
La historia de Peñarol está llena de momentos épicos, gloriosos, en los que aparece de la nada un gol milagroso, inesperado (a veces hay que decirlo, hasta inmerecido) y una narrativa que parecía decantada para un lado termina con los once de amarillo y negro festejando el titulo.
Pocos momentos reflejan más fielmente lo que significa ganar a lo Peñarol (una idea que luego fue copiada y reeditada por diversos clubes del mundo) que el gol que Diego Aguirre le hace al América de Cali en la final de la Copa Libertadores de 1987.
Para poner en contexto a quienes quizás no estén al tanto: en aquella época, las finales de la Libertadores se jugaban ida y vuelta, con un posible tercer partido de desempate si tras los dos iniciales los equipos no se sacaban ventaja. La edición del 87 enfrentaba al Peñarol del ‘Maestro’ Tabárez contra un América de Cali bicampeón en Colombia y plagado de figuras. La ida fue 2 a 0 para los locales en Cali, y la vuelta, una semana después, 2 a 1 para Peñarol en Montevideo, por lo que hubo que jugar un tercer partido de desempate, el 31 de octubre de 1987.
La diferencia de gol era favorable al conjunto caleño, por lo que, tras noventa minutos de partido y dos ‘chicos’ de quince minutos de alargue, el marcador seguía 0 a 0 y todo hacía indicar que la copa se iba —por primera vez en la historia— a Colombia. Con todos los jugadores colombianos pidiendo la hora —y algunos ya festejando—, y hasta miembros del cuerpo técnico pateando pelotas hacia adentro de la cancha para forzar al juez a detener la jugada, en una exhalación y casi sin saber muy bien cómo, un joven Diego Aguirre se filtra entre la defensa ‘escarlata’ (viendo la repetición, casi parece que desaparece y aparece detrás del marcador de punta) y, con un remate raso y cruzado, vence la valla custodiada por el argentino Julio César Falcioni para poner, literalmente en el último segundo del partido, el 1 a 0 que le daba a Peñarol su quinta Copa Libertadores de América. Fue tras aquella hazaña que la revista deportiva argentina El Gráfico lanzó su icónica portada: “Peñarol de los milagros”.
Aguirre, que por aquel entonces era un simple actor de reparto en un Peñarol con buenos nombres propios, recibe tras su agónico gol una oferta irrechazable del gigante griego Olympiakos, y emigra. No sin cierta congoja, y confesando que no entraba en sus planes dejar a los carboneros, pero admitiendo que la oferta era demasiado buena desde lo económico para dejarla pasar, como quedó registrado en un video recientemente recuperado y viralizado en redes, en el que la ‘Fiera’ es entrevistada en el aeropuerto de Carrasco, previo a su partida a Grecia.
Lamentablemente, no había nacido en el 87’, por lo que mi relato sobre aquel épico momento se basa en los videos que he visto una y otra vez, cuando preciso un poco de inspiración y un empujoncito para sacar adelante algún día medio jodido.
Tampoco tengo memoria de la vuelta de Aguirre a Peñarol cuatro años después, en el 92’ (el mundo fútbol empezó para mí en el 98’, como conté en este artículo), pero sí para acordarme de todo lo que implicó el regreso de la Fiera a Peñarol, esta vez como técnico, en el año 2003.
En lo personal, recuerdo que fue el primer Campeonato Uruguayo después de la muerte de mi abuelo. Empecé a ir a la cancha con él y con mi vieja el 30 de agosto de 1998 (como se lee en tinta amarilla y negra, ya medio borroneada, en mi muñeca), y esa temporada fue la primera que nos vimos mano a mano con mi madre ante el reto de ver al ‘manya’ con una butaca vacía al lado nuestro.
En lo futbolístico, todos los ojos estaban puestos —más que en el retorno de uno de los grandes ídolos recientes del club, esta vez como DT— en la figura de José Luis Chilavert, histórico arquero paraguayo, que había llegado al club en una inédita maniobra presidencial del Cr. Damiani.
