Etiqueta: tailandia

  • Se busca: Max Waterhouse

    Max Waterhouse

    Además de jugar al poker y entrenar a otros jugadores, junto a otros tres socios y algunos empleados, dirijo un establo.

    En el mundo del poker, un establo es una estructura donde un grupo de jugadores (los ‘caballos’) son financiados por un equipo o persona (los ‘bancadores’) a cambio de un porcentaje de las ganancias. Además de dinero para jugar, el establo provee coaching, seguimiento y apoyo técnico.

    Cuando un caballo nuevo se suma al establo, se le transfieren fondos para que pueda comenzar a jugar. Supongamos que se le envían originalmente $1.000, los pierde y solicita una recarga de otros $1.000. Ahora tiene $1.000 para jugar, y $1.000 de ‘make-up‘ (también llamado ‘memoria’ en español).

    Ese make-up representa lo que debe recuperar antes de poder ver una parte de sus ganancias. Si en su próxima sesión gana $3.000, se descuentan los $1.000 que ‘debe’, se queda con $1.000 para jugar y se reparten los $1.000 restantes según el deal que tenga con el establo. Por ejemplo, si el acuerdo es 50/50, el jugador cobra $500 y el establo los otros $500.

    Si bien todos los caballos al entrar firman un contrato, la naturaleza online e internacional de estos acuerdos hace que sea casi imposible hacerlos valer legalmente, siendo este un negocio principalmente de palabra y de reputación.

    El texto que van a leer a continuación lo escribí originalmente en inglés en un blog privado que llevo dentro del Discord del establo, luego de que uno de nuestros caballos, Max Waterhouse, acumulara un make-up de más de $20.000 y desapareciera, cortando contacto con todo el mundo y borrando su huella digital casi por completo, en Abril del 2024. Esta práctica, que denota una falta a la palabra y una carencia total de honor, es lamentablemente algo recurrente en el mundo de los establos, al estar uno tratando en la mayoría de los casos con gente en el ámbito virtual.

    Decidí traducir y compartir este texto de forma pública porque, además de tener cierto valor de entretenimiento, puede servir para que quienes no juegan al poker puedan espiar por la cerradura y ver un poco de los entretelones del ambiente. A pesar del título, no, no buscamos activamente a Max: es probable que esté de vuelta en Stoke-on-Trent viviendo con su madre y jugando online bajo otro nickname o algo de eso. Nuestra única defensa ante estas situaciones es utilizar un foro de poker público llamado TwoPlusTwo y distintos chats de bancadores y dueños de establos para alertar sobre la situación y evitar que esta gente vuelva a tener una oportunidad de bancaje en el futuro.

    Algunas palabras o expresiones específicas del mundo del poker aparecen explicadas en notas al pie, para que quienes no están familiarizados con la jerga puedan entender el relato sin problemas.

    Sin más nada que añadir, vamos a la historia…


    Cebú, Filipinas – Junio del 2024

    Bueno, hablemos sobre Max.

    Estoy en Cebú y me vine de madrugada a ver a Peñarol por Copa Uruguay (si, así de fisura soy) a uno de esos cibercafé abiertos las 24 horas donde la gente juega DOTA, LOL, PUBG y todas esas mierdas y se caga encima, o peor aún: en uno de los baños más asquerosos que vi en mi vida. El partido terminó, y me sobra un poco de tiempo por el que ya pagué, así que aprovechemos.

    La gente roba de los establos de la misma forma que Max robó del nuestro desde siempre, no es nada nuevo y lamentablemente seguirá pasando (esperemos que no en nuestro establo, pero las probabilidades dicen que sí).

    Pero como dije antes, hablar sobre su caso puede arrojar algo de luz sobre los problemas de jugar poker bancado, y todos podemos aprender alguna lección al respecto.

    Max empezó muy bien en el grupo. Ya era un buen jugador antes de unirse y parecía motivado a aprender y mejorar aún más. Si mal no recuerdo, en los primeros tres o cuatro meses jugando para nosotros, arrancó ganando como $35.000.

    Con mi socio estábamos encantados. En broma nos referíamos a él como el ‘mejor talento joven de la temporada’ ya que estaba mostrando claras señales de progreso, estudiando bastante y comunicándose fluidamente con nosotros.

    Jugar gran volumen nunca fue su fortaleza, pero comparado con otros caballos que teníamos por aquel entonces, tampoco estaba tan mal.

    Las cosas se empezaron a torcer cuando lo autorizamos a jugar límites un poco más altos, y acumuló un poco de make-up, nada del otro mundo considerando su ABI[1] y su AFS[2], pero aún así bastante grande.

    Como otro caballo me dijo una vez: cuando jugás bancado siempre tenés make-up, porque así hagas un reparto de ganancias, el siguiente torneo al que te registres ya te pone en negativo, entonces jugar con make-up es algo a lo que todo caballo debería estar acostumbrado y saber llevar.

    Mucha gente ha caído en agujeros grandes de make-up a lo largo de su carrera como caballo, incluido yo. Si mal no recuerdo mi peor racha bancado fue allá por el 2016 o 2017 y estaba como $12.000 o $15.000 abajo, pero jugando un ABI de $15 (sí, terrible ballena[3]).

    Pero esto no se trata de cuanto make-up uno tiene, porque eso está fuera de nuestro control, ¿cierto?

    Me siento super tonto y repetitivo por decir algo que ya debería estar claro para todos ustedes, pero en el poker (y en la vida):

    SOLO PODEMOS CONTROLAR NUESTRAS ACCIONES, LOS RESULTADOS ESTÁN FUERA DE NUESTRO CONTROL.

    Entonces en vez de enfocarse en cuánto make-up uno tiene, qué tan grande es el downswing[4], o en la mala suerte que estamos teniendo, es mejor enfocarse en cosas sobre las que sí tenemos control como cuánto volumen jugamos, qué torneos elegimos, cuánto estudiamos, qué hacemos cuando no estamos jugando (ejercicio, dieta, actividades sociales, tomar sol) y todo eso.

    El primer gran error de Max, fue seguir jugando torneos caros solo porque se lo permitimos. El segundo, reducir drásticamente el volumen de estudio.

    Más allá de ese periodo inicial cuando apenas se unió al establo, nunca fue un gran estudiante del juego. Sí, corría sims[5] cada tanto y asistía a las sesiones grupales de estudio pero no mucho más (sí, todos ustedes leyendo esto: si esto es lo único que haces para mejorar, no es suficiente).

    Entonces ahí, obviamente, fue que empezaron las excusas.

    Primero fue que en Inglaterra las opciones de sitios en los que jugar eran limitadas, así que ahí, y con un poco de mi ayuda, empezó a planear su mudanza a Tailandia.

    Me dijo que iba a venir con un amigo, y le recomendé que se fueran directo a Chiang Mai y se aseguraran un apartamento por 6 meses o así, para tener una base desde la que grindear[6], y una vez establecido poder empezar a hacer viajes por la zona.

    Obviamente que si es tu primera vez en Tailandia vas a querer ir a las playas, a Bangkok, a los templos de la zona central, hacer lo de los elefantes, lo de los tigres, lo de las mujeres de cuello largo, pero si estás en un agujero de cinco dígitos de make-up, lo responsable es primero acomodarte para una buena temporada de trabajo e ir viendo desde ahí.

    Hablamos un poco sobre esto, me hizo algunas preguntas, y al tiempo me confirmó que llegaban con su amigo en Diciembre del 2023. Iban a quedarse unos días en Bangkok y después bajar a Phuket.

