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  • La Industria de la Muerte

    Espero que los humanos del futuro miren hacia la industria funeraria de la actualidad, de la misma manera que nosotros miramos con una mezcla de horror e incredulidad a prácticas de la antigüedad tales como el esclavismo, la hirudoterapia o la inquisición.

    El ritual funerario preponderante en esta parte del mundo, de origen católico, es tan morboso como ampliamente aceptado por la gente de Occidente, independientemente de su religión o carencia de la misma. Es la desviación de este formato estándar, o la ausencia total del mismo, fuente de sorpresa y hasta producto de juicio, observado con cierto desdén y de forma moralista por aquellos que nunca siquiera cuestionaron el por qué de esta práctica.

    Desglosemos brevemente qué sucede una vez que una persona muere en casi cualquier país occidental, para resaltar el absurdo detrás de todo lo que viene después.

    Cuando la biología así lo indica, o sea, cuando el cuerpo expira, todo comienza con un mero trámite: debe emitirse el certificado de defunción, que no es más que un papel que declara a esa masa de huesos y carne como un humano legalmente muerto. Una vez puesta la firma por el doctor de turno, esa persona es ahora, a los ojos del Estado, un cadáver y puede ser transportada a la funeraria.

    La burocracia sigue en las oficinas de la empresa fúnebre, donde la familia del difunto decide distintas opciones respecto a los pasos a seguir. La longitud del servicio de velatorio, por ejemplo, donde su ser querido será expuesto para que sea observado por amigos y allegados. También se mide el cariño hacia el recién fallecido según qué tipo de ataúd van a comprar para su descanso eterno: ¿alcanza uno de madera de pino estándar o el amor era lo suficientemente grande como para desembolsar unos pesos más en uno de cedro? ¿O se trata de un ser sumamente querido que justifique el derroche en uno de nogal?

    Mientras toda esta interacción se desarrolla entre gente cariacontecida en las sombrías oficinas a la calle de la funeraria, a escasos metros de allí —seguramente en el sótano— el cuerpo inerte yace en una cama de metal, en un cuarto refrigerado, esperando el siguiente paso en su camino hacia el cementerio.

    Una vez finalizados los trámites, la familia se retira a llorar al fallecido y a dar aviso de la exposición que se hará del mismo al día siguiente para que todos puedan ver al finado una última vez. El aviso también será emitido en el diario, por la radio y, en algunos lugares más vieja escuela, hasta por un parlante apostado en el techo de un coche que recorre las calles de la zona. Mientras tanto, debajo, es hora de que el embalsamador (a quien siempre imagino viejo, de nariz aguileña y lentes culo de botella) haga su trabajo.

    Con guantes y delantal, en una tarea que para él es rutinaria pero que para cualquiera de nosotros seguramente sería traumática, se dispone a abrir el cuerpo con un tajo transversal y vaciarlo de todos los órganos, los cuales, supongo, va apilando en una mesa cercana, ya que dudo que vayan a la basura así nomás. Dicen que, al vaciarlo, el cuerpo expele gases, lo cual dota a todo el proceso no solo de una sinfonía de sonidos variopintos y estruendosos, sino también de un aroma por lo menos peculiar (espero que además de guantes y delantal utilice algún tipo de cubrenariz).

    Una vez vaciado por completo de todos los órganos que hasta hace horas estaban en pleno funcionamiento y que ahora son desecho orgánico, es momento de hacerse de una jeringa y, ahora sí, viéndose inevitablemente como la portada de ‘Re-Animator’ de 1985, el profesional procede a inyectar soluciones químicas en los remanentes del sistema vascular para frenar la descomposición interna y poder exhibir ese cuenco vacío al día siguiente sin que, además del dolor por su partida del mundo de los vivos, genere olor.

    Una vez bien limpio y relleno de conservante, es hora de suturar no solo el tajo creado por el embalsamador sino cualquier orificio potencial que tenga el cuerpo, para evitar fugas de gases que provoquen un susto mayúsculo entre los asistentes al velorio o en los sepultadores cuando sean sorprendidos por una intempestiva flatulencia mientras depositan el ataúd en el nicho o en la tierra.

