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  • Mi Mundo Redondo

    Carlos ‘Indio’ Solari (1949-2026)

    Nos encontramos con el Tata en 8 de Octubre y Centenario y, Norteña en mano, empezamos a rumbear hacia el Parque Central. Conforme nos acercábamos a la cancha del tradicional rival, y las pintadas tricolores y las camisetas rojas, azules y blancas a nuestro alrededor aumentaban, nos cayó la ficha. El punto de salida no era casual: sin darnos cuenta, habíamos reservado la excursión a nuestra primera misa del Indio en un bondi sacado por los hinchas de Nacional.

    Ya demasiado tarde para echarnos atrás, llegamos al costado del estadio, donde dos ómnibus nuevitos estaban rodeados por una multitud, todos listos para partir a Tandil. Yo tenía una remera que en letras amarillas sobre fondo negro, tenía la tapa de ‘Oktubre’ y la leyenda ‘Ladrón de mi cerebro‘. Al ver la cantidad de bolsilludos que nos rodeaba, intuitivamente me puse una campera, pese a que era pleno noviembre.

    Nos reportamos ante la organizadora y el Tata le preguntó: «Somos los dos manyas, ¿hay algún problema?«. Tras mirarnos unos segundos, entre midiéndonos y compadeciéndose de nuestra ternura (en todos los sentidos posibles de la palabra), nos contestó lanzando una mano hacia atrás: «Naaa, ¡nos vamo’ a ver al Indio!». Minutos después íbamos zumbando por Ruta 1, ya amigos de medio bondi, nuestra condición de manyas a todos revelada.

    No sé si la compañía de transporte que proveyó los bondis no sabía en la que se estaba metiendo o simplemente calculó mal, pero los choferes se tomaron realmente en serio la política de no fumar a bordo, y paramos una decena de veces antes de tocar suelo argentino, vía Fray Bentos. Cada parada servía para estrechar lazos con los compañeros de viaje y focalizar toda la bronca contra un amigo en común: el sistema, esta vez encarnado por los choferes y sus uniformes impolutos, acordes con su empeño en hacerle cumplir las reglas a un grupo de enardecidos ricoteros, cada parada más envalentonados por el alcohol y otros condimentos.

    Condimentos que iban lentamente transformando a la mayoría de los pasajeros en versiones grotescas y deformes de los que subieron originalmente en La Blanqueada. Personajes caricaturescos del imaginario ricotero, entre Luzbelito y los rostros de Oktubre, plagados de muecas, símil risas dolorosas, que apenas entendían el menú pero se regodeaban en la abundante salsa que corría de arriba a abajo del vehículo sin discriminar edad, género o equipo de fútbol.

    Yo no era ajeno a nada de ese mundo. Después de todo, escuchaba a Los Redondos desde que tenía once o doce años y, opinión polémica en puerta, cualquier adolescente sano criado en Sudamérica va a tener que atravesar en sus años mozos personajes, lugares y sustancias turbias en su quest hacia convertirse en un adulto responsable y balanceado. Pero algunas de las escenas que presencié esa noche en ese bondi, apenas iluminado y con la voz del Indio y la guitarra de Skay retumbando de punta a punta, son algo que nunca había visto ni volvería a ver en mi vida.

    Llegamos a Tandil al mediodía y con el Tata volvimos a la cerveza luego de una noche a puro whisky. Cerveza que los locales vendían en botellas de «gaseosa» de plástico, de marca anónima y temperatura alta. Fue esa mezcla, junto a un choripán añejado al sol y una noche de insomnio, la que hizo que apenas entráramos al Hipódromo de Villa Aguirre tuviera un ojo puesto en el escenario y otro en los baños químicos.

    Aguanté lo máximo que pude, hasta que decidí que no podía ver al Indio por primera vez con tal incomodidad estomacal e hice un embalaje hacia el cubículo más cercano, justo cuando la noche empezaba a cerrarse y la salida de la banda era inminente. Los primeros compases de «Jugo de Tomate«, el cover de Manal que el Indio eligió para abrir su show aquella vez para sorpresa de todos, me agarraron luchando por mi vida entre cuatro paredes de plástico que se sacudían con la marea humana que saltaba rítmicamente a mi alrededor.