    OK, no me pareció ideal y no tomó mi consejo de ir al norte y establecerse primero para después pasear, pero no soy la niñera de nadie, y no puedo forzar a nadie a hacer nada, así que no podía hacer más que desearle suerte y coordinar para encontrarnos cuando llegara.

    Un amigo de Uruguay que venía de visita llegaba justo por esos días así que saqué un pasaje de avión para Bangkok con la intención de conocer a Max y recibir a mi amigo.

    Max se iba a Phuket unos días antes de que llegara mi amigo, por lo que tenía casi una semana ‘muerta’ en la capital, pero no me importó mucho porque me encanta la gran ciudad y de veras quería conocer a este pibe que había estado entrenando y hablando sobre poker por más de un año, así que cargué la laptop, me alquilé un Airbnb con una tele grande para poder jugar un par de días, trabajar en el establo y estudiar, y me instalé por el Bajo Sukhumvit.

    Nos conocimos con Max afuera del Central World, y después de recorrer un poco del mercado navideño que habían armado por esas fechas, los llevé a él y a su amigo a conocer el glorioso Nana Plaza.

    Ahí fue que me enteré que su amigo no era jugador de poker, sino que era pintor de casas en Stoke-on-Trent, y era uno de sus mejores amigos desde la infancia.

    Después de unas birras en el Plaza y un par de porros (ambos estaban encantados que la marihuana fuese legal y tan barata en comparación al Reino Unido), fuimos a cenar a un restaurante italiano de la zona y después ellos se volvieron al hotel ya que al día siguiente volaban a Phuket.

    Estuvimos en contacto todo ese tiempo. Después de Phuket fueron a Koh Samui y alguna otra playa de la zona, y volvieron a Bangkok en Marzo, cuando su amigo se quedó sin plata y tuvo que volver a Inglaterra.

    Fue por aquel entonces cuando yo también me había mudado a Bangkok donde iba a pasar mis últimos dos meses o así en el país, antes de volverme a Sudamérica, así que le dije donde había alquilado mi Airbnb y le sugerí que se buscara algo en la zona así podíamos estudiar, fumar o simplemente estar en la vuelta.

    Honestamente, tengo unos cuantos amigos en Bangkok, y aún si no los tuviese, siempre tengo una banda de cosas para hacer por mi cuenta, pero como sabía que él estaba por la suya y no conocía a nadie en Tailandia, me pareció que ser vecinos podía ser positivo.

    Por ese entonces el agujero de make-up se agrandó bastante debido a la intermitencia de sus sesiones de juego mezcladas con viajes. Mis socios se empezaron a preocupar aún más, y fue así que pasé a ser básicamente la niñera de Max, sin goce de sueldo.

    A pesar de mi consejo de asegurarse un apartamento en la zona de Thong Lo o Ekkamai para que le saliera más barato y le diera más estabilidad, decidió ir haciendo estadías más cortas en diferentes hoteles y Airbnb lo cual no solo es más caro, sino que es un dolor de huevos si uno quiere desarrollar una estructura y hábitos consistentes y sólidos, algo indispensable para triunfar en el poker.

    Así fue que al principio estaba en un hotel por la zona de Nana, después en otro hotel en Silom (del que lo echaron por fumar porro adentro), después volvió a Nana y así sucesivamente.

    Su comportamiento era tan errático como su localización y no parecía haber un camino claro en su vida. Como dije anteriormente, nunca había sido un jugador de gran volumen, pero es que tampoco hacía mucha otra cosa además de fumar abundante porro. Y porro del caro. Me acuerdo una vez que fuimos a su dispensario favorito en Patpong y pagó ฿1.200 ($32) por un mísero gramo de Blue Lobster. A modo de referencia, cuando la mota era ilegal en Tailandia y tenías que comprar por Telegram y con el culo a dos manos de que no te fueran a agarrar, nunca pagué más de ฿500-600 por un gramo (e incluso eso era carísimo).

    Llegó un punto en el que hasta me molestaba que no estuviera desperdiciando su vida de alguna otra manera: vivís en Bangkok donde tenés chicas thai que se mueren por un extranjero, boliches, bares, drogas, prostitutas, ¡hasta travestis!, ¿y lo único que hacés es fumar porro todo el día encerrado en tu cuarto de hotel mirando YouTube o Netflix? ¡que triste!.

    Y ya que estamos, hablemos del porro.

    Es probable que fume más cannabis que muchos de los que están leyendo esto, y aún así juego al poker, estudio poker, entreno a otros jugadores de poker, manejo un establo de más de 15 jugadores, voy al gimnasio, juego al fútbol y comparto tiempo con otros humanos. No se trata de tal o cual sustancia, se trata, una vez más, de la ESTRUCTURA.

    Ya sé que si fumo apenas me levanto eso destruiría mi estructura porque lo primero que hago al despertarme es jugar poker y no puedo jugar poker re-loco, o entrenar o jugar al fútbol en ese estado, entonces el wake-and-bake, no es una opción.

    Y también sé que si fumo después de cenar me voy a quedar despierto por horas, dando vueltas y viendo boludeces online, lo cual me va a afectar a la mañana siguiente cuando tenga que jugar nuevamente, por lo que mi horario de fumar está bien acomodado dentro de mi estructura después de la última sesión de estudio o actividad productiva del día (4 o 5pm) y las 7 u 8pm cuando es hora de cenar e irme a la cama.

    Como Max carecía de cualquier tipo de estructura o de límites, cualquier horario era bueno para fumar.

    Me acuerdo una vez que lo invité a mi apartamento en Bangkok para fumar, y después fuimos al EmSphere a cenar. Después de comer me preguntó si estaba para fumar otro y le dije que no, que iba a irme a casa, dormir y jugar al poker de mañana, y que le recomendaba hacer lo mismo.

    Ven, lentamente mi lado más mandón y mi rol de ‘jefe’ si se quiere, estaba empezando a aflorar, pero por aquel entonces no tenía mucho para hacer más que liderar con el ejemplo de lo que a mi entender era ideal, y empujarlo gentilmente a seguir mis pasos.

    Obviamente a la mañana siguiente me fijé en SharkScope[7] y Max había jugado 0 torneos en las últimas 24 horas.

    Otra más que recuerdo: cuando lo vi en Bangkok la segunda vez le pregunté cuál era su usuario en Chico[8], y me dijo que no había abierto una cuenta en esa sala aún, cuando esa debería haber sido su prioridad número uno al aterrizar en Tailandia, incluso antes de comprar un chip de celular o comer su primer pad kra pao.

    Y esto es importante remarcarlo, y es que su estrategia para salirse del agujero, era básicamente ‘mandar al golero a cabecear’ e intentar meter un bombazo jugando torneos de alta varianza, que le borrara todo el make-up de un golpe.

    Un ejemplo bien ilustrativo, y si no fuese por lo triste del desenlace, hasta divertido, fue que (spoiler alert) apenas cortó comunicación con el establo, lo vimos un domingo jugando un solo torneo: el Sunday Million[9].

    A pesar de que con mis socios le recomendamos que moviera sus horas de juego más hacia la mañana tailandesa y se enfocara en las salas estadounidenses donde hay fields más pequeños, él se empecinó en seguir jugando en el horario nocturno tailandés en sitios europeos con fields bien grandes, por el simple hecho de que conseguir un primer premio en un torneo de esos lo podía sacar del agujero de make-up en unas horas.

    Cuando me tocó a mi lidiar con otra cantidad de make-up bastante grande, me costó bastante tomar la decisión de cambiarme al grind de la mañana, porque limpiar cinco dígitos de ‘deuda’ jugando torneos que pagaban $400 o $500 para el primer puesto parecía una quimera.

