de ejemplos o estudios que confirman la premisa del autor.

    En el caso de Die with Zero, creo que funcionaría mucho mejor como una charla TED de quince minutos que como un libro entero. De todas maneras, el punto de Perkins es válido y ojalá más gente lo tuviera presente: todo el dinero que nos sobra al morir es tiempo que invertimos estando vivos y que no vuelve. Un derroche no solo de capital, sino de vida.

    12 – The Courage to Be Disliked: How to Free Yourself, Change Your Life and Achieve Real Happiness — Ichiro Kishimi, Fumitake Koga — 2013

    ★★★☆☆

    Si bien el título suena a terrible bazofia de autoayuda, es básicamente un libro de psicología pop en el que, a través de un diálogo entre un maestro y su discípulo, se presentan al lector las bases de la escuela adleriana de psicoterapia.

    La idea más interesante que me llevo sobre la línea de psicoanálisis del exñery de Freud (eran aún más ñerys, pero se separaron en 1911 por diferencias profesionales) es que todos los problemas psicológicos son, básicamente, problemas interpersonales.

    13- El huracán lleva tu nombre — Jaime Bayly — 2004

    ★★☆☆☆

    Lo dije en la mención anterior a Bayly y lo repito: me encanta lo que escribe este tipo. Como alguien que también junta letras, haberlo leído en su momento (mi primer acercamiento fue La noche es virgen) me voló la cabeza y me mostró que es posible hacer literatura honesta y visceral sin sonar como un intelectual pretencioso que usa bufanda y toma coñac con el meñique levantado.

    Esta novela (larga, muy larga, demasiado larga) es profundamente autobiográfica y nos lleva por la tormentosa relación del autor —un Bayly en miniatura— con Sofía, inmersa en una lucha constante contra los elementos, los prejuicios y los deseos de la alta sociedad peruana, insidiosas exparejas y, por encima de todo, la homosexualidad incontenible del autor, que asoma a la superficie cada vez que encuentra un resquicio.

    14 – The Value of Others — Orion Taraban — 2024

    ★★★☆☆

    Conocí al autor a través de su canal de YouTube y decidí comprar su ópera prima, donde presenta el concepto subyacente en todos sus videos de forma más extensa: el modelo económico de las relaciones sexoafectivas.

    Es humano intentar acotar temas complejos a un modelo que nos permita manejarlos mejor. Y el vínculo entre hombres y mujeres es uno de los asuntos más complejos que existen, con muchísimo para desmenuzar. Suena chocante equiparar la forma de relacionarnos con un mercado, pero en el sistema capitalista en el que vivimos todo está regido por las leyes del mercado y es un bien de consumo, incluso el sexo o el amor, nos guste o no.

    No sé si recomendaría este libro a todo el mundo, pero sí el canal del autor: PsyHacks, así sea para ver un par de sus videos y hacerse cierta idea de su modelo.

    15 – On the Road — Jack Kerouac — 1957

    ★★★★☆

    Decidí releer este clásico porque estaba precisando un poco de escapismo y aventura en una época de mucho laburo y exceso de cotidianeidad. Y nada mejor para romper la rutina que revivir las andanzas de Sal Paradise (alter ego de Kerouac) y los personajes que va encontrándose en su constante ir y venir de costa a costa de Estados Unidos, en una cruzada cargada de jazz, sexo, alcohol y otros vicios.

    Lo disfruté mucho la primera vez, pero aún más en esta relectura. Gran novela para ilustrar el mensaje que nos inculcó a los uruguayos el Maestro Tabárez durante años: “El camino es la recompensa”.

    16- Appointment in Samarra — John O’Hara — 1934

    ★★★☆☆

    Una novela que siempre tuve en la mira y que me decidí a leer durante mi convalecencia de una semana víctima del COVID (sí, re anacrónico).

    Si una novela tiene enseñanzas, profundidad o mensajes políticos, lo tomo como un plus: lo importante es que entretenga. Y este clásico, que narra 72 horas en la vida de un grupo de personajes de un pueblito ficticio de Nueva Inglaterra, logra exactamente eso. Un verdadero page turner que devoré en cuestión de días, entre estornudos, caldo de pollo y jarabe para la tos.

