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  • Reflexiones varias pre-Mundial

    Darío Silva disputa una pelota con Habib Beye de Senegal – 11 de Junio, Suwon, Corea del Sur

    Desde aquel Mundial de Francia 98 (sobre el que escribí extensamente en este artículo) cada Copa del Mundo representa para mí un mojón clave en mi vida. Recuerdo con lujo de detalle cada una de las que viví, y hasta el lugar exacto donde miré la mayoría de los partidos, desde junio de 1998 a la fecha.

    Ante la inminencia de un nuevo Mundial, tengo varias cosas que me gustaría compartir, ninguna lo suficientemente extensa como para ameritar un artículo propio, así que las compilo y presento en este posteo.

    Si me precisan entre el 12 de junio y el 19 de julio, me van a encontrar frente a una pantalla viendo fútbol, sea el partido que sea, a la hora que sea. Pero por favor, intenten no precisarme: la prioridad máxima va a ser ver la mayor cantidad de minutos posible. Esta edición, y como siempre, VAMO’ ARRIBA URUGUAY.

    LA SOBERBIA ORIENTAL

    En Uruguay tenemos la creencia de que somos muy humildes, a diferencia de nuestros vecinos argentinos, tan soberbios ellos. Sin embargo, no tenemos problema en denostar colectivamente a prácticamente cualquier otro país del continente por tener menos Mundiales, Copas América y gloria futbolística, o por ser más pobres o ignorantes que el brillante pueblo oriental, que todavía cree conservar algo de la «Suiza de América» que alguna vez fue, y de la que hoy solo queda Nueva Helvecia.

    En lo individual, la cercanía del Mundial resalta la soberbia de cada uno: todos creemos saber más que los profesionales a cargo de dirigir a Uruguay. No en vano se dice que en el país hay tres millones de directores técnicos. Opinamos sobre la convocatoria de Marcelo Bielsa en base a los contados minutos que vimos jugar a los futbolistas incluidos (o excluidos), o peor aún: en base al color de la camiseta que usaban en la liga local.

    Hace unos días, Bielsa participó del AUF Summit en el Antel Arena y en una extensa ponencia junto a su cuerpo técnico reveló algo de sus pautas de trabajo: el seguimiento a cada jugador seleccionable, los datos que se tienen en cuenta, cómo se registra el rendimiento a nivel de clubes, etc. La masa que brama contra la presencia de Federico Viñas o se indigna con la ausencia de Martín Satriano, a pesar de que seguramente no vio ni un minuto del Oviedo ni del Getafe esta temporada, no se enteró de nada de eso; los medios que cubrieron el evento prefirieron titular sobre las halagüeñas palabras de Bielsa hacia su jefe Jorge Giordano, o sobre sus declaraciones de que nunca cesó a nadie en el Complejo Uruguay Celeste. La culpa no es (solo) de las masas enardecidas, ebrias de fútbol, sino de los medios, que hoy se ocupan más de perseguir clicks que de informar.

    El colmo de esa soberbia se encarna en la indignación permanente que genera Guillermo Varela en cada convocatoria. El lateral derecho formado en Peñarol pero emigrado muy joven al Real Madrid Castilla, va por su tercer Mundial consecutivo: jugó en Rusia con Tabárez, en Catar con Alonso y ahora en Norteamérica con Bielsa. Además de terminar su formación en lo que es posiblemente el mejor club del mundo, pasó por el Manchester United, varios años en otros equipos europeos, y desde 2022 milita en uno de los mejores de América, el Flamengo, donde ganó dos Libertadores, una Copa de Brasil y dos campeonatos estaduales, entre otros títulos. Pero para el albañil de Treinta y Tres, el oficinista de Malvín o el transportista de Guichón es un «perro», «no puede jugar ni con tierra», y su presencia en tres Mundiales bajo tres técnicos distintos es «un milagro inexplicable».

    EL MÉTODO BIELSA: DATOS VS MÍSTICA

    Desde antes de la llegada de Marcelo Bielsa, su inminente proceso fue cuestionado -por no decir bombeado- desde los medios, que junto al gremio de directores técnicos (AUDEF) y varios profesionales independientes, lo atacaron al rosarino, esencialmente, por ser extranjero.