    Pero porque meter un bombazo parecía aún más difícil (no es fácil jugar tu A-game y tomar buenas decisiones cuando quedan pocos jugadores en un torneo en el que arrancaron jugándolo 10.000 personas y donde perder significa que seguramente tengas que pedir un préstamo de nuevo mientras que ganarlo equivale a liberarte no solo del make-up, sino del bancaje), me decidí por el cambio, y estoy muy agradecido que así haya sido.

    Esto sucedió más o menos cuando volví a Tailandia después de unos meses en Uruguay, allá por el 2018. Por aquel entonces habíamos alquilado una casa con mi ex al lado de un restaurante thai. El alquiler eran ฿6.000 al mes (algo así como $160), y en aquel entonces lo pagábamos mitad y mitad con ella, porque no me podía permitir pagar toda esa plata yo solo. Si, así de duro.

    Era una casa vieja, y cuando la alquilamos estaba llena de polvo, telas de araña y bichos, porque hacía mucho tiempo que nadie vivía ahí, además de que no tenía ni un mueble por lo que tuvimos que comprar todo nosotros.

    Era tan vieja y tan barata, que ni cisterna tenía, sino el ‘sistema tailandés’ de cisterna que consiste en un balde de agua grande al lado del inodoro con un balde más pequeño flotando adentro, así que después de hacer pis (o caca) tenías que cargar el balde chico y tirarlo encima de tus necesidades para que se fueran.

    Apenas nos mudamos me acuerdo que encontrábamos cucarachas (de las tailandesas, bien grandes y asquerosas) casi a diario en distintos rincones y una vez hasta me encontré un alacrán cuando estaba entrando al baño a ducharme.

    El tema es que no tenía alternativas ni un plan B: volver a Uruguay y vivir con mi viejo no era una opción, hacer ‘la gran Max’ a los locos que me habían bancado y enseñado por tanto tiempo y que ahora eran amigos, menos, entonces era ‘plata o caca’, y por suerte fue plata.

    Arreglamos un alquiler por un año, me puse una alarma a las 6am de jueves a martes y me levanté todas las mañanas con el ruido -y el olor- del chili fritándose en el restaurante de mi vecino que ya estaba preparando viandas, para jugar el $22 1k GTD en 888 o los rebuy de $11 en Chico.

    Me llevó unos meses limpiar todo el make-up y estar en verde nuevamente, pero fue mucho menos tiempo del que pensé que podía llegar a ser, ya que jugar esos torneos reducía la varianza considerablemente y me ayudaba a mejorar mi juego ICM[10].

    Además, después de terminar una sesión estaba mucho más contento y no me quería matar por haber sido eliminado en burbuja[11] de mesa final del Hot $11, lo que hacía que estudiara más y tuviera muchas más ganas de mejorar.

    Y era todo por la estructura que había armado, incluso si era en un entorno durísimo, al final de un callejón tailandés lleno de cucarachas y bichos y mugre. Pero era consistente y me aseguraba como funcionaba mi vida: levantarme temprano, jugar torneos chicos en salas fáciles, entrenar, estudiar, compartir con mi ex o con los pibes, y repetir al día siguiente.

    Aún al día de hoy me cuesta entender por que Max no pudo hacer algo parecido, sobre todo considerando que aterrizó en Tailandia en una situación mucho mejor que la mía en aquel entonces, tanto económicamente hablando como en cuanto a sus conocimientos sobre poker (él era mucho más jugador cuando aterrizó en Bangkok que yo cuando me mudé a esa casa). Bien podría haberse asegurado un alquiler en Chiang Mai (o en casi cualquier ciudad de Tailandia) por unos ฿10.000 o ฿12.000 al mes ($275-350) y concentrase en jugar y estudiar poker adecuadamente para no solo salir del make-up sino para prosperar, salirse del bancaje, mejorar su vida, etc.

    LA CAÍDA

    El primer fin de semana después de que llegué a Bangkok tras mi viaje por Isaan, invité a Max a grindear la sesión del domingo juntos. Pensé que hacernos compañía podría beneficiarnos a ambos ya que los domingos el horario ideal para jugar desde Tailandia es de la medianoche en adelante y a veces se hace duro si uno no está acostumbrado.

    La regla que puse fue nada de porros, pero vino con un par ya armados y le daba un par de pitadas en los descansos sincronizados lo cual era medio una cagada, pero no podía hacer mucho más que rechazar su invitación de fumar y liderar con el ejemplo.

    Alrededor de las 3 AM cuando yo recién estaba entrando ‘en la zona’, Max dejó de registrarse a torneos nuevos, jugó el $27 Sunday Eliminator en Stars hasta que quedó afuera en el puesto once o doce (hizo un fold terrible ciega contra ciega en las dos mesas finales lo cual no hizo más que demostrar que estaba jugando con ‘plata asustada’, aterrorizado de quedar eliminado bien deep en u torneo que podía limpiar una gran parte de su make-up), y decidió terminar su sesión.

    Esa semana tuvimos una llamada con él y otro de mis socios (que estaban cada vez más preocupados) para ver como hacer para encarrilar su situación de una forma favorable.

    Cuando traje a colación el hecho de que había jugado una sesión de domingo por apenas tres o cuatro horas dijo algo como: ‘para ser honesto, ese día me había despertado super temprano así que me estaba durmiendo’ y ahí fue que se me saltó la cadena y me puse a gritar como energúmeno a través del micrófono:

    ‘¡ESO ES EXACTAMENTE EL PROBLEMA! SOS UN JUGADOR DE POKER PROFESIONAL, ¿COMO ES QUE NO ESTÁS PLANIFICANDO TODO ESTO POR ADELANTADO? Si sabés que los domingos son el día de mayor EV, ¿no se te ocurrió dormir una siesta o algo?, ¿comprarte un café en el 7/11 de la planta baja y venir listo para grindear toda la noche?’

    A pesar del exabrupto y sin ningún plan concreto de como cambiar su rumbo más allá de repetir las recomendaciones previamente mencionadas de cambiar el horario de juego, abrirse cuentas en salas estadounidenses y estudiar y grindear con más dedicación, seguimos en contacto, seguimos parando juntos e intenté seguir encima suyo no solo como jefe enojado sino como un amigo.

    Algo que me parece importante mencionar, es que nunca me dio malas vibras, y que aún al día de hoy no creo que Max sea una mala persona, simplemente es un pibe que tomó muchas malas decisiones juntas.

    También algo a mencionar, es que tenía un problema en los ojos: apenas podía ver.

    Me acuerdo aquel domingo que vino a jugar, en una le quise mostrar un tremendo hero call[12] que había hecho, y no podía ver mi pantalla a menos que se acercara muchísimo.

    Aparentemente había nacido con algún tipo de problema en la vista que ni los lentes podían solucionar, solamente un trasplante de córnea, y aún así, había posibilidades de que su cuerpo rechazara el trasplante dejándolo ciego, por lo que había aceptado su condición como crónica y había aceptado vivir con las consecuencias.

    Pero para ser justos, como dije, esto es algo con lo que nació, por lo que su buena racha inicial en el grupo y todo lo bueno que vino después, también pasó con él siendo semi-ciego, por lo que no me parece una excusa válida para justificar nada en su accionar. Pero si, algo a considerar.

    Fue por esta época que empezó a verse con una piba india-hongkonesa, que vivía en un apartamento de dos pisos por la zona de Ekkamai.

    Era tan asquerosamente rica, que tenía un chef privado disponible las 24 horas del día viviendo en el apartamento encima del suyo, pero no hacía nada con su vida porque toda la plata era de los padres que eran empresarios o no se qué.