Además de su controvertida personalidad, Chilavert ostentaba por aquel entonces el récord de ser el golero más goleador de la historia (siendo superado por el brasileño Rogério Ceni años después), y la polémica estaba instalada desde el día uno: ¿quién debía patear los tiros libres, el paraguayo o el actual capitán e ídolo de Peñarol, Pablo Javier ‘El Profesor’ Bengoechea?
El debate no fue tal para un Aguirre que hacía sus primeras armas como técnico, tras un breve pasaje por Plaza Colonia, y que desde el primer momento no solo adjudicó la responsabilidad de las pelotas quietas a Chilavert, sino que, en una movida sorprendente para todos, comenzó a relegar al ‘Profe’ Bengoechea a un rol más secundario, haciéndolo entrar desde el banco en varias ocasiones. Algo impensado para una figura tan gigante como la del ‘10’, que si bien ya estaba en sus últimos años y bastante lejos de su mejor nivel, seguía siendo el jugador más querido por la hinchada.
Obviamente, el gesto no pasó desapercibido ni para el grueso de la parcialidad carbonera, ni para la prensa carroñera (la «prensa blanca», como se le dice hoy en día), que acusaba a Aguirre de querer retirar al ‘Profe’. Algunos incluso apuntaban a una supuesta guerra de egos entre los dos ídolos más recientes de la historia del club más grande del país.
El Apertura lo ganó Nacional, con una ventaja de seis puntos sobre el Peñarol de Aguirre, cuya figura tambaleaba. Pero el Clausura fue dominado de punta a punta por los carboneros, forzando una final clásica contra el tradicional rival.
Así fue que, tras un tiro libre de Chilavert en la última jugada del primer tiempo, Jorge Bava da rebote y Joe Emerson Bizera se tira en ‘palomita’ para mandarla al fondo de la red y decretar el 1 a 0 final que le daba a Peñarol su Campeonato Uruguayo número 45, y a Aguirre su primer título como técnico. Recuerdo la vuelta a casa hasta El Pinar desde el Centenario con mi vieja manejando a pura bocina y una marea de hinchas carboneros saliendo a la calle a festejar el título. De más está decir que, al otro día, todo ronco y enfermo de Peñarol, no fui a la escuela.
Tras ese campeonato se retira el ‘Profe’ Bengoechea, comenzando a darle fama a Aguirre de ser un «mata-ídolos», una de las partes no tan agradables del aguirrismo, pero siempre justificadas desde lo futbolístico, y desde el rendimiento —o la falta del mismo— que un jugador da dentro del rectángulo de juego, más allá de su nombre o su popularidad. Demostraba así que, para él, lo más importante es siempre el equipo.
Son varios los exjugadores que han vuelto a Peñarol en forma de técnicos, con mayor o menor suceso. Y el caso de Aguirre podría haber sido uno más de tantos, si no fuese por —lo que a mi entender es— su máxima gesta como entrenador: devolver a Peñarol a la discusión continental en 2011, llevándolo a una final de Copa Libertadores después de 24 años (la última había sido aquella que se definió con un gol suyo), y emparentando así su imagen con la de la Gloria Eterna, como marketineramente llaman en Conmebol al máximo trofeo continental.
Las bases de aquella hazaña se habían formado un año antes, con el segundo Campeonato Uruguayo ganado por Aguirre. Había vuelto al club tras cuatro años de un recorrido internacional no del todo exitoso, que incluyó incluso un pasaje por la selección uruguaya sub-20.