    17 – TAZ: The Temporary Autonomous Zone — Hakim Bey — 1991

    ★★★☆☆

    Una colección de ensayos, denuncias, manifiestos y hasta poemas de un anarquista individualista como Hakim Bey (y como yo), donde la misión principal es presentar el concepto de las TAZ: zonas temporales autonómicas, espacios fuera del control gubernamental, gestionados por sus residentes y ajenos a regulaciones o presiones externas.

    Suena como una idea compleja, pero una rave, por ejemplo, es un caso cotidiano de TAZ. Así que la próxima vez que vayas a ver a un DJ medio pelo en un galpón, rodeado de gente dura como infancia en Siria, podés tomarlo como un acto de militancia.

    18 – Range: Why Generalists Triumph in a Specialized World — David Epstein — 2019

    ★★☆☆☆

    La dosis de no ficción necesaria para balancear mi dieta literaria. En este libro, Epstein muestra, a través de ejemplos y del estudio de distintos profesionales, atletas, músicos, inventores o científicos, cómo ultraespecializarse en un campo puede hacernos perder “rango” y volvernos incapaces de resolver problemas que alguien con un conocimiento más amplio puede encarar desde un enfoque más global.

    Lectura interesante para expandir el horizonte, replantearse varios conceptos que traemos incorporados y, justamente, ensanchar nuestro “rango”.

    19 – El exilio y el reino — Albert Camus — 1957

    ★★★☆☆

    Con el exilio, literal o figurado, como hilo conductor, Camus aprovecha seis viñetas para tratar temas que van desde la ética, la moral y el humanismo hasta la infidelidad, la lucha de clases o la xenofobia. Todo atravesado por su visión absurdista de la realidad y ese tono y estética tan grises que, con una pincelada bien puesta, dejan entrever ese “verano invencible” que pugna por salir y nos impide exiliarnos definitivamente a una cueva y nos lleva a seguir empujando una piedra montaña arriba día tras día (¿y si Albert era un agente encubierto de la Matrix?).

    Sea como sea, y a sabiendas de que no es el entretenimiento más liviano ni revitalizante que existe, pero sí casi una necesidad existencial: lean a Camus.

    20 – La Guerra del Fin del Mundo — Mario Vargas Llosa — 1981

    ★★★★★

    Confieso que le huyo a los libros extremadamente largos por miedo a perder el interés a mitad de camino y que mi regla autoimpuesta de (casi) siempre terminar lo que empiezo me obligue a seguir con una lectura que no disfruto. Un crimen, teniendo en cuenta que hay tanto para leer y tan poco tiempo.

    Por eso dudé mucho antes de entrarle a esta obra de MVL, pero en mi cruzada por leer toda su bibliografía sabía que, tarde o temprano, me iba a tocar. Y me alegro inmensamente de haberlo hecho: es un librazo que devoré en cuestión de semanas.

    Me sorprende que un caso tan apasionante como el de Canudos no tenga más relevancia mediática (teléfono, Netflix). De todas maneras, es difícil imaginar una versión que supere la de MVL. Si aun así sirve para que más gente descubra lo que ocurrió en ese poblado del sertón bahiano a fines del siglo XIX, entre fanáticos religiosos, cangaceiros y fuerzas del orden federalistas, bienvenida sea la adaptación hollywoodense con Benicio del Toro como el Conselheiro, Wagner Moura como João Abade y Javier Bardem como el coronel Moreira César.

    21 – Ficciones — Jorge Luis Borges — 1944

    ★★★☆☆

    Cuesta dimensionar lo que debía ser la cabeza de Borges para dar a luz estas diecisiete realidades que a un mortal como yo le costaría siquiera empezar a soñar. Y, encima, está el talento de volverlas digeribles, atrapantes y entretenidas ochenta años después de su publicación.

    Recomendación: las Ficciones entran mejor como ejercicio de escapismo, en un rincón aislado de un cafetín porteño, medialuna y cortado de por medio, un viernes lluvioso después de un día agitado.