    Además -vaya sorpresa- tenía un grave problema de abuso de sustancias. Y no hablo de porro -solamente- sino de todas esas pastillas horrible, opiáceos, barbitúricos y toda esa mierda.

    Al parecer habían estado un par de veces y se seguían viendo porque supuestamente la piba solo quería sexo casual, sin ataduras. Pero cuando Max se cansó y quiso dejar de verla, a ella se le saltó la cadena, primero cagándolo a puteadas y tirándole con un cenicero por la cabeza, y después llorando y rogándole que se quedara con ella.

    Max se dio cuenta que era más tóxica que el pez de tres ojos de Los Simpsons y la evitó por bastante tiempo (no era tan boludo), pero al final cayó de nuevo en la trampa, como van a ver más adelante.

    Cuando ya estaba a un par de semanas de irme de Tailandia, algunos de los pibes del equipo de fútbol de Chiang Mai para el que jugué todos esos años bajaron a Bangkok para un último fin de semana conmigo, así que aproveché a invitar a Max a salir a tomar un par con nosotros.

    Varios de ellos se dieron cuenta de que había algo raro en ese pibe y me preguntaron que carajos le pasaba, porque se pasó la noche entera apenas sin hablar, con su gorrita de visera encasquetada hasta el fondo de la cabeza y la mirada perdida, tomando una pinta de Singha tras otra en un pub irlandés al que fuimos por Phrom Phong.

    Me acuerdo que esa noche Max me mostró un mensaje que le acababa de llegar de la pibita india-hongkonesa ésta que decía algo así como: ‘Por favor, ¿podés venir a mi casa y cogerme una última vez?’.

    Y ahora estamos en mi última semana en Bangkok o así. Max aún no estaba jugando en el turno de la mañana, no se había hecho una cuenta en Chico, no estaba haciendo nada distinto de cuando llegó a Tailandia meses atrás.

    Como yo me estaba por ir y él se iba a quedar al menos un par de meses más, organicé un almuerzo con dos de los OG del poker de la ciudad: Robbie de Inglaterra y Bruno de Brasil. Bruno se había mudado hacía poco a una casa por On Nut con otro brasilero de la edad de Max, quien también fue al almuerzo en uno de los restaurantes de Terminal 21. Ese día fue la última vez que vi a Max.

    Durante el almuerzo escuché que Robbie le dio el contacto de dos jugadores de cash de la misma ciudad de donde era Max que también vivían en Bangkok, así que tenía aún más opciones de gente con la que parar cuando yo me fuera.

    La comida estuvo bien. Robbie justo había extendido la Thai Elite Visa por otros cinco años (que como su nombre lo indica es un especie de visa especial que por USD 10.000 pagados por adelantado te permite quedarte en Tailandia sin ningún tipo de problema además de darte una fila prioritaria y transporte gratis desde y hacia el aeropuerto, descuentos en clubes de golf, spas, etc).

    Hablamos un poco de poker y de que formatos y limites jugaba cada uno, sobre la vida en Tailandia y todo eso.

    Después del almuerzo teníamos el grupo de estudio semanal con el establo. Unos días antes, después de organizar todo y darle aviso a Max le había agregado: ‘y espero que asistas a ambos eventos’. Lentamente estaba empezando a perder la paciencia, ya un poco cansado de tanta falta de compromiso de su parte.

    Así que después de comer se tomó una moto-taxi a su hotel (se estaba quedando en un cinco estrellas por Silom por aquel entonces) y llegó justo a tiempo cuando empezaba la sesión de estudio. Saludó y apagó el micrófono mientras uno de los otros caballos empezaba con una presentación super producida que había hecho sobre el tema que estábamos estudiando en ese momento. A los pocos minutos, Max escribió el siguiente mensaje en el chat:

    ‘Van a tener que seguir sin mi chicos, pasó algo en casa y estoy en una llamada con mi familia, me perdí toda la sesión hasta el momento, disculpas.’

    A las pocas horas le escribo para ver si estaba todo bien, y me contestó que si.

    Al día siguiente le escribí a ver si estaba para juntarse y si le había escrito a los pibes de su ciudad que vivían en Bangkok con los que Robbie lo puso en contacto y no me contestó. Le mandé otro mensaje al día siguiente y, nuevamente, silencio.

    Y entonces fue que me asusté en serio. No tanto por la posibilidad de que se hubiese escapado con el agujero de make-up y básicamente nos hubiera robado, ya que eso no era una posibilidad real para mi por aquel entonces, sino que me preocupé seriamente por su vida.

    Compartí acá hace un tiempo un escrito (nota: algún día voy a traducir dicho escrito y compartirlo efectivamente en este blog) que hice sobre mi amigo Matt, mi primer amigo en Tailandia (lo conocí el día que llegué, el 12 de diciembre del 2015) y que falleció unos meses después de volver a Canadá por una sobredosis el 30 de diciembre del 2019.

    Su narrativa fue bastante similar a la de Max: tuvo un gran inicio jugando al poker, ahorró algo de dinero, se mudó a Tailandia y comenzó a ir barranca abajo y sin frenos cuando tuvo que centrarse y empezar a trabajar en serio.

    Su problema con el abuso de sustancias era mucho más serio que el de Max, y comenzó mucho antes en su vida, y además era peor jugador, objetivamente hablando. Pero cuando mis intentos de contactarme con Max se encontraban solo con silencio, entré en un mini estado de pánico y los recuerdos del caso de Matt cayeron todos juntos sobre mí.

    La muerte de Matt no fue mi culpa, y si algo le hubiese pasado a Max tampoco hubiese sido mi culpa, pero aún una parte de mi piensa que podría haber hecho algo más por Matt, y no estaba preparado para lidiar con Max muriéndose en la misma ciudad donde ambos vivíamos.

    Estaban todos los ingredientes dados para que algo así sucediera, tanto por accidente (la pibita india-hongkonesa ésta dándole pastillas y que al mezclarlas con alcohol hubiese hecho una sobredosis) o bien voluntariamente (casi $20.000 de make-up, un poco de depresión que hasta los pibes de Chiang Mai que ni lo conocían pudieron ver en un par de horas compartidas con el, muchos edificios altos en la ciudad, y listo), así que decidí pecar de paranoico y no quedarme de brazos cruzados, porque todo lo que me venía a la cabeza eran los recuerdos de Matt y ese sentimiento de mierda de culpa que no me podía sacar de encima de ninguna manera, junto con el deseo latente de haber hecho más por él. Así que llamé a la embajada del Reino Unido en Tailandia, básicamente a preguntar si no sabían si había un cuerpo en una bolsa negra con el nombre de Max Waterhouse en alguna morgue de Bangkok.

    Después de hablar un rato en el teléfono con la oficina en Tailandia transfirieron mi llamada a la oficina de asuntos consulares en Londres, donde me pidieron más información sobre Max y su situación, me pidieron mis datos de contacto y me dijeron que no había mucho más para hacer más allá de esperar y abrir un caso sobre él, a la espera de más información.

    Y así fue que al día siguiente Max reapareció y me escribió el siguiente mensaje:

    ‘Bro tranquilo, ¿no me puedo desaparecer un par de días? hubo una discusión grande en mi familia y estaba lidiando con todo eso. Me rendí y al final volví con la chica esa y estaba con ella los últimos dos días con el teléfono en modo avión. Obviamente lo que dijiste de que tengo que mejorar es cierto, no tengo ninguna excusa, pero no estaba en un estado mental bueno así que decidí no responder por un tiempo’

    Y eso fue lo último que leí de su parte, después de que desapareciera completamente de la faz de la tierra.