    Que es un eterno perdedor, que nunca ganó nada y que lo echaron de todos lados, fueron otros de los argumentos de los anti-Bielsa, en una división casi automática de la población uruguaya en dos. Me surgen varias preguntas: un técnico con cédula uruguaya, ¿nos garantiza el trofeo? ¿todos los técnicos anteriores tenían un palmarés más amplio que el suyo?. El «Tornado» Alonso era más uruguayo que la cumparsita y nos quedamos afuera en primera ronda en el Mundial anterior. Y Fossati -a quien respeto muchísimo, dicho sea de paso-, nació en Tacuarembó y fue el responsable de la selección aquella mañana durísima de noviembre del 2005, cuando nos quedamos afuera de nuestra última Copa en definición por penales contra los australianos en Sydney.

    Lo que más me duele de la postura anti-Bielsa es que revela una xenofobia que creíamos inexistente en nuestro país, pero que aparentemente no habíamos tenido oportunidad de ejercer ante la ausencia de inmigrantes hasta hace muy poco. La misma xenofobia de la que tanto nos quejamos por décadas cuando nuestros compatriotas, en busca de un futuro mejor, eran rebajados y maltratados en España, Estados Unidos y otros rincones del mundo. Recordatorio para todos: a menos que tu nombre sea Abayubá, Tacuabé o Zapicán, tu linaje también viene de afuera.

    Nada garantiza el éxito y cada profesional tiene su forma de conducir un seleccionado. Según lo que cuentan los medios y lo que dejan entrever los jugadores -liderados por un Luis Suárez más viejo, relegado y egoísta que nunca-, la forma de Bielsa de manejar el vestuario no tiene las mismas pautas de convivencia que el método Tabárez, ni las de Alonso, y de ahí el clima de tensión que viene desde la Copa América. Parece que los mates compartidos con «Minguita», el histórico utilero de Uruguay y ahora vetados por el rosarino, eran realmente importantes para «hacer grupo».

    Lo que se pudo ver en el AUF Summit sugiere un método mucho más cuantificable y técnico que el de otros entrenadores. Nada garantiza el resultado, pero viniendo de un campo como el poker –donde lo único que importa es tomar decisiones en base a la información disponible-, comulgo con un enfoque sistemático que prioriza datos medibles como kilómetros recorridos, minutos disputados en determinadas competiciones y peso corporal, por sobre intangibles como la “garra” de Nández o la “ascendencia” de Suárez.

    Viendo el seguimiento numérico que hace el cuerpo técnico, me cuesta creer que los registros actuales del goleador histórico de Uruguay -hoy suplente en el Inter de Miami-, o los de un jugador que me encanta como Nández, pero que actualmente milita en el cuarto clasificado de la liga árabe, justifiquen su lugar entre los 26 futbolistas más idóneos para representarnos.

    LOS OTROS

    Párrafo aparte para el resto del mundo, lluvia de conceptos en ráfaga de metralla, tal cual como en Iraq a modo de festejo si le gana a Senegal el 26 de junio en Toronto, o como en Estados Unidos si el loquito de turno se levanta del lado equivocado de la cama y decide usar el rifle semiautomático que compró por internet en su supermercado o colegio más cercano.

    Otro Mundial sin Italia, y aún así les veo más chances de ganar uno a futuro que al 98% de las selecciones que clasificaron a este: el formato de eliminatorias europeo es muy cruel y de mucha varianza, y siempre se cobra alguna victima pesada.

    El grupo C de esta Copa, con Brasil, Marruecos, Escocia y Haití, es casi idéntico al grupo A de 1998 si cambiamos Haití por Noruega (esta vez en el grupo I).

    Ojo con los africanos: ya no se trata de un tema continental, sino de dónde militan los jugadores. En casos como Marruecos o Senegal, la amplia mayoría juega en Europa, lo que significa que entrenan, comen y compiten a un nivel de elite idéntico al de sus pares europeos o sudamericanos, los eternos candidatos.