    Para colmo de males, en el apuro no medí algo vital: la ausencia de papel. Revisando la billetera encontré una bucket list, idea que había leído en la ya extinta Taringa! y que sugería escribir las metas que uno tenía en la vida y guardarlas en un papel siempre junto a uno, para así tenerlas presentes. Juro por la memoria de Carlos que no estoy inventando ni es una licencia poética al decir que tuve que tirar de la hoja de cuadernola para solventar el problema. El guionista de dios es un grandísimo hijo de puta.

    La vuelta, el domingo posterior al evento, fue en un tono completamente distinto al de la ida, con la serotonina baja y los ánimos caldeados en una situación cada vez más tensa con los choferes. Por si fuera poco, era el día del clásico del fútbol uruguayo y nos era imposible saber cómo iba, ya que eran épocas pre-smartphone y la señal del lado argentino era inexistente.

    Luego de entrar en Uruguay y enterarnos de que había terminado 0 a 0 (para conformidad de ninguno, pero para la tranquilidad de todos), la batalla ricoteros vs. sistema llegó a su punto culminante cuando, a unos 200 km de Montevideo, los choferes se atrincheraron en la parte delantera del bus y aceleraron rumbo a la capital. No hubo golpes en el vidrio, gritos ni amenazas que lograran restablecer el contacto.

    Ya llegando al Parque Central, y preparados para lo que se antojaba como una masacre tras el «secuestro» que habíamos sufrido, los planes cambiaron rápidamente. Nos recibió el tan temido rojo y azul intermitente de las sirenas de múltiples patrulleros reflejándose en los vidrios, y la visión de la G.E.O. apostada al costado de la cancha, lista para la carga. Incrédulos, y sin saber si tal operativo se debía exclusivamente a nosotros o tenía algo que ver con el clásico recién finalizado, vimos cómo un policía subía prontamente al ómnibus apenas estacionó y se dirigía a todos: «Muchachos, ya es tarde y estamos todos cansados del viaje, así que nos vamos a ir tranquilitos a nuestras casas, que mañana hay que laburar, ¿tá?«.

    Ante tal invitación no tuvimos más opción que acatar y desagotar el área, sin siquiera poder despedirnos cordialmente de los choferes, que ahora se refugiaban tras los escudos de la policía. No podía ser una experiencia ricotera completa sin un poco de tensión con las fuerzas del orden, después de todo.

    Es imposible crecer en el Río de la Plata y no tener cierta exposición a Los Redondos, sobre todo a finales de los 90′ y principios de los 00′. Siempre escuché algún que otro tema de, posiblemente, la banda más popular de la región, pero recuerdo claramente el momento de mi conversión de simple simpatizante a «ricotero de ley», allá por el año 2004.

    Habíamos ido con mi amigo Niko el «Chileno» a la presentación del último disco de La Vela Puerca, «A Contraluz», en el Velódromo. Acostumbrado a ir a los toques con mi vieja, esta fue la primera vez que fui mano a mano con un amigo, así que aprovechamos a hacer todo lo que no podíamos hacer bajo supervisión adulta: tomar un par de birras antes de entrar, hablar con todas las pibas de nuestra edad que tampoco tenían supervisión adulta, y meternos bien adentro del pogo, adelante de todo, bien cerca del escenario.

    Fue en esa zona, luchando por hacer pie en la marea que nos arrastraba de un lado para otro, que vi a un tipo con una campera de jean que tenía en la espalda, pintada a mano, la tapa de «Oktubre». Levantando las manos, y en un estado que a los años reconocí como una dureza terrible pero que en el momento solo pensé que era un poco de alcohol y mucha pasión por el rocanrol, gritaba a voz en cuello: «Vamo’ lo Redondo loco, aguante el Indio bo‘», y frases similares on repeat, hasta el hartazgo. Si ese tipo es tan pasional por esta banda, seguro que tiene algo, pensé, y al otro día me bajé, por el ya extinto eMule, la discografía completa de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota.

    Escuché todos los discos de corrido, desde «Gulp!» hasta «Momo Sampler», en una tarde, seguramente mientras chateaba en el MSN. Pronto grabé con el Nero cada uno en un CD virgen, y no escuché otra cosa más que a Los Redondos en la caminata de mi casa al liceo por los siguientes meses.