    22 – The Disaster Area — J.G. Ballard — 1967

    ★★☆☆☆

    La mejor forma de describir esta colección de cuentos de Ballard es como un crossover entre Black Mirror y Stephen King, algo solo posible en la mente de un inglés nacido en Shanghái, que atravesó la Segunda Guerra Mundial viviendo en una burbuja para extranjeros en medio de China, semi aislado del horror que se extendía por el país mientras los locales repelían la invasión japonesa y el mundo se caía a pedazos.

    Tengo otras novelas suyas en la readlist, pero, al igual que con los capítulos de Black Mirror, necesito un respiro prolongado para bajar y procesar lo consumido después de un tour por los rincones más oscuros de la existencia humana y una visión tan desoladora de lo que se nos viene como especie.

    23 – El anarquismo individualista. Lo que es, puede y vale — Emile Armand — 2011

    ★★★★☆

    Hasta leer este manifiesto (o quizá libro de instrucciones) sobre el anarquismo individualista de Émile Armand (seudónimo de Ernest-Lucien Juin), cuando me preguntaban por mi orientación política siempre respondía algo del estilo “ni de izquierda ni de derecha, de arriba”, o alguna boludez por el estilo, para evitar posicionarme en un espectro binario que sentía no me representaba en ninguno de sus extremos.

    Después de terminar este libro, y de asentir prácticamente desde la primera página hasta la última, al punto de acabar con dolor de cuello por pura identificación ideológica, si en el futuro me veo forzado a etiquetarme políticamente, mi respuesta va a ser “anarquista individualista”. Suena bastante mejor que “boludo egoísta anti todo y desinteresado en la politiquería pelotuda producto de la pseudodemocracia de los cartelitos y las listas”.

    24 — La tumba — José Agustín — 1964

    ★★★☆☆

    Novelle que se coló por la ventana en el intento de llegar a la meta de 25 libros y en esa búsqueda persistente de algo de la literatura mejicana que realmente me deslumbre.

    Parece que todo lo que sale de ese país es o un grito por la igualdad desde los sectores más pobres, o un retrato de la clase más acaudalada del DF, sin medias tintas. Y habiendo visto la desigualdad reinante en tierras norteñas en primera persona, entiendo que así sea: la literatura de clase media es imposible en un país donde la clase media prácticamente no existe.

    Me queda muy lejana esta historia de un chico rico y sus aventuras sexuales y parrandas cargadas de alcohol en el DF de principios de los 60. No sé si se trata de una exageración del autor o si realmente así vivía un adolescente de familia acomodada por aquellos tiempos. De todas maneras, me gustó la forma de José Agustín de llevar una historia que toca temas serios y de carácter existencial con una levedad casi infantil y un estilo fresco, cercano a lo cómico, del que seguro Bayly tomó nota para escribir sus novelas.

    25 — Meditaciones — Marco Aurelio — c. 180

    ★★★★★

    Entrada engañosa, porque Meditaciones no es solo un libro que leí este año, sino uno que leo constantemente.

    Me gusta leerlo todas las noches antes de dormir, casi como una biblia para un católico, para cerrar el día con un mensaje positivo y algún lineamiento a seguir al día siguiente.

    Me gustaría que, a fuerza de lectura y relectura de esta colección de anotaciones del que quizá fue el hombre más importante de la Antigüedad, logre incorporar cada vez más el estoicismo en mi vida. Algo tan necesario en los tiempos que corren y casi vital, diría, para la montaña rusa emocional que es la vida de un jugador de poker profesional.

    Si bien consigo invocar algunos de los principios del emperador en momentos clave del día a día, me gustaría tenerlos aún más presentes. Pero supongo que el hecho de que Marco Aurelio escribiera estas meditaciones a diario es prueba de que incluso para el emperador más poderoso del Imperio romano, mantenerse impasible frente a los vaivenes del mundo era un ejercicio difícil. Tan difícil que necesitaba recurrir a lo que hoy llamaríamos journaling para mantenerse estable emocionalmente.