    Indudablemente, el punto de quiebre fue ese día del almuerzo, cuando conoció a los otros jugadores de poker, en mi opinión, al darse cuenta lo lejos que estaba de ese nivel. La sesión de estudio justo después tampoco ayudó: ver que uno de sus pares había preparado una presentación y estaba realmente comprometido con la causa mientras que él luchaba por salir de un agujero de make-up gigantesco, no hizo más que acrecentar ese sentimiento de derrota.

    Una mentalidad super estúpida si me preguntan, porque una mejor forma de pensar sobre todo el asunto después de conocer un par de jugadores de poker consagrados viviendo en la misma ciudad que vos, o un compañero de equipo comprometido con el estudio y trabajando duro para mejorar podría haber sido: ‘tengo banca, tengo amigos y compañeros que me pueden ayudar, tengo una gran oportunidad de revertir la situación en la que estoy y usar estas herramientas para hacer un cambio de 180 grados en mi vida y salir del puto agujero en el que yo mismo me metí’.

    Me encantaría culpar su problema con la vista, la marihuana o hasta la mudanza a Tailandia por el desenlace de esta historia, pero conozco otros jugadores profesionales con problemas de salud que la rompen, otros tantos que fuman porro y la rompen e infinidad de casos de locos que se mudaron a Tailandia para centrarse en el poker y la rompieron.

    Cuando le avisé a Robbie de la situación y le pedí a que alertara a los otros pibes de Stoke-on-Trent por si sabían algo de Max, me dijo algo que puede ayudar a explicar todo este desastre un poco: ‘Podés sacar al pibe de Stoke, pero no podés sacar a Stoke del pibe’.

    No estoy diciendo que ser de la segunda peor ciudad para vivir en Inglaterra -como Max siempre decía medio en broma, medio en serio- haya sido lo que llevó a Max a hacer lo que hizo, pero si que tu pasado, bagaje cultural y familiar, predisposiciones genéticas y vaya uno a saber que más, puede terminar jodiéndote, sobre todo si no tenés una mentalidad de hierro.

    Sumale a todo esto un montón de porro, una millonaria tóxica que te regala alprazolam y tenés un cóctel perfecto para que ocurra un desastre. Como dicen los paisanos de Max de Oasis, ‘it’s probably all in the mind’, mate.

    Estuve escribiendo un buen rato (incluso tuve que cargarle más tiempo a la PC porque no me alcanzó a terminar con lo que había comprado para ver el partido) así que voy a redondear por acá, pero antes de terminar me gustaría cerrar con algunas lecciones que podemos aprender del caso de Max para evitar terminar en una situación similar a la suya:

    1- Enfocate en lo que podés controlar: no pienses en cuanto make-up tenés o que tan grande es el downswing, sino en cuanto estás estudiando, que torneos estás jugando, como de balanceada es tu vida, etc.

    2- Solo porque estés autorizado a jugar torneos más caros, no quiere decir que tengas que descartar todos los torneos que venías jugando y en los que ganabas plata anteriormente para centrarte solo los del nivel superior: hacé una transición fluida hacia el siguiente limite y mantené los juegos en los que sos un ganador seguro en la grilla, agregando los más caros paulatinamente.

    3- CONSTRUÍ UNA ESTRUCTURA SÓLIDA que incluya jugar al poker, estudiar poker, cuidar tu salud (mental y física), hacer actividades divertidas lejos de la pantalla, tener un círculo social con el que compartir tiempo de calidad, etc.

    4- ESTUDIÁ, ESTUDIÁ, ESTUDIÁ y ESTUDIÁ aún más. Si Max hubiese seguido estudiando a buen ritmo nunca hubiese caído en el agujero de make up en el que cayó, o hubiese tenido la suficiente confianza en su juego para dar vuelta la situación. Si no estás seguro de si estás estudiando lo suficiente, posiblemente no lo estés, y aún si efectivamente estás estudiando mucho, seguro que hay algo más que puedas hacer. Mientras lees esto, hay pibes en Bielorrusia, en Brasil y en cualquier rincón del mundo destruyéndose los ojos mirando sims en GTO Wizard[13] contra los que vas a tener que jugar mañana, así que estate preparado y apunta alto.

    5- No robes: si te quedas sin dinero en las cuentas y te vas por la tuya, hay una chance de más del 99% de que falles, y no vas a tener ninguna oportunidad de bancaje o ayuda en el mundo del poker porque tu reputación va a quedar enchastrada de por vida. Además puede que tu tía googlee tu nombre y encuentre una página con tu foto diciendo que sos un ladrón. Si precisas ayuda comunicate con nosotros, casi siempre podemos darte una mano.

    Todo esto parece super estándar y trivial pero tal vez alguno de ustedes leyendo esto puede aprender un par de cosas de todo este lio y mejorar su situación, o evitar caer en un agujero parecido al que cayó Max.

    Y ahora sí, quiero cerrar diciendo esto: aún al día de la fecha no creo que Max sea una mala persona, solo alguien que tomó muchas malas decisiones. Espero que en un futuro se de cuenta de todo esto (si aún no lo hizo) e intente arreglar las cosas, aunque por ese entonces es probable que sea demasiado tarde.


    [1] Average buy-in en inglés, traducido sería valor promedio de la entrada de los torneos en los que participa determinado jugador. (por ejemplo si juega torneos de $10, $20 y $30, su ABI es de $20). ↩︎

    [2] Average Field Size en inglés, traducido sería cantidad promedio de jugadores. Se refiere a cuantos participantes tiene un determinado torneo (por ejemplo, si un jugador juega un torneo de 500 jugadores, otro de 1.000 y otro de 1.500, su AFS es de 1.000). ↩︎

    [3] Si los ‘pescados’ son jugadores malos, las ‘ballenas’ son jugadores aún peores con mucho dinero para perder, frecuentemente presa de jugadores profesionales (también conocidos como ‘tiburones’). De más está decir que no era una ballena: es solo una exageración. ↩︎

    [4] Mala racha. ↩︎

    De ‘simulación’. Se refiere a usar software para modelar y analizar distintos escenarios de juego. ↩︎

    Jugar consistentemente en juegos en los que uno es un ganador probado. ↩︎

    [7] Herramienta para rastrear el rendimiento y las estadísticas de jugadores de poker online. ↩︎

    [8] Sala de poker online con licencia para operar en Estados Unidos y otros países del Mundo (pero no Inglaterra). ↩︎

    [9] Torneo online de gran prestigio jugado todos los domingos en PokerStars, con $1.000.000 de premios garantizados y miles de jugadores. ↩︎

    [10] Acrónimo de «Independent Chip Model«, modelo utilizado para calcular el valor relativo de las fichas en torneos de poker, especialmente en fases finales. ↩︎

    [11] Instancia en un torneo donde un jugador queda eliminado justo antes de entrar en los premios o en la mesa final. ↩︎

    [12] Acción de pagar una apuesta grande con una mano débil, confiando en que el rival está faroleando (mintiendo). ↩︎

    [13] Herramienta de estudio de poker cloud-based con millones de simulaciones pre-solucionadas y un motor incorporado para resolver virtualmente cualquier situación de juego. ↩︎

  • Los Días de Vientiane

    Vientiane, capital de Laos

    ‘Amigo, creo que Khon Kaen puede ser peor que Vientiane. Es peor de otra forma. Pero medio que el mismo tipo de mierda. Tiene sentido, no?. Es la misma zona. La gente de Isaan es mayoritariamente Lao también.’