Si bien aquel Peñarol campeón tenía ciertos nombres interesantes —como el ‘Cacha’ Arévalo Ríos, que de los festejos se fue directo a la concentración de la selección previa a Sudáfrica 2010; el juvenil Gastón Ramírez, que empezaba a dejar pinceladas de un talento que lo llevaría a tener una carrera de 13 años en Europa y disputar un Mundial y unos Juegos Olímpicos con La Celeste; y, ni que hablar, el más reciente ídolo de la historia carbonera, el ‘Tony’ Pacheco (quien una vez más comenzaba, lentamente, a perder pie con Aguirre en el banco, reavivando el runrún del ‘mata-ídolos’)—, los refuerzos que se trajeron para hacer frente a la Copa del 2011 no parecían, al menos en el arranque, demasiado prometedores
En el arco se apostó por Fabián Carini, que tras una laureada carrera en Europa y varios años en la selección, volvía a Uruguay, pero que a los pocos partidos terminó perdiendo el puesto con el Seba Sosa, golero del Peñarol campeón del año anterior y que demostró estar mucho más vigente. En el centro del campo, y tras la ida del ‘Cacha’ Arévalo Ríos luego de un gran Mundial, se optó por un tal Luis Aguiar, que venía de años jugando en equipos de poca monta en Europa, y por un ignoto Nicolás Freitas, que tras debutar en Bella Vista estaba en el Everton de Viña del Mar. En ofensiva, además de Matías Mier, juvenil de Fénix, el gran fichaje era el del ex-Danubio Juan Manuel Olivera, que pegaba la vuelta a Uruguay tras jugar en Argentina, Chile, Paraguay, Corea del Sur, China y Arabia Saudí.
Y es acá donde una de las grandes aristas del ‘Aguirrismo’ comienza a tomar forma: la de potenciar los recursos al máximo, haciendo que todas las piezas del engranaje den su mejor rendimiento.
De aquel Peñarol finalista, que casi sale de memoria para cualquier manya de ley, cuesta encontrar un jugador que no haya dado su mejor versión en ese histórico 2011. El caso del ‘Negro’ Martinuccio es quizás el más ejemplificador de esto: llegó al carbonero un año antes, procedente del ascenso argentino, y en aquella Copa fue de los jugadores más desequilibrantes del continente. Luego, tras la partida de Aguirre, volvió al total ostracismo y no volvió a destacar nunca más a un nivel siquiera similar en ninguno de sus otros clubes.
Repasando aquel plantel nombre por nombre, me atrevería a decir que el único que no dio su pico máximo de rendimiento bajo la égida de Aguirre fue Darío Rodríguez (capitán por aquel entonces), que venía de jugar seis años en el Schalke 04 alemán. Obviamente, lo que hizo en aquel 2011 fue épico, pero ya había tenido picos altísimos previamente en su carrera. Todos los demás llegaron a su mejor versión durante ese año.
Tras el primer partido de aquella Copa, un durísimo 0-3 contra Independiente, una vez más un Aguirre con una espalda no tan ancha empezaba a ser cuestionado. Lo cierto es que, al finalizar la fase de grupos, con tan solo 9 puntos y casi sin darnos cuenta, estábamos nuevamente en el cuadro de definición de una Copa Libertadores.
Sin embargo, el sorteo de octavos nos emparejó con el Inter de Porto Alegre, vigente campeón y plagado de figuras, por lo que todo hacía indicar que había sido una buena Copa, con una inesperada clasificación a la siguiente ronda, pero que la suerte se había quedado ahí. Cuando, tras un 1-1 en Montevideo, nos fuimos al entretiempo 0-1 abajo en Brasil, creo que todos los manyas estábamos resignados. “Salgan a escribir su propia historia”, se dice que fueron las palabras de Aguirre en el vestuario del Beira-Rio aquella noche. Y así fue: el ‘Negro’ Martinuccio metió una de sus diagonales endiabladas en la primera jugada —literal— del segundo tiempo para poner el empate, y minutos después, tras una corrida tremenda de Aguiar por izquierda, un cocazo del ‘Flaco’ Olivera puso el 2-1 definitivo. Sin saber bien cómo, y ante un estadio todo pintado de colorado en mute, Peñarol estaba, una vez más, entre los ocho mejores del continente.