    Cortar un tema por la mitad era casi un sacrilegio, sobre todo si incluía un solo que me gustaba (como el de «Salando las heridas«) o un estribillo pegadizo. Así que, cuando me acercaba al liceo, calculaba cuánto quedaba del disco y cambiaba de ruta si era necesario, para llegar a la puerta y entrar a clase en el momento justo. A la salida, ya sin la presión del timbre de entrada, hacía la caminata mucho más tranquilo y sin necesidad de calcular nada, tomando refugio en la música del Indio y demorando lo más posible la vuelta a casa.

    Un refugio que me acompañó por siempre desde aquella época, a lo largo y ancho del planeta. Un lugar común al que volver siempre, y un lenguaje compartido que sirvió fácilmente para identificar a «los míos» en cualquier rincón del mundo.

    Durante mi año en Nueva Zelanda, allá por 2012, vagando por hostales y pensiones frecuentadas por otros laburantes temporales haciendo sus primeras armas en el exterior, sobreviviendo con dos pesos (o dos NZD) a base de noodles y cerveza, encontrar a otro latino apasionado por Los Redondos era una bocanada de aire fresco. Un rincón de familiaridad en un lugar tan lejano, en una época en la que el mundo parecía gigante, previo al WhatsApp y el 5G.

    Era con esa gente, la tribu de mi calle a miles de kilómetros de casa, con quien siempre terminaba uno las noches de franco: cuando no había que levantarse temprano a empaquetar kiwis o picar paredes de un edificio en construcción, y tampoco había ánimos de hablar inglés y conocer a «los otros». Fueguito y birra mediante, hacíamos sonar a Los Redondos y, por unas horas, nos sentíamos un poco más cerca de casa.

    Una vez ya instalado en Tailandia, años después, encontrar otros ricoteros se hizo mucho más difícil, ya que en general llegan menos latinos a esta parte del mundo. Pero recuerdo una vez que, manejando por la zona del Warorot Market de Chiang Mai con mi ex novia en la parte de atrás de la moto, divisé a un peludo caminando por la vereda con una remera toda negra y el inconfundible «PR» estampado en la espalda. A puro bocinazo, y para desconcierto de los thai (que no son de hacer ruido en el tránsito a no ser que vean un camión venir de frente), capté la atención del peludo, que atinó a saltar y saludar efusivamente ante mis repetidos gritos de «¡Aguante el Indio!, ¡Aguanten Los Redondos!». Mi ex nunca entendió por qué se me caían las lágrimas por haber visto a un tipo con una remera de una banda que me gustaba.

    Podría escribir durante horas sobre la importancia de Los Redondos en mi vida y de cómo las letras del Indio me fueron formando desde aquel toque de La Vela en 2004 hasta hoy, días después de la muerte de Carlos (por la que me escribieron varios amigos, cual si se tratase de un familiar o amigo cercano). Podría recorrer las otras misas a las que fui (Mendoza 2013 con el «Pelu» y Gualeguaychú 2014 con el «Iggy») y contar anécdotas de los personajes y situaciones que en ellas me encontré, pero sería redundante.

    Estoy seguro de que los ricoteros que están leyendo esto van a entender perfectamente lo que es pertenecer a ese Mundo Redondo que nos cobija y nos significa un poco la existencia: formado por frases ambiguas, riffs punzantes y un universo de simbología y espacios comunes que pueden sonar tan irreales pero a la vez tan cercanos. Que le habla a todos los que presten atención y quieran escuchar, sin distinción de clase social o edad, gustos musicales anexos o profesión: la auténtica representación de algo democrático y popular, en el mejor sentido posible de ambos términos, que parecen apropiados en exclusiva y bastardeados por políticos e ideologías.

    Es imposible, y sería hasta decepcionante, irse de este mundo siendo una figura tan masiva como la del Indio y no haber dejado varios detractores en el camino. Y no caigo en la idolatría ciega de pensar que, por ser justamente uno de mis ídolos, todo lo que dijo, hizo y pensó Carlos Alberto Solari en sus 77 años de vida es palabra santa e incuestionable. Pero creo que parte de madurar es entender que existen más colores en el espectro que el blanco y el negro, y que, a no ser que haya diferencias ideológicas insalvables, lo importante siempre es quedarse con los puntos de contacto que nos unen y no con las diferencias que nos distancian.