    Eso le mandé desde Khon Kaen al Pelado Ivan. Un grande el Ivan. Nos hicimos amigos casi que de facto. Se sumó al equipo de fútbol, entrenó una vez con nosotros y lo invitamos a jugar en el torneo de los viernes. Al toque hicimos buenas migas. Tenemos un millón de diferencias (empezando porque él es suizo y yo, uruguayo), pero compartimos esa pasión casi anormal por jugar torneítos de fútbol amateur. Ambos armamos nuestra semana alrededor del partido que toque y vivimos para eso. Y festejamos y gritamos los goles, como debe ser, por más que el premio sea un trofeo de plástico.

    Ahora va a tener una nena, el Ivan, así que no creo que siga poniendo el fútbol amateur allá arriba en su lista de prioridades. Aunque quién sabe. Cuando vuelva para Tailandia y nos tomemos un par de birras, ya me enteraré, no somos muy de hablar por chat, algún mensaje cada tanto. Como ese que tuve que mandarle para decirle que había encontrado una ciudad más mierda que Vientiane, capital del Reino de Laos, lugar evocado indefectiblemente cada vez que estábamos mano a mano en algún bar de Chiang Mai y los cadáveres de Leo y Chang ya se apilaban sobre la mesa.

    Y como habrán visto, no evocado por su tranquilidad, o el encanto de sus calles arboladas diseñadas a la francesa (y con letreros en francés también bautizando cada esquina, gracias a oscuros años en los que toda esa zona era conocida como la ‘Cochinchina Francesa’, puaj), sino más bien por su casi inexistente escena nocturna y cultural, su carencia de opciones culinarias -al menos comparado con Tailandia-, pero por sobre todas las cosas por su total y absoluta falta de gracia, de encanto.

    Sí, qué ciudad fea Vientiane. Fea y aburrida como la mierda. Encima, la principal razón que lleva a la mayoría de los extranjeros a la misma, no es otra que la de renovar, extender o conseguir una nueva visa para Tailandia, lo cual carga a las visitas de una dosis extra de ansiedad y sufrimiento ocasionada por el trámite burocrático que a ella nos convoca.

    Por suerte, solo tuve que ir dos veces yo, por ese trámite aburridísimo. Y las dos fueron bastante parecidas: Rama sin un mango, quedándose en un hotel de mierda, intentando ahorrar cada peso (perdón, cada kip) posible, porque me había gastado toda la plata en la nueva visa para poder seguir viviendo en Tailandia.

    La primera vez que fui, me tomé el ómnibus (estaba en la lona posta, no exagero). Son 12 horas desde Chiang Mai a Udon Thani, una ciudad bastante grande del lado tailandés, y después otra hora más o así entre camionetas y tuk-tuks para cruzar la frontera y llegar a Vientiane.

    Me había tocado el primer asiento del segundo piso, y después de dormitar un rato me desvelo y me doy vuelta a ver qué onda, y me encuentro sentada justo atrás mío a la Carrie, una pibita de Chicago, que era de un grupo de hippies amigos con los que paraba por aquel entonces en Chiang Mai.

    Los había conocido el primer Año Nuevo que pasé en Tailandia (el del cambio del 2015 al 2016) en Pai, un pueblito de montaña bastante turístico y hippie a unas tres horas de Chiang Mai. Recién llegado al país, sin conocer a nadie y aún medio hippy-mochilero yo, me mandé de una para Pai, me alquilé una cama en un hostel y ahí me hice amigo al toque de estos yankis.

    La mayoría eran profes de inglés (bien común para los yankis irse a Tailandia o países de la zona a laburar de profe de inglés en una escuela primaria por unos años) o simplemente hippies y hipsters desempleados, gastándose los ahorros que habían acumulado laburando part-time mientras terminaban la universidad, o viviendo por $500 al mes bancados por papá y mamá. Lo suficiente para hacer yoga un par de veces por semana, un par de talleres de pintura o respiración o mindfulness o algo así y comer comida thai vegana baratita, tomar un par de birras y parar con otros expats (porque si vivís en el exterior, sos blanco y tenés algo de plata te dicen expat, no inmigrante).

    Lo pienso ahora y parar con gente así es básicamente todo a lo que escapo, pero por aquel entonces, hace unos 10 años, la distancia entre esa vida y la mía era menor, y capaz yo era un poco más tolerante y menos rígido.

    Así que al principio de mi estadía en Chiang Mai, los hippies yankis estos eran uno de mis grupos sociales, junto a los latinos y a mi amigo el Matt (QEPD).

    Me acuerdo una vez que íbamos entrando al Warm Up Cafe con el Matt, un boliche thai bastante prolijo por Nimman, y nos encontramos a los hippies saliendo que vienen y nos abrazan uno por uno al Matt y a mi y nos cuentan que iban a entrar al Warm Up pero que al Billy lo dejaban afuera porque andaba de chancletas y musculosa, así que se iban para un barcito cerca de la casa de uno de ellos por Suthep, más chill dicen, a ver si queríamos ir. Y les agradecimos pero no, fuimos con el Matt para el Warm Up nomás, y compramos una botella de Johnny Negro y el Matt estuvo toda la noche rompiéndome las bolas que tendríamos que habernos ido con mis ‘hippy friends’ y de ahí les quedó el nombre.

    Pero nada, ahí estaba la Carrie de Chicago sentada atrás mío en el bondi, toda rubiecita y bien yanki ella, pero con un pañuelo de colores en la cabeza para demostrar que era medio progre, y pensé ‘Bien! ahora no tengo que hacer todo este trámite solo y tengo alguien con quien parar’. Conversamos un rato de asiento a asiento y después medio que me dormí pero un sueño livianito nomás y cuando quise acordar llegamos a la frontera.

    Bah, a la terminal de ómnibus de Udon Thani, donde nos bajamos y previa compra de unos chips de banana -estaban blandísimos y horribles me acuerdo- nos subimos a una van rumbo a la frontera.

    Adelante nuestro en la cola de inmigración había como 5 chinos (pero con pasaporte yanki) y uno de ellos no tenía suficientes páginas libres en el pasaporte para que le pusieran la visa para Laos y el milico de inmigración le dice: ‘Andá a Tailandia, hacete un pasaporte nuevo y volvé’. Claro capo, aguanta que hago eso y ahí vuelvo al toque.

    El chino-yanki se re quemó y empezó a los gritos pidiendo por el ‘SUPERVISOR’ y la Carrie me dice: ‘como se nota que es yanki, esa del supervisor sirve allá, acá no tenés chance’.

    Me hubiese encantado saber que pasó con el chino-yanki ese, pero nos llamaron de otra ventanilla y allá fuimos y tras el pago de $35 nos dieron la visa para Laos y nos subimos a otra van que nos llevó al otro lado del río Mekong y hacia Vientiane.

    La van fue dejando gente en distintos hoteles, y yo, que ya estaba tratando de distanciarme de los hippies e intentando civilizarme un poco (o capaz estaba un poco arrogante de más nomás), me bajé en un hotel que había reservado por Booking, cerca del único mercado nocturno de Vientiane. Habitación privada y todo. La Carrie y los hippy-mochileros de turno siguieron para un hostel por ahí, medio cerca pero ni tanto.

    Cuando hago el check-in veo que el loco del otro lado del mostrador tiene un iPhone con la bandera del partido comunista de fondo de pantalla. Me costó demasiado no cagarme de risa frente a la ironía tan alevosa. Igual resulta que Laos aún se considera un país ‘comunista’, y casi todas las fachadas de los edificios tienen tanto la bandera local como la del Partido Comunista (la clásica de la hoz y el martillo) flameando una al lado de la otra.

    El pibe me pregunta de dónde soy, y cuando le digo que de Uruguay, se pone todo loco, como suele suceder con la gente que le gusta el fútbol, y me invita a ver un partido de la Euro 2016 ahí abajo en recepción a la noche.