No quiero dejar afuera nada, pero tampoco extenderme mucho, por lo que tengo que resumir el resto de esa Copa en lágrimas. Lágrimas que no hacen más que hablar de la emocionalidad que generó ese Peñarol, cimentado por la figura de Aguirre y su camisa celeste al costado de la cancha. Las lágrimas que caían a torrentes de los ojos del ‘Mata’, amigo de la banda por aquel entonces, que tras el 2-0 en Montevideo contra Universidad Católica en cuartos de final, colgado de una vertical, miraba al cielo y se mordía los labios sin poder parar de llorar. O las de media tribuna en el Amalfitani, donde tuve el honor de estar presente luego de un desembolso irresponsable de plata que tenía ahorrada para irme a Nueva Zelanda el año siguiente, pero que valió cada peso gastado, cuando el ‘Tanque’ Silva erró el penal que le hubiera dado la clasificación al Vélez de Gareca y compañía, pero que, tras un oportuno resbalón al ejecutar, mandó la pelota justo hacia donde estábamos los más de 5.000 enfermos de Peñarol que no podíamos creer que íbamos a jugar otra final de Copa Libertadores.
Y, finalmente, las lágrimas propias tras caer 1-2 contra el Santos en Vila-Belmiro y ver el sueño de la Libertadores hacerse pedazos de la forma más cruel, pero a la vez entendible, cuando un equipo con un Neymar recién saliendo de América (que debió ser expulsado a los 38’ de la vuelta por un terrible planchazo a Alejandro González que lo sacó del partido). Lágrimas de tristeza que fueron prontamente cambiadas por lágrimas de rabia al escuchar al vecino de enfrente tirar bombas brasileras para festejar la derrota. Lo que vino después es mejor ni recordarlo, pero fue lo más cercano a una escena de Policías en acción que me tocó vivir: patrullero, piñas y amenazas de muerte incluidas.
Aguirre, pese a lo que esperaban todos, siguió en Peñarol tras la final perdida, pero no duró mucho y aceptó una oferta de Medio Oriente por un montón de dinero en el medio del Apertura siguiente, tras un empate 0 a 0 en Melo. Los que hicimos el viaje hasta el norte del país fuimos testigos del famoso ‘episodio de los colchones’, donde tras una lluvia terrible, los cancheros locales intentaron secar partes del pasto usando colchones viejos, para que absorbieran el agua. Demás está decir que no funcionó, y que Emiliano Albín, en los noventa minutos de partido, no fue capaz de entender que por la franja derecha de la cancha no podía conducir la pelota, siendo marcado por los charcos una y otra vez.
Esa salida de Aguirre, a mitad de campeonato, fue un pecado imperdonable para una gran parte de la hinchada, que seguramente, si venía un empleador a ofrecerles diez veces lo que ganan por un año de contrato en otra parte del mundo, se quedarían en el trabajo que actualmente tienen, ‘por amor a los colores’. Y ojo, puede que no haya sido un gesto simpático, sobre todo por el timing (creo que si se hubiese ido justo después de la final, nadie hubiese dicho nada), pero después del campeonato uruguayo del 2010 y la tremenda Copa Libertadores del 2011, creo que hacerle la cruz a ‘el Hombre’ por aceptar una oferta de trabajo tan superior es injusto e hipócrita. Pero el hincha de Peñarol puede ser así: de poca memoria, cortoplacista y bastante termo, y una vez más, la prensa blanca no ayudó, instalando narrativas y torciendo la cancha para convertir, de repente, al tipo que le devolvió al pueblo carbonero el permiso de ilusionarse, en un ‘pesetero’, además de ‘mata ídolos’, ‘suertudo’ y no sé qué más.
Llamar a Aguirre «suertudo» (o «culón») fue siempre un artilugio de los de la vereda de enfrente —y de su prensa mandadera— para explicar las gestas internacionales de los equipos de la Fiera. La hinchada carbonera, en cambio, prefiere hablar de aura, ese inexplicable «no-sé-qué» que Diego Aguirre transmite a sus jugadores y que los empuja a lograr lo imposible. Es histórica su respuesta a un periodista de Subrayado, ya en el avión de vuelta de Santiago tras clasificar a semifinales en 2011, cuando le preguntaron qué tenía para decirle a los que decían que tenía mucha suerte. Aguirre, con una sonrisa cómplice, pensó unos segundos y respondió: “Mañana a las tres y media de la tarde empiezo a entrenar la suerte”.