    Lo que sí es claro es que, guste más o menos, la memoria del Indio va a perdurar por la eternidad a través de su música, sus letras y toda la gente que en ellas halló un espacio común en el que encontrarse con sus pares: una banda sonora con la que ambientar los festejos, vinito o birra de por medio, y un cobijo para los momentos duros (sin juego de palabras). Hoy más que nunca, ¡aguante el Indio y aguante Los Redondos!

    La vida para mí no es una cosa que se deba proteger entre algodones. El algodón está haciendo daño a esa vida. La vida tiene que estar expuesta. Desgraciadamente, en este caos que hay, se corre peligro. Pero yo también aprendí que parte de vivir es el riesgo. La vida es decidir estar vivo, decidir no estar tan solo para que la muerte aparezca como una pulsión de mayor importancia

    Carlos Alberto Solari, 1985

  • Reflexiones varias pre-Mundial

    Darío Silva disputa una pelota con Habib Beye de Senegal – 11 de Junio, Suwon, Corea del Sur

    Desde aquel Mundial de Francia 98 (sobre el que escribí extensamente en este artículo) cada Copa del Mundo representa para mí un mojón clave en mi vida. Recuerdo con lujo de detalle cada una de las que viví, y hasta el lugar exacto donde miré la mayoría de los partidos, desde junio de 1998 a la fecha.

    Ante la inminencia de un nuevo Mundial, tengo varias cosas que me gustaría compartir, ninguna lo suficientemente extensa como para ameritar un artículo propio, así que las compilo y presento en este posteo.

    Si me precisan entre el 12 de junio y el 19 de julio, me van a encontrar frente a una pantalla viendo fútbol, sea el partido que sea, a la hora que sea. Pero por favor, intenten no precisarme: la prioridad máxima va a ser ver la mayor cantidad de minutos posible. Esta edición, y como siempre, VAMO’ ARRIBA URUGUAY.

    LA SOBERBIA ORIENTAL

    En Uruguay tenemos la creencia de que somos muy humildes, a diferencia de nuestros vecinos argentinos, tan soberbios ellos. Sin embargo, no tenemos problema en denostar colectivamente a prácticamente cualquier otro país del continente por tener menos Mundiales, Copas América y gloria futbolística, o por ser más pobres o ignorantes que el brillante pueblo oriental, que todavía cree conservar algo de la «Suiza de América» que alguna vez fue, y de la que hoy solo queda Nueva Helvecia.

    En lo individual, la cercanía del Mundial resalta la soberbia de cada uno: todos creemos saber más que los profesionales a cargo de dirigir a Uruguay. No en vano se dice que en el país hay tres millones de directores técnicos. Opinamos sobre la convocatoria de Marcelo Bielsa en base a los contados minutos que vimos jugar a los futbolistas incluidos (o excluidos), o peor aún: en base al color de la camiseta que usaban en la liga local.

    Hace unos días, Bielsa participó del AUF Summit en el Antel Arena y en una extensa ponencia junto a su cuerpo técnico reveló algo de sus pautas de trabajo: el seguimiento a cada jugador seleccionable, los datos que se tienen en cuenta, cómo se registra el rendimiento a nivel de clubes, etc. La masa que brama contra la presencia de Federico Viñas o se indigna con la ausencia de Martín Satriano, a pesar de que seguramente no vio ni un minuto del Oviedo ni del Getafe esta temporada, no se enteró de nada de eso; los medios que cubrieron el evento prefirieron titular sobre las halagüeñas palabras de Bielsa hacia su jefe Jorge Giordano, o sobre sus declaraciones de que nunca cesó a nadie en el Complejo Uruguay Celeste. La culpa no es (solo) de las masas enardecidas, ebrias de fútbol, sino de los medios, que hoy se ocupan más de perseguir clicks que de informar.

    El colmo de esa soberbia se encarna en la indignación permanente que genera Guillermo Varela en cada convocatoria. El lateral derecho formado en Peñarol pero emigrado muy joven al Real Madrid Castilla, va por su tercer Mundial consecutivo: jugó en Rusia con Tabárez, en Catar con Alonso y ahora en Norteamérica con Bielsa. Además de terminar su formación en lo que es posiblemente el mejor club del mundo, pasó por el Manchester United, varios años en otros equipos europeos, y desde 2022 milita en uno de los mejores de América, el Flamengo, donde ganó dos Libertadores, una Copa de Brasil y dos campeonatos estaduales, entre otros títulos. Pero para el albañil de Treinta y Tres, el oficinista de Malvín o el transportista de Guichón es un «perro», «no puede jugar ni con tierra», y su presencia en tres Mundiales bajo tres técnicos distintos es «un milagro inexplicable».