    Cuando subo al cuarto, me encuentro ante lo que seguramente sea el peor cuarto en el que me quedé en toda mi vida viajando, y se imaginarán que estuve en unos cuantos en todo este tiempo. Ah, pero privado, eso sí, ningún hippie en la vuelta, toda esa miseria solo para mí.

    Miseria chiquita, porque no debía tener más de 2 o 3 metros cuadrados. Y olorosa, vaya uno a saber a qué. Vieja también la miseria, seguro que de la época en que no era Laos sino Cochinchina. Y por si fuera poco las gran comodidad moderna, en forma de aire acondicionado, era tan ruidosa que convertía el dormir en un reto: tocaba elegir, o aire acondicionado o sueño. Pero como estaba destruido del viaje en bondi y las pocas horas que pude dormir, caí rendido tipo 3 de la tarde, solo para despertarme a la medianoche y darme cuenta que me había re cagado el ciclo del sueño.

    Bajé a la recepción y ni rastros del pibe de temprano por lo que asumo que me perdí el partido de la Euro. Salí con la esperanza de encontrar algo para comer en la vuelta, como en Tailandia, que hay un carrito de noodles o un wok activo a cualquier hora del día, pero después de caminar media cuadra en la más absoluta oscuridad, sin rastros de nada abierto, me di cuenta de que estaba en el horno y que tocaba ayuno intermitente.

    Volví al cuarto, prendí el aire y saqué la laptop, solo para llevarme el chasco de que el internet era tan paupérrimo que no se podía ni entrar a Marca.com a ver cómo había salido el partido de la Euro.

    Por suerte, estaba prevenido y tenía varios videos de poker ya descargados, así que aproveché para ‘estudiar’, y me miré dos o tres horas de un tal Casey Jarzabek revisando un historial de manos. En ese entonces mirar un video de alguien hablando de poker era todo el estudio que hacía, ¡como no iba a tener ni un peso!.

    Antes que el sol, fue el gallo del vecino el que me avisó que estaba por amanecer (no se olviden que Vientiane es la capital de Laos, y yo estaba bastante céntrico, pero aún así me despertó un gallo, bien rural es Laos). Me di cuenta de que el desvelo había tenido su lado productivo: podía llegar antes que nadie a la embajada tailandesa y ahorrarme horas de cola.

    Así que salí a caminar buscando comida, pero ya rumbeando hacia el lugar donde iba a conseguir una nueva visa que me permitiera no volver a Laos por al menos un año, y de pasada, viendo cómo abrían todos los hoteles y hostels de la vuelta, vi uno que ofrecía alquiler de bicicletas por $1 al día.

    Importante no olvidar el detalle de que el internet en Laos es casi inexistente, y en mi limitadísimo presupuesto no entraba un chip para tener datos en la calle, así que medio a ciegas y medio guiado por el mapa que pude ver antes de salir del hotel, empecé a pedalear rumbo hacia donde creía recordar que estaba la embajada.

    Pasaban los minutos y yo ahí, pedaleando bajo el sol cada vez más alto en el cielo, y ni rastros de la embajada. La segunda vez que pasé por enfrente del mismo mercado (ahora lleno de gente comprando y vendiendo vegetales y animales vivos) saqué el celular del bolsillo y comprobé que no solo el GPS no estaba andando, sino que ya eran las 8:30. Eso significaba que la embajada estaba abierta hacía media hora, y no solo no iba a ser el primero en llegar, sino que si no me apuraba, cabía la posibilidad de que no me diera el tiempo para entregar los papeles y pedir la visa, lo que significaría al menos 24 horas más en Vientiane, Dios no lo permita.

    Ante la posibilidad de un panorama así de catastrófico, bañado en transpiración, hambriento y cansado como la mierda, me tragué el orgullo, dejé la bici en un lugar del mercado haciendo un marcador mental para encontrarla a la vuelta, y me tomé un tuk-tuk que, por $5 o $10 (o ya ni me acuerdo), me dejó en la embajada a apenas dos cuadras de donde estuve rondando por casi una hora. Como para no odiar esa ciudad de mierda.

    Encima, cuando estaba entrando a la embajada después de rechazar la oferta de miles de fixers (locales que hacen todo el trámite por vos a cambio de una módica suma de dinero de la cual no disponía, por lo que me tocaba hacer todo a mí), la veo a Carrie y una banda de hippies saliendo ya con los papelitos en mano para volver al día siguiente a buscar la visa, todos re contentos y re amiguitos. Pero importantísimo recordar que yo dormí en habitación privada, ta?

    Me tocó hacer unas 2 horitas de cola debajo de una carpa en el patio de la embajada, al rayo del sol, porque la carpa no alcanzaba para proteger a las casi 100 personas que debían estar ahí sufriendo, papeles y pasaporte en mano, esperando a ver si al milico de inmigración de turno andaba con ganas de concederte el permiso de quedarte un año extra en su país.

    Me acuerdo que conocí a otro jugador de poker francés haciendo fila y conversamos un poco, pero más que nada pasé la espera leyendo en el teléfono. Fue alrededor de esta época que empecé a desarrollar el hábito de leer en el celular para leer más y evitar cargar libros para todos lados, que en Tailandia eran difíciles de conseguir (en español). Si mal no recuerdo, en aquella época estaba leyendo Pédro Páramo de Rulfo.

    Cuando al fin llegué a la ventanilla, la milica de inmigración ojea la terrible pila de papeles que le entrego, que me había dado la escuela de thai en la que se supone que iba a estudiar lenguaje tailandés todo el año próximo (aunque, en realidad, esa de ‘estudiar thai’ es más vieja que el agujero del mate y todo el mundo sabe que es solo una excusa para quedarte en Tailandia por más tiempo de manera legal), y me marca que tenía que firmar un par de cosas o llenar un formulario o no sé qué, así que me dice que haga eso y que vuelva sin hacer la fila.

    Bien, ahí salgo de la ventanilla, hago lo que me pidió y vuelvo cuando había un loco veterano, medio indio, medio panzón, hablando con la milica, y medio que entro por el costado y le digo que me disculpe, pero que la milica me había dicho que fuera directo para ahí cuando tuviera eso. El loco me contesta algo y no entendí bien, y yo que ya estaba re quemado casi que me planto de manos ahí y le repito: “SHE TOLD ME TO COME STRAIGHT HERE AFTER DOING THIS”. El pobre indio o inglés, o lo que fuera, se re ataja y me dice todo asustado: “I know, I know! I told you to come here and talk straight to her, not from the side.” Y yo, re avergonzado, le pido perdón y le digo que me disculpe, que esa oficina de mierda me tiene al borde del colapso nervioso, y él me responde que nada, nada, estamos todos en la misma. Y en eso, la milica me sella los papeles, me da un recibo y me dice que vuelva al otro día después de la 1 p.m. a buscar el pasaporte.

    Así que me fui caminando de nuevo para el mercado donde había dejado la bici y ahí estaba, intacta, con el casquito colgando del manubrio y todo, gente honesta los laosianos. Aproveché para comerme un par de bahn mi, que no es otra cosa que un refuerzo en media baguette, parte del “legado” de los franceses, porque en esas zonas del mundo no se come casi pan, y corté casi 24 hs de “ayuno intermitente”.

    Y así, con la panza llena, agarré la bici y empecé a rumbear de nuevo para el hotel, aún a ciegas, sin GPS, pero un poco mejor orientado. En una me acuerdo que me metí por un callejoncito medio escondido y vi, en una mesa afuera de un local comercial, a dos farangs (extranjeros blancos) de unos 50 o 60 años sentados tomando varias Beer Lao ahí nomás de mañana. Uno tenía un corte de esos tipo mullet y una banda de tatuajes, pero no todos cool y neo-trad como los míos, sino más bien mal hechos, seguramente por un amateur en prisión o algo así. Les iba a preguntar por direcciones, pero había algo que me hacía ruido, así que di la vuelta y seguí pedaleando por la polvorienta y aburrida Vientiane hasta que llegué al hotel y caí rendido porque ya era bien pasado el mediodía y seguía con el sueño cambiado.