    Si tuviese que recomendar la lectura de solo un libro de estos veinticinco, que sea Meditaciones. Creo sinceramente que el mundo sería un lugar mejor si más gente lo leyera.

    Quería cerrar este posteo, y el año literario, con algún extracto del libro. Tarea complicada, considerando que mi sección de notas de Kindle tiene decenas de highlights (capaz hay más subrayado que texto limpio; mi profe de Técnicas de Estudio me reprobaría de seguro). No fue fácil elegir solo uno, pero acá va mi deseo para todos los que están leyendo esto, en este 2026 que se viene:

    4.49 Sé igual al promontorio contra el que sin interrupción baten las olas. El permanece quieto mientras que en su derredor sucumben las aguas que bullen. (2) «Soy desgraciado porque me ocurrió eso a mí». Bien al contrario: «Soy afortunado porque, a pesar de haberme ocurrido eso, permanezco sin pena y no me rompo por el presente ni temo el porvenir». (3) Porque tal cosa podría haberle sucedido a cualquiera, sin embargo cualquiera no hubiera permanecido sin pena por ello. ¿Por qué, entonces, aquello es mayor desgracia que esta buena fortuna?

  • Bola Maluca

    Rua do Catete, Rio de Janeiro

    ‘¡Bola maluca! bo-la maluca. ¡Bola maluca! bo-la maluca’. Entre el ruido y el caos habitual de la Rua do Catete, identifico este como un sonido nuevo. Si bien la zona está usualmente tomada por vendedores ambulantes, bocinas y el murmullo constante de gente yendo y viniendo, recordaría un pregón tan particular (¿qué es siquiera esa bola loca que ofrece?). Y sin lugar a dudas recordaría al personaje que la vende: alto, espigado, con el pelo largo y blanco, atado en una cola que sale por la parte trasera de un gorro de visera rojo. Pregona en ráfagas intensas pero agudas: ‘BOLA MALUCA, BO-LA MALUCA! BOLA MALUCA, BO-LA MALUCA!’. No llego a ver bien qué es, pero parece algún tipo de juguete. Me detendría a observar mejor, pero no quiero generar la ilusión de una posible compra, aunque sea por 5 reales.

    Metros más adelante, casi llegando al Largo do Machado, está la zona de los vendedores de fruta. Desde la última vez mejoraron: ahora, además de la fruta literalmente recién sacada de la tierra, venden bandejas de plástico con el producto ya cortado y envasado. Hago un marcador mental para pasar más tarde, camino al apartamento.

    Vuelvo hacia atrás antes de llegar a la plaza y atravieso de nuevo los gritos de “¡BOLA MALUCA! BO-LA MALUCA!”. Frente a la sede del Banco do Brasil, veo que está terminando de armar su puesto el crackudo das artes. A falta de un nombre mejor, me fue presentado así en el pasado por quien me llevó a esta zona por primera vez. El apodo claramente responde a su incuestionable condición de adicto al crack, y a su oferta de productos, todos vinculados al arte.

    En la “tienda principal”, un puesto armado contra la calle, hay dos cajones de fruta llenos de discos de vinilo. Al lado, una magra colección de libros, porque la gran mayoría están a escasos metros, al otro lado de la vereda, organizados sobre una manta blanca recostada contra la pared del banco.

    Parece haber cierto orden, empezando por las novelas. Las más destacadas son una colección de bolsillo de Agatha Christie, lo cual dice bastante del resto de la oferta. Luego, los libros de texto: Sociología Básica, Inmunología Básica, Metodología Científica y varios otros.

    Rumbeando a la sección “religión” (la más amplia, quizás), uno de los de la transición captura mi atención. No solo por su cubierta —una bota de cuero larguísima al lado de la cual un hombre diminuto ofrece una rosa a modo de tributo— sino por el título: Por que os homens amam as mulheres poderosas?. No sabía que así era, pero medito comprarlo solo para saber la respuesta. O Mongolismo: tratamento da criança de cérebro lesado. Durísimo. Y anacrónico: el término ‘mongolismo’ es casi tan obsoleto como la frenología.