Así fue que, tras aquella presurosa salida, durante varios años la Fiera rondó por distintos equipos del mundo. Primero Qatar, sí, pero luego volvió al continente para dirigir a grandes cuadros como el mismo Inter que había eliminado años antes, San Lorenzo, Cruz Azul u Olimpia, entre otros, hasta su último pasaje por el mismísimo Santos que nos había arrebatado la Copa doce años antes. Ahora, ese mismo Santos cerraba el periplo internacional de Diego Vicente Aguirre, que el 21 de noviembre de 2023, volvía a casa.
En ninguno de los equipos que dirigió en esos doce años tuvo el mismo éxito que al mando de Peñarol, y ninguno de los técnicos que dirigieron a Peñarol en ese tiempo logró ilusionar al pueblo carbonero como lo hizo Diego Aguirre.
Sí, tuvimos una muy buena Copa Sudamericana en pandemia con Mauricio Larriera en el banco (con eliminación a nuestro tradicional rival en octavos incluida), pero, aun así, aquel Peñarol no tenía la impronta épica del de 2011. Y, sobre todo, no tenía al hombre de la camisa celeste al costado de la línea de cal (todo bien, Mauri, pero las cosas como son).
Era imposible que cada vez que se fuera un técnico de Peñarol (cosa más frecuente de lo que sería bueno, hay que admitir) no sonara el nombre de Diego Aguirre. Pero la respuesta siempre era la misma: “todavía no, en algún momento”.
Figura siempre vinculada al Damianismo, fue la gran carta electoral de Damiani hijo cuando quiso volver a la presidencia en 2020. Pero el triunfo de ‘Nacho’ Ruglio parecía alejarlo del club una vez más, para tristeza de varios, incluida la mía.
Sin embargo, tras su mal pasaje por Santos y una serie de desafortunadas apuestas en el banco de Peñarol por parte del nuevo presidente Ruglio (el ‘bombero’ Leo Ramos, Alfredo Arias —de gran campaña local pero terrible en lo internacional—, y una fallida apuesta por un novel Darío Rodríguez en versión entrenador), las diferencias políticas quedaron de lado y Aguirre selló su vínculo con el club de su vida para iniciar su tercera etapa al frente de los carboneros.
Le tocó un Peñarol de capa caída que, tras ganar el Apertura y clasificarse a la final, venía de un terrible Clausura y debía definir el Uruguayo contra Liverpool, hasta entonces sin ningún título en su palmarés.
Creo que Aguirre aceptó el cargo en aquel momento no solo por extrañar estar al frente de Peñarol, sino porque pensó que, al tener una final asegurada contra Liverpool, era altamente probable sumar un campeonato uruguayo más a su historial. Lamentablemente, en el poco tiempo de trabajo que tuvo no logró revertir la dinámica negativa en la que estaba el equipo, y perdió las finales del Uruguayo contra los ‘cuchilleros’.
Y una vez más: la narrativa instalada, los buitres buscando carroña y un técnico, con una espalda gigantesca, cuestionado por no haber podido ganarle una final al ‘virgen’ Liverpool de Belvedere.
Esta vez la cizaña no venía tan solo de la prensa blanca, sino que una interna política —siempre difícil en el Mundo Peñarol— mostraba a oficialismo y oposición constantemente enfrentados, en una guerra mediática permanente.
Fue la figura de Aguirre, aglutinante en el club —al menos para quienes de verdad piensan, y no solo sienten y alientan— la que logró traer cierta paz y unidad. Esto se apuntaló con un asado de camaradería organizado por el propio técnico entre los principales dirigentes, previo al arranque de la temporada 2024.