    La parte interna quedó solucionada, pero por afuera sigue pareciendo básicamente lo que es: un cadáver, pálido, débil, carente de toda vida. Así que, para generar la falsa ilusión de que todavía es uno más de nosotros, con planes y compromisos a los que atender al día siguiente, el embalsamador procede a vestirlo con un traje de etiqueta y a maquillarlo de forma tal que vuelva el color a sus mejillas y a su rostro.

    Ahora sí quedó todo pronto: eso que hasta hace horas era un ser vivo, y que después fue desecho orgánico, por obra y arte del profesional de la tanatopraxia está ahora listo para la exposición. Así que, tras depositarlo en una caja de madera acolchada, es llevado a la sala velatoria donde estará en exposición, cual si fuese una pintura o una escultura, para que los seres queridos puedan pegarle una última vichadita.

    Mientras describo esta secuencia de eventos no dejo de asombrarme de lo absurdo que resulta todo, incluso después de haberlo pensado una y mil veces, hasta el punto de sentarme a escribir este texto.

    La popularización de este ritual a través del cine hace que no nos resulte del todo extraño a ninguno de nosotros. Pero en ciertos rincones remotos donde Netflix no existe —y sí, todavía hay lugares así por increíble que parezca— este proceso podría generar tanta perplejidad como nos provoca a nosotros enterarnos de sus propios ritos funerarios, o de la simple ausencia de ellos.

    Recuerdo la sorpresa que me llevé en mi primer contacto con un ritual funerario budista, casi al comienzo de mi estadía de ocho años en Tailandia. Estaba justamente en una clase de idioma tailandés (un mero trámite para conseguir la visa de estudiante), cuando el ruido de fuegos artificiales y percusión se apoderó del aula, proveniente de la calle. Si no fuese porque era un miércoles de mañana, y porque el Chiang Mai United nunca gana nada, podría haberse confundido con un festejo de campeonato, o un banderazo para acompañar al equipo a un partido importante, pero, para la sorpresa de todos los alumnos, la profe nos explicó que era un funeral y nos invitó a acercarnos a la ventana para ver los pormenores del ritual.

    Por el medio de la calle, una procesión de unas treinta personas, con el negro predominando en su vestimenta, arrastraba un carro de considerable altura, donde al parecer iba el cuerpo del fallecido en un ataúd, sí, pero rodeado de arreglos florales y distintos objetos, entre los que destacaban varias cajas de cerveza ‘Leo’, que según dijo la profe, debía ser la favorita del difunto. En el medio, frente al ataúd y sobre las cajas de cerveza, se encontraba la foto de un señor mayor sonriendo, que no era otro que el fallecido.

    Mientras tomaba dimensión de lo que estaba observando, mi atención fue rota por otro “PUM-PUM-KABOOOM”, proveniente de una 12 tiros igualita a las que tantas veces vi explotar en un recibimiento clásico de Peñarol en la tribuna Amsterdam, ahora lanzada por uno de los miembros de la procesión, que iba cerca de los que tocaban una especie de tambor o los de las cornetas, que emitían un sonido agudo y constante, el cual ya había escuchado previamente en una velada de muay-thai. El clima en el peculiar cortejo fúnebre era más bien festivo y relajado, y la gente no parecía estar particularmente triste, seguramente por las creencias budistas reinantes en la zona, que indican que la esencia que habitó el cuerpo del fallecido es ahora un bebé recién nacido en algún otro rincón del mundo.