    Sigo, con la vista bajando rua abajo y me doy de lleno con la sección religiosa: O nome de Jesus, Jesus: o maior psicólogo que já existiu, Vivendo no Mundo dos Espíritos, y varios más. Y, confirmando la existencia de un orden preestablecido —o una coincidencia propia de un mundo espiritual—, la sección multimedia se anexa a la de libros con una colección de misas del Papa Juan Pablo II en DVD.

    Ya sobre el final, casi en la entrada del banco, aparece una sucesión de blockbusters pirateados de principios de los 2000: Os Infiltrados, Guerra dos Mundos, A Era do Gelo 2, Homem-Aranha 2, e ainda mais.

    Cruzo y continúo la subida, a contrapelo de la popular avenida bautizada en honor al Palacio do Catete —antigua sede de la presidencia de Brasil—, en uno de cuyos cuartos del tercer piso el entonces presidente Getúlio Vargas se quitó la vida de un disparo al corazón, cuando corría el año 1954 y el país estaba sumido en una crisis política que lo tenía al borde de un golpe de Estado.

    Frente al Catete Grill and Sushi, un self-service bastante chic, veo al mismo señor de siempre: un veterano sentado sobre una manta roñosa, en una extraña pose producto de algún defecto congénito, hablando con todos y con nadie, pidiéndole cosas a los transeúntes que pasan frente a su campo de visión. Muchos lo ignoran; otros, al menos, niegan con la cabeza. Las constantes negativas no merman la intensidad de sus pedidos. No tiene mucha cosa más para hacer. Me pregunto dónde pasará las noches, porque, como si fuese un trabajo con horario fijo, solo se lo ve entre las 8 o 9 de la mañana y la puesta del sol.

    Estaba en el mismo lugar cuando solía caminar esta calle casi a diario para ir desde mi antiguo apartamento —una cuadra abajo de Largo do Machado— hasta el gimnasio, justo en la esquina siguiente a donde el señor pide a diario, hace prácticamente un año. Nada cambió, ni para bien ni para mal: se lo ve igual. Ni más flaco, ni más gordo. Ni más sano, ni más enfermo. Ni más cuerdo, ni más loco. Supongo que, en un caso así, la invariabilidad es algo positivo.

    Perdido en un diálogo con alguien que ya pasó, o que nunca existió, no se da cuenta de que le estoy alcanzando un billete de dos reales. “Chefe”, lo llamo, y le entrego el papel en la mano —no sin cierta dificultad, producto del trastorno que lo aqueja, y que vuelve el simple gesto de agarrar todo un reto. “¡Oi! ¡Você é legal!”, me grita mientras me alejo, calle arriba.

    Llegando casi a la estación de metro —y de hecho, recostado contra una de sus bocas de ventilación— hay otro puesto improvisado de cosas viejas, custodiado por un moreno y su perro, atado a un árbol con una cuerda. El tipo siempre tiene puesta una camiseta del Flamengo con el número 11 en la espalda y el nombre de Lucas Paquetá, aunque por el desgaste apenas se lee Las Pquea en blanco, mientras que las letras faltantes se adivinan por el contorno negro donde antes estaban pegadas. Si no me falla la memoria, la última temporada que Paquetá jugó en el Mengão fue la de 2018.

    El highlight del puesto del flamenguista es una colección de calzado viejo y en mal estado. Apostados sobre una manta azul, los distintos pares parecen una suerte de exposición de objetos recolectados a lo largo y ancho de la ciudad, con la esperanza de que caiga algún real por alguno de ellos, ya sea por caridad o por necesidad. Es difícil imaginar a alguien usando esas sandalias o botines de fútbol, prácticamente inservibles. Completan el inventario una muñeca de plástico vieja y desnuda, tres Papá Noel de peluche, y un espejo sucio —pero sin rayones ni roturas— apoyado contra un cartel publicitario. Está angulado de tal forma que refleja a todos los que por allí caminan, y varios lo aprovechan para mirarse de reojo, el abajo firmante incluido.