    EL MÉTODO BIELSA: DATOS VS MÍSTICA

    Desde antes de la llegada de Marcelo Bielsa, su inminente proceso fue cuestionado -por no decir bombeado- desde los medios, que junto al gremio de directores técnicos (AUDEF) y varios profesionales independientes, lo atacaron al rosarino, esencialmente, por ser extranjero.

    Que es un eterno perdedor, que nunca ganó nada y que lo echaron de todos lados, fueron otros de los argumentos de los anti-Bielsa, en una división casi automática de la población uruguaya en dos. Me surgen varias preguntas: un técnico con cédula uruguaya, ¿nos garantiza el trofeo? ¿todos los técnicos anteriores tenían un palmarés más amplio que el suyo?. El «Tornado» Alonso era más uruguayo que la cumparsita y nos quedamos afuera en primera ronda en el Mundial anterior. Y Fossati -a quien respeto muchísimo, dicho sea de paso-, nació en Tacuarembó y fue el responsable de la selección aquella mañana durísima de noviembre del 2005, cuando nos quedamos afuera de nuestra última Copa en definición por penales contra los australianos en Sydney.

    Lo que más me duele de la postura anti-Bielsa es que revela una xenofobia que creíamos inexistente en nuestro país, pero que aparentemente no habíamos tenido oportunidad de ejercer ante la ausencia de inmigrantes hasta hace muy poco. La misma xenofobia de la que tanto nos quejamos por décadas cuando nuestros compatriotas, en busca de un futuro mejor, eran rebajados y maltratados en España, Estados Unidos y otros rincones del mundo. Recordatorio para todos: a menos que tu nombre sea Abayubá, Tacuabé o Zapicán, tu linaje también viene de afuera.

    Nada garantiza el éxito y cada profesional tiene su forma de conducir un seleccionado. Según lo que cuentan los medios y lo que dejan entrever los jugadores -liderados por un Luis Suárez más viejo, relegado y egoísta que nunca-, la forma de Bielsa de manejar el vestuario no tiene las mismas pautas de convivencia que el método Tabárez, ni las de Alonso, y de ahí el clima de tensión que viene desde la Copa América. Parece que los mates compartidos con «Minguita», el histórico utilero de Uruguay y ahora vetados por el rosarino, eran realmente importantes para «hacer grupo».

    Lo que se pudo ver en el AUF Summit sugiere un método mucho más cuantificable y técnico que el de otros entrenadores. Nada garantiza el resultado, pero viniendo de un campo como el poker –donde lo único que importa es tomar decisiones en base a la información disponible-, comulgo con un enfoque sistemático que prioriza datos medibles como kilómetros recorridos, minutos disputados en determinadas competiciones y peso corporal, por sobre intangibles como la “garra” de Nández o la “ascendencia” de Suárez.

    Viendo el seguimiento numérico que hace el cuerpo técnico, me cuesta creer que los registros actuales del goleador histórico de Uruguay -hoy suplente en el Inter de Miami-, o los de un jugador que me encanta como Nández, pero que actualmente milita en el cuarto clasificado de la liga árabe, justifiquen su lugar entre los 26 futbolistas más idóneos para representarnos.

    LOS OTROS

    Párrafo aparte para el resto del mundo, lluvia de conceptos en ráfaga de metralla, tal cual como en Iraq a modo de festejo si le gana a Senegal el 26 de junio en Toronto, o como en Estados Unidos si el loquito de turno se levanta del lado equivocado de la cama y decide usar el rifle semiautomático que compró por internet en su supermercado o colegio más cercano.

    Otro Mundial sin Italia, y aún así les veo más chances de ganar uno a futuro que al 98% de las selecciones que clasificaron a este: el formato de eliminatorias europeo es muy cruel y de mucha varianza, y siempre se cobra alguna victima pesada.

    El grupo C de esta Copa, con Brasil, Marruecos, Escocia y Haití, es casi idéntico al grupo A de 1998 si cambiamos Haití por Noruega (esta vez en el grupo I).