    Cuando la procesión se perdió de vista, soi abajo, la profe nos contó que iban rumbo al wat (templo budista) del barrio, donde iba a comenzar el “velorio”, y todas esas cajas de Leo iban a ser consumidas por los asistentes, entre rezo y rezo, durante un par de días. Una vez que todos los conocidos y amigos hayan pasado por el templo a rendir respeto y a dejar sobres con dinero a la familia, el difunto iba a ser trasladado al crematorio local, donde, en un notorio contraste con la algarabía de la procesión inicial, de forma más solemne y privada, los restos serían incinerados durante horas para culminar así el ritual funerario budista, bastante distinto, aunque no totalmente ajeno al católico-occidental. De lo que estoy seguro es que es más barato, sin saber bien en cuánto ronda un servicio completo hoy por hoy en Salhón o Martinelli.

    Otras ramas del budismo, dominantes en Nepal, Bután, Mongolia o zonas montañosas de China, basándose justamente en la creencia de que el cuerpo es tan solo un envoltorio, se saltean todo el protocolo (y los gastos) del velorio y la procesión, y optan por el llamado “entierro celestial”, el cual suena mucho más angelical y delicado de lo que es, y que de “entierro” no tiene nada, ya que es una práctica donde el cadáver es tajeado estratégicamente y colocado en la cima de una montaña, exponiéndolo a los elementos y, sobre todo, a los buitres, que van a encargarse de erosionarlo y desaparecerlo en cuestión de horas, ahorrándose así valioso espacio y dinero en una parte del mundo donde ninguna de esas cosas abunda.

    No describo estos rituales alternativos por morbo, sino para demostrar que hay una amplia variedad de formas de proceder una vez que un humano expira y pasa a ser desecho orgánico, que van más allá de pagarle a la funeraria de turno para que active un protocolo del que seguramente los sobrevivientes no quieren ser parte, pero que asumen como la única opción a seguir cuando un momento tan delicado les toca de cerca.

    Si bien ambos rituales “alternativos” descriptos en este artículo son de origen budista, no creo que la adhesión al ritual católico clásico al que estamos acostumbrados por estos lares tenga nada que ver con la religión, ya que la sociedad es cada vez más laica, sobre todo en mi Uruguay natal. Creo que es más bien una decisión tomada por “default”, de manera automática por simple conveniencia, por desconocimiento de alternativas y hasta por cuestiones sociales o legales que casi lo obligan a uno a adoptar la práctica católica: dudo mucho que el gobierno autorice un “entierro celestial” en Uruguay, además de que no tenemos montañas, lo cual dificultaría bastante el proceso.

    Es cierto que, una vez del otro lado, el fallecido no se enterará de qué va a suceder con el “envoltorio” (si se me permite usar el término budista, que es más estético que “desecho orgánico”) que alguna vez lo acogió, siendo todos estos rituales más una forma de digerir y procesar la muerte de un ser querido para los que quedan vivos, que algo realmente importante para el finado.

    Comencé diciendo que espero que en el futuro miremos al ritual funerario católico-estándar como una aberración (de la misma forma en que seguramente todos los que leyeron por primera vez, a través de este artículo, sobre el “entierro celestial” vieron dicha práctica), pero creo que el verdadero triunfo y la señal de que evolucionamos como sociedad sería verlo como una opción, entre muchas disponibles, y no como la única práctica aceptable a seguir cuando muere un ser querido.

    Para que esto suceda, no solo es necesario conocer alternativas al ritual católico, sino pensar en todo esto cuando uno todavía puede hacer algo al respecto, o sea, cuando está vivo, y manifestar su deseo ya sea legalmente o a familiares y amigos. Eso implica meditar y dialogar sobre un tema escabroso que la mayoría evitamos: nuestra propia mortalidad.

    Es difícil pensar en un cambio de paradigma justamente por la naturaleza “tabú” de este tema. Por eso pronostico que embalsamadores, funerarias e iglesias van a seguir llenándose los bolsillos a costa del miedo del grueso de la población a decidir sobre su propio cadáver y optar por alternativas mucho más copadas respecto de qué sucede con sus restos mortales una vez que ya no estén en este mundo, tales como ser cremados en un templo budista mientras sus seres queridos toman cerveza en su honor, o mejor aún: ser tajeados y dejados a la intemperie en la cima de una montaña tibetana para convertirse en alimento de buitres y aves de carroña.