Como dije anteriormente, se suele malinterpretar el aguirrismo con el ‘matar ídolos’, acusando a la Fiera de haber ‘retirado’ (entre comillas, porque ya estaba al borde de hacerlo él mismo) a Bengoechea y de haber ‘echado’ al Tony (también entre comillas, porque su contrato vencía y él simplemente no lo renovó, haciendo uso pleno de sus facultades como entrenador). Pero detrás de ambos actos, lo que subyace —a mi entender— es la voluntad de priorizar siempre los intereses del equipo. Y el ‘asado de la paz’ es un gesto que da muestras de eso mismo. Es bien sabido que en una interna política caldeada (Peñarol nunca fue campeón uruguayo en año electoral), es imposible para el equipo rendir a su máximo nivel, ya que los dirigentes de la oposición —sea del partido que sea— van a querer exaltar los puntos negativos de la gestión, y muchas veces los que terminan cobrando de costado son los jugadores (‘¿Cómo vas a votar a Fulanito si trajo a Menganito, que no está rindiendo? ¿No ven que no puede ser presidente de un club como Peñarol?’).
No obstante, la final perdida con Liverpool había hecho mella en la figura del técnico. No es nuevo para nadie: si en Peñarol no sos campeón uruguayo, todo se pone bajo lupa, incluso el ídolo más grande de la historia reciente del club.
Una vez más, el comienzo en la Copa Libertadores, como en aquel 2011, fue durísimo: 0-1 contra Rosario Central. No se jugó del todo mal, pero tampoco ellos hicieron mucho para merecerlo. El plantel volvió de Rosario rodeado de dudas, con molestias del hincha hacia tal o cual jugador, la figura del DT más en tela de juicio que nunca, y Maxi Olivera con un ojo destrozado, producto de una pedrada lanzada por un hincha ‘canalla’ (nunca mejor utilizado su apodo). Una noche negra, que vio a la policía local ser cómplice del abuso y de la negligencia, y que no terminó con algún hincha de Peñarol muerto tras un terrible operativo de seguridad, de puro milagro.
Pero el aura de Aguirre —juro que me cuesta entender que algunos manyas le sigan llamando ‘culo’— hizo que, ganando los partidos clave, pasáramos la fase de grupos por primera vez en 13 años. Sí, la anterior había sido la del 2011, con el mismo protagonista tras la línea de cal.
A diferencia de aquel 2011, donde el sorteo nos deparó un rival ‘accesible’ en cuartos (aquella vez fue la Universidad de Chile), en la edición del 2024 el ‘fácil’ fue en octavos: el boliviano The Strongest. Y aunque su nombre resulte simpático y no contaran con figuras destacadas, implicaban un viaje a los 3.700 metros de La Paz, donde se definía la llave. Poco importó la vuelta, porque el trámite quedó prácticamente liquidado en Montevideo tras un rotundo 4-0.
Y, al igual que en 2011, se nos cruza en el camino el gran candidato al título: el todopoderoso Flamengo, con el presupuesto más alto de la Copa… apenas unos 300 millones más que el de nuestro modesto Peñarol.
Es ahora, una vez más, donde se empiezan a mezclar los datos objetivos con las experiencias personales. Y es inevitable mencionar que cuando le ganamos al Fla 1-0 con el ‘Cangrejazo’ de Cabrera, yo fui al mítico Maracaná desde mi casa —por aquel entonces— en Río, donde estaba viviendo.
Y cuando, tras empatar 0 a 0 en Montevideo, clasificamos una vez más a semifinales de Copa Libertadores —de la mano de Diego Vicente—, nos tocó otro equipo de Río de Janeiro, era imposible no mirar hacia arriba, como hacía el ‘Mata’ en aquel 2011 colgado de la vertical, y preguntarse si no hay algo allá arriba que va llevando la narrativa de nuestra vida a su antojo.
El cachetazo de realidad vino una fase antes esta vez, cuando Botafogo nos metió cinco goles en básicamente 20 minutos, e hizo que la vuelta en Montevideo, pese a la ilusión inevitable, inexplicable e inentendible para cualquiera que no fuese hincha de Peñarol, fuese un mero trámite. No sé qué onda todos los manyas que llenaron el Centenario aquella noche, pero a mí me fue imposible no quebrarme al grito pelado de “Acá está la famosa banda de Peñarol, la que va a todas partes, la que llora por vos”, en uno de los recibimientos más increíbles que recuerde en mi vida, solo a la altura del de la semifinal contra Vélez en 2011 (porque el de la final contra Santos aquel año, por ser tan masivo, careció de colorido).