    Ojo con los africanos: ya no se trata de un tema continental, sino de dónde militan los jugadores. En casos como Marruecos o Senegal, la amplia mayoría juega en Europa, lo que significa que entrenan, comen y compiten a un nivel de elite idéntico al de sus pares europeos o sudamericanos, los eternos candidatos.

    Y para los que se preocupan por la posible «tragedia» de ver un Malawi-India o Islas Caimán-Samoa en una Copa del Mundo ahora que el formato pasó de 32 a 48 equipos, quédense tranquilos: los cupos extra van a ir para selecciones de segunda línea que en algún momento hubiesen clasificado igual por puro azar. Indonesia jugó en 1938 cuando aún era «Indias Orientales Neerlandesas», El Salvador estuvo en México 70, Kuwait en España 82, y Alemania 2006 tuvo el debut de Angola, Togo y Trinidad y Tobago.

    Israel, pese a estar cometiendo un genocidio en tiempo real, disputó las eliminatorias en la zona europea, adonde fue «expulsado» en los 70 luego de que varios equipos árabes, miembros de la federación asiática, donde pertenecen geográficamente, se negaran a jugar contra ellos. Estados Unidos, pese a bombardear e invadir países casi como deporte nacional, no solo clasificó sino que co-hospeda esta edición y se lleva gran parte de la torta de dinero que reparte. Rusia, en cambio, no pudo ni competir, suspendida por la guerra con Ucrania. Me cuesta encontrar las diferencias entre estos casos, y la única explicación es una doble vara viciada en política, que a esta altura ya poco sorprende, sobre todo en la FIFA. Como diría el Diego: «la pelota no se mancha».

    MEMENTO MORI: NOS VAMOS A MORIR

    Si tomamos 85 años como una expectativa de vida razonable, vamos a poder ver unos 20 Mundiales. Descontamos el primero, que seguro nos agarra entre los 0 y 5 años y ni lo recordamos, y quizás el último, que nos encuentra con una capacidad de retención de fluidos y cognición similar a la del primero. Eso nos da 17 o 18. Sacamos alguno en el que no clasificamos (con el nuevo formato espero que esas épocas hayan quedado atrás para los uruguayos) y nos quedan 15 o 16.

    ¿En serio vamos a malgastar uno renegando porque no nos gusta el técnico, porque no es compatriota, o porque no llevó a los jugadores que nosotros, desde nuestra ignorancia absoluta en nuestro rol de opinólogos malinformados, sí hubiésemos llevado? ¿No podemos darnos un pequeño permiso de soñar con hacer un buen Mundial teniendo en el plantel a los capitanes del Real Madrid, el Atlético de Madrid y el Barcelona? ¿Al mejor jugador de Sudamérica? ¿A tres jugadores de Premier League? ¿A un técnico que casi todos, menos nosotros, consideran uno de los mejores del mundo?

    Puedo entender el escepticismo estrictamente futbolístico. La primera línea de Uruguay, unos 12 o 14 jugadores, compite con cualquiera. De ahí para abajo, cuando entran en juego lesiones, suspensiones o expulsiones de oficio, como la de Suárez en 2014, es donde damos ventaja por un tema meramente numérico: es imposible producir tantos futbolistas de elite siendo tan poquitos. Lo que no entiendo es qué se gana esperando lo peor, cuando somos de las pocas selecciones con argumentos deportivos y objetivos para soñar con competir en serio. No le encuentro la ventaja a entrar derrotados antes de que se juegue el primer partido.

    Spoiler alert: en algún momento, te vas a morir. Y en algún momento el Mundial se va a terminar para nosotros, ya sea en primera ronda o después de la final, a estadio lleno en Nueva Jersey. Mientras tanto podemos disfrutarlo e ilusionarnos, o mirarlo con recelo y resentimiento, bien gris, con mucha amargura, como tomamos el mate o como la Ciudad Vieja un domingo de otoño a la tardecita.

    No puedo hablar por todos, y no me corresponde pedirle nada a nadie, pero en lo personal, además de la ansiedad anticipatoria por las múltiples pencas en las que participo y por ver esos partidazos tipo Costa de Marfil-Curazao o DR Congo-Uzbekistán, voy a estar expectante e ilusionado cuando suenen los primeros compases del himno en Miami este 15 de junio y la cámara enfoque al «Pajarito» Valverde con la cinta y el escudo en el pecho, abrazado a sus diez compañeros, listo para dar batalla en un Mundial más.