    Y para los que se preocupan por la posible «tragedia» de ver un Malawi-India o Islas Caimán-Samoa en una Copa del Mundo ahora que el formato pasó de 32 a 48 equipos, quédense tranquilos: los cupos extra van a ir para selecciones de segunda línea que en algún momento hubiesen clasificado igual por puro azar. Indonesia jugó en 1938 cuando aún era «Indias Orientales Neerlandesas», El Salvador estuvo en México 70, Kuwait en España 82, y Alemania 2006 tuvo el debut de Angola, Togo y Trinidad y Tobago.

    Israel, pese a estar cometiendo un genocidio en tiempo real, disputó las eliminatorias en la zona europea, adonde fue «expulsado» en los 70 luego de que varios equipos árabes, miembros de la federación asiática, donde pertenecen geográficamente, se negaran a jugar contra ellos. Estados Unidos, pese a bombardear e invadir países casi como deporte nacional, no solo clasificó sino que co-hospeda esta edición y se lleva gran parte de la torta de dinero que reparte. Rusia, en cambio, no pudo ni competir, suspendida por la guerra con Ucrania. Me cuesta encontrar las diferencias entre estos casos, y la única explicación es una doble vara viciada en política, que a esta altura ya poco sorprende, sobre todo en la FIFA. Como diría el Diego: «la pelota no se mancha».

    MEMENTO MORI: NOS VAMOS A MORIR

    Si tomamos 85 años como una expectativa de vida razonable, vamos a poder ver unos 20 Mundiales. Descontamos el primero, que seguro nos agarra entre los 0 y 5 años y ni lo recordamos, y quizás el último, que nos encuentra con una capacidad de retención de fluidos y cognición similar a la del primero. Eso nos da 17 o 18. Sacamos alguno en el que no clasificamos (con el nuevo formato espero que esas épocas hayan quedado atrás para los uruguayos) y nos quedan 15 o 16.

    ¿En serio vamos a malgastar uno renegando porque no nos gusta el técnico, porque no es compatriota, o porque no llevó a los jugadores que nosotros, desde nuestra ignorancia absoluta en nuestro rol de opinólogos malinformados, sí hubiésemos llevado? ¿No podemos darnos un pequeño permiso de soñar con hacer un buen Mundial teniendo en el plantel a los capitanes del Real Madrid, el Atlético de Madrid y el Barcelona? ¿Al mejor jugador de Sudamérica? ¿A tres jugadores de Premier League? ¿A un técnico que casi todos, menos nosotros, consideran uno de los mejores del mundo?

    Puedo entender el escepticismo estrictamente futbolístico. La primera línea de Uruguay, unos 12 o 14 jugadores, compite con cualquiera. De ahí para abajo, cuando entran en juego lesiones, suspensiones o expulsiones de oficio, como la de Suárez en 2014, es donde damos ventaja por un tema meramente numérico: es imposible producir tantos futbolistas de elite siendo tan poquitos. Lo que no entiendo es qué se gana esperando lo peor, cuando somos de las pocas selecciones con argumentos deportivos y objetivos para soñar con competir en serio. No le encuentro la ventaja a entrar derrotados antes de que se juegue el primer partido.

    Spoiler alert: en algún momento, te vas a morir. Y en algún momento el Mundial se va a terminar para nosotros, ya sea en primera ronda o después de la final, a estadio lleno en Nueva Jersey. Mientras tanto podemos disfrutarlo e ilusionarnos, o mirarlo con recelo y resentimiento, bien gris, con mucha amargura, como tomamos el mate o como la Ciudad Vieja un domingo de otoño a la tardecita.

    No puedo hablar por todos, y no me corresponde pedirle nada a nadie, pero en lo personal, además de la ansiedad anticipatoria por las múltiples pencas en las que participo y por ver esos partidazos tipo Costa de Marfil-Curazao o DR Congo-Uzbekistán, voy a estar expectante e ilusionado cuando suenen los primeros compases del himno en Miami este 15 de junio y la cámara enfoque al «Pajarito» Valverde con la cinta y el escudo en el pecho, abrazado a sus diez compañeros, listo para dar batalla en un Mundial más.