Durante el proceso del ‘Maestro’ Tabárez como técnico de Uruguay desde el 2006 al 2022, se hizo popular la frase de “el camino es la recompensa”. Siempre la critiqué por considerarla conformista, incluso mediocre. Pero empecé a entenderla con la Fiera Aguirre en el banco de Peñarol.
Cabe aclarar: nunca Aguirre pronunció tales palabras. Soy yo quien vincula ese concepto con ambos casos. Con Tabárez no me cerraba del todo la idea de disfrutar el camino, porque la recompensa material —el trofeo— casi nunca llegaba (más allá de aquella Copa América ganada en 2011). Pero con Aguirre, ser campeón uruguayo es casi una costumbre (de cuatro que dirigió, ganó tres). Y en la Libertadores… bueno, ahí sí: tal vez el camino sea la recompensa. Y eso es todo a lo que podemos aspirar en un fútbol altamente monetizado, capitalista y desigual, donde la pierna izquierda de un jugador de cualquier equipo brasileño vale más que todo el equipo titular de Peñarol.
La Copa Libertadores siempre genera ilusión en el hincha carbonero, a veces sin mucho fundamento lógico, pero ese intervalo entre 2011 y el 2024 fue bastante oscuro. Ver a Peñarol en competencias internacionales se había vuelto más bien sinónimo de resignación.
Sin embargo, cuando Aguirre está en el banco, hay algo que recorre lo más visceral del pueblo carbonero. Ese sentimiento nos dice que capaz, esta vez sí, se alinean los astros y se puede dar el batacazo. Que, en una de esas, no siempre la plata manda, y si se juega con todo el corazón, se da lo máximo de uno mismo, se sale a «escribir su propia historia» después de «trabajar la suerte» a diario, los presupuestos pasan a un segundo plano. Frente a frente con quien sea, somos once contra once, y esto es fútbol. Meter pata, mucho huevo, después vemos…
No sé qué pasará en esta Copa. Capaz nos comemos cinco en Cochabamba en el próximo partido contra Bulo-Bulo, perdemos con Olimpia y Vélez de locales, y se acaba todo, incluida “la mística” de Aguirre (para unos cuantos, para mí siempre va a existir). O capaz que rescatamos algún punto por acá y por allá y terminamos en Copa Sudamericana, un torneo que nunca dirigió la Fiera, y que en una de esas, al bajar el nivel de la oposición, se convierte en la Copa internacional que podemos aspirar a ganar. O, en una de esas, y una vez más, la Fiera y sus jugadores dan su mejor versión, y sin darnos cuenta estamos en octavos de final, otra vez.
Independientemente de lo que pase, lo importante es que la ilusión, al menos en mi caso, cuando veo a Aguirre en el banco, en la conferencia de prensa y ahora en las redes sociales del club, siempre está viva. Y más allá de la ilusión, lo que más me genera tener a Aguirre de técnico es el saber que la casa está en orden, porque no hay otro entrenador más a la medida para Peñarol que Aguirre.
Seguramente, la Fiera a final de temporada se vaya nuevamente al exterior, a hacer más plata y buscar la gloria que le fue esquiva en sus anteriores pasajes internacionales (ya avisó algo al ser consultado sobre su futuro, diciendo que a fin de año va a pasar raya y ver). Y seguramente venga otro técnico muy capacitado para dirigir a Peñarol, y quién sabe qué nos deparará el futuro, tanto a nivel local como internacional. Lo que sí es seguro es que, cuando Aguirre se vaya del club, seguiré siendo hincha termo y maniático como siempre de Peñarol, pero siempre esperando la vuelta del Hombre. Y sé también que, mientras la Fiera esté ahí, con su camisa celeste (o camperón de abrigo, ahora que hace frío) al costado de la línea de cal, voy a disfrutar cada partido bajo su mando, porque con él sí aprendí, a través de los muchos momentos que tuvo el 2003, 2010, 2011 o el 2024, que escapan casi que a lo real, y que te permiten soñar más allá de lo que parece posible, que el camino, a veces, sí, es la recompensa.