    Un hombre de mediana edad, bien vestido y con pinta de oficinista, pasa en una de las bicicletas públicas del Banco Itaú y lo saluda al grito de “¡Fala aí, Mengão!”, que es recibido con una mano en alto por el tendero.

    Detrás del árbol donde duerme el perro, veo una manta donde seguramente el tipo pase la noche, luego de “cerrar” el puesto. Al costado, en otra manta similar y en posición cucharita, duerme una pareja. El grito del ciclista despierta a la mujer, que se incorpora y deja ver un pecho plagado de marcas circulares, como si fuesen picaduras de bichos. Se rasca las rastas —difícil saber si son intencionales o simplemente producto de la falta de higiene— y sale a caminar calle abajo.

    Cruzo una vez más hacia el lado de enfrente y, en un lanchonete, me arrimo a la barra y pido un cafezão puro y un salgado. La chica, muy amablemente, me señala hacia el interior del local, donde hay varias mesas —todas vacías— y me sugiere sentarme en una de ellas. Le agradezco, pero prefiero el banco contra la calle, para poder seguir de cerca el movimiento de la rua.

    Devoro el salgado mixto y me entretengo con el café, bastante aguado, aunque ya estaba preparado para semejante revés al verlo salir de una cafetera industrial bien grande. Mientras demoro los últimos sorbos, veo a la mujer que observé despertarse hace instantes caminar calle arriba. Trae un tupperware lleno de noodles secos, espolvoreados con trozos de linguiça. Me mira, sigue de largo, y a los pocos segundos vuelve. Señala la vidriera llena de comida y se toca la panza con una mano, para luego llevarla a la boca haciendo la pantomima de comer, a modo de pedido. Siguiendo el intercambio de gestos, le respondo llevando la pera hacia adelante, apuntando al tupper que tiene en la mano. “Não é suficiente, somos três”. Levanto las palmas hacia arriba, en gesto de negación, y sigue su camino como si la interacción nunca hubiese ocurrido.

    Me es imposible no reflexionar sobre lo poco que ha cambiado toda esa zona desde la última vez que la caminé. La única novedad: el veterano de la bola maluca.

    Vuelvo a casa. Medito. Lo pongo todo por escrito. Pienso en el mito de Sísifo. El rey griego que, castigado por Zeus por haber engañado a la muerte, es condenado a empujar una piedra cuesta arriba por una montaña, solo para verla rodar hacia abajo antes de llegar a la cima. Y así, una y otra vez, por toda la eternidad.

    A diferencia de Camus y su imagen de un Sísifo sonriente, con el corazón lleno, me cuesta pensar que tal condena tenga un lado productivo. Al llegar a la cima de la colina, Sísifo disfruta de la vista por un instante y, sonriente, desafiante, tras ese breve relámpago de libertad, vuelve al comienzo, a continuar con su absurdo destino ad aeternum.

    ¿Será el flamenguista feliz cuando cierra el puesto al caer la noche y se prepara para empujar la piedra nuevamente hasta la cima, trillando la noche carioca en busca de nuevos zapatos perdidos que agregar a su colección? Me cuesta creer que la satisfacción vaya más allá del producto de ese esfuerzo: un hit de crack, consumido en algún rincón oscuro y mugriento de Lapa. ¿Y qué forma toma la libertad del señor que pide frente al sushi? ¿Dónde está su rebelión contra el absurdo? ¿En las horas de sueño que encuentra en algún recoveco de Catete, cuando el tránsito le permite dormir?

    Todo sería mucho más fácil de analizar si pudiera reflexionar desde la distancia, como un observador externo. Pero no. Porque al ver mi reflejo en el espejo de la tienda del flamenguista, un año después, casi con la misma ropa, por la misma calle, yendo a los mismos lugares, tomo conciencia —aunque sea por un instante— de mi propio andar colina arriba. Tal vez, solo con ese instante, ya esté logrando la iluminación de la que hablaba Camus. Y con eso, el escape. Espero que todos los personajes mencionados hayan encontrado alguna forma de esa misma “dicha”. El hecho de que sigan empujando la piedra, día tras día, tras verla rodar colina abajo cada noche, da esperanza de que sí.