    Me levanté de nuevo tipo 6-7 p.m. y tenía un mensaje de Carrie invitándome a tomar un par de birras con un pibe de Israel que conoció en el hostel y también estaba por la visa, así que allá fui directo para el bar donde iban a estar.

    El pibe este vivía en Bangkok y había hecho el ‘border run’ con todas sus cosas encima. Cargaba una mochila gigante y un monitor, porque ya tenía como tres visas de turista al hilo y estaba todo asustado de que le fueran a rechazar la nueva visa, así que andaba con todos sus petates encima, tipo tortuga.

    Y así, conversando los tres, nos pasamos un buen rato apilando Beer Lao en una mesa de uno de los bares de ahí, sobre la ribera del Mekong.

    Alrededor de la medianoche, y de la nada, el bar se llena, repito, SE LLENA, de chicas locales, que seguramente terminaron de trabajar en un bar cercano y se mandaron para ahí al toque (todo cierra temprano en la podrida Vientiane, hasta los bares de p****). Y cuando quiero acordar, y sin mediar palabra alguna, una de las 20 o 30 pibas que acababan de inundar el bar re tranquilo en el que estábamos, se sienta al lado mío.

    Y ahí me empieza a hablar, en una suerte de inglés quebrado, pero al toque me doy cuenta de que la pobre tiene dificultades y no estoy hablando con el idioma, sino con el habla directamente. No sé si era sordomuda o solo muda o qué, pero claramente le costaba a la pobrecita, y me mostraba fotos en el celular: de la familia en una provincia del Laos profundo, donde si caminas fuera del sendero principal podés pisar una mina que dejaron plantada los yankis en los setenta y volar a la mierda, de la hija (obvio), de la moto que tenía y no sé qué, y en una se le escapa y me muestra una foto de un guacho rubio, todo panzón, con pinta de francés o algo así, que seguro era el novio o el sponsor o algo de eso, y re tímida, la pobre que se quiere matar, toda colorada quedó, y yo que me cago de la risa.

    A todo esto, nos tomamos un par de birras más en la formación esa extrañísima de la Carrie, el israelí-tortuga, la prostituta sordomuda con un novio panzón y yo, y al rato cierran el bar y nos sacan a todos a la calle.

    Y apenas cuando salimos, la Carrie viene y me empieza a agitar: “Dale, llevate a la pibita al hotel”. Y yo le digo: “Aguanta mami, no tengo un peso, ¿le vas a pagar vos?”. Y la loca que insiste e insiste, y yo nada, ni me gusta la sordomuda.

    Rarísimo todo porque la Carrie era bien zurdita, fana mal del Bernie Sanders, toda hipilla con sus talleres de yoga y sus viajes a Nepal para ayudar a niños huérfanos en el medio de la montaña (porque es más divertido siempre ayudar a niños pobres de otro país que a los de tu propio país). Pero la loca nada, incitándome a fomentar la industria sexual local y que me lleve a la sordomuda que pobrecita estaba ahí con cara de tristeza. Pero no hubo chance, no había plata, no había ganas, no había nada.

    Así que nos despedimos de la pibita y nos vamos caminando la Carrie, el israelí y yo para el mismo lado. Cuando llegamos a la puerta de mi hotel, con la bandera de Laos y la del Partido Comunista flameando en la entrada, en la más absoluta oscuridad porque ya era bien tarde, quedamos en que al otro día yo voy para el hostel de ellos y nos vamos todos en tuk-tuk a la embajada a buscar nuestras visas.

    Gracias a las Beer Lao, al fin puedo medio que normalizar el sueño y tipo 2 am caigo rendido. Al otro día me levanto para devolver la bici que había alquilado y caminar un poco por la ribera del Mekong.

    De día, y sin el mercado ese horrible nocturno que hacen, que es como uno de los miles de mercados que hay en Tailandia donde venden cosas Made in China de plástico, re feas, pero mil veces peor, se ve hasta bonita. Pese a que el río a esa altura es todo flaco, todo pantanoso, apenas parece un arroyito. Pero de día y casi sin gente en la vuelta, cuando sabés que te estás por ir a la mierda de Vientiane, ese chorrito de agua ni tan feo parece (porque tampoco me animo a decir que se ve lindo).

    Lo disfruto un rato, con el solcito no muy fuerte aún, dándome en la cara y recordándome que del otro lado de ese charco glorificado está Tailandia y que para allá voy por un año más.

    Camino todo para arriba y todo para abajo por la costa y veo a unas señoras haciendo una clase de aerobic al aire libre. Súper normal en Asia ver a las doñas ejercitándose bajo la tutela de una profe con un parlante y un micrófono en la plaza pública de turno.

    Pienso meterme un rato, pero me quedo mirando nomás. Al rato, vuelvo al hotel para meter todo en la mochila y poder al fin hacer el check-out y no tener que volver nunca más a la habitación más fea que me tocó en mi vida.

    Así que al rato ya estoy en el hostel de la Carrie y del Israelí-tortuga y me encuentro con una banda de pibes y pibas más, todos re contentos que estamos por ir a la embajada y nos vamos bien a la mierda de esa ciudad horrible.

    Así que entre 9 o 10, compartimos un tuk-tuk de los grandes, como los songthaew de Chiang Mai, y llegamos a la embajada justo a tiempo para, una vez más, hacer una fila bien larga e ir saliendo de ahí uno a uno con nuestro pasaporte ya sellado con la visa.

    Del grupo original quedamos 4 o 5, incluidos la Carrie y yo, obvio, y nos tomamos otro tuk-tuk para cruzar la frontera y volver a Tailandia. Cruzamos el río que hacía un rato observaba sentado en una plazita a través del ‘Puente de la Amistad’, y me queda sortear la última barrera antes de un año más en el país que elegí como mi casa por tanto tiempo.

    Es el cruce fronterizo de entrada a la Tierra de las Sonrisas, como los thai denominan a su país (o más bien como la Tourism Authority of Thailand -TAT para los amigos- le puso, después de un board meeting en algún momento de los noventa). Si bien es reconocido por ser el puesto de frontera más laxo y amigable que existe para entrar a Tailandia, y que no rebota a casi nadie (especialmente si tenés una visa de estudiante -la primera- recién puesta en el pasaporte), no deja de ser un obstáculo a sortear y ahí voy yo todo cagado a ver si todavía no me mandan de vuelta para atrás a Laos.

    Después de hacer fila un buen rato porque es la hora en la que todos los que recién salen de la embajada cruzan de nuevo a Tailandia, escapando de Vientiane, me llama el milico. Cuando empieza a ojear el pasaporte de arriba abajo, yo ya pienso ‘ta, cagué’. Cuando me llama con el dedo más cerca de la ventanilla, yo ya al punto del llanto, imaginándome atrapado en Vientiane de por vida, sin un peso y sin internet para poder jugar al póker y volver a Tailandia, va el loco y me dice: ‘Uruguay?’ ‘Yes’. Se baja el barbijo (porque en Asia usaban barbijo mucho antes de la pandemia) y me dice con terrible sonrisa: ‘Luis Suárez!’ Y yo, que en esa época no lo odiaba al gordo por bocón, pero sobre todo por gallina, re contento le empiezo a dar charla: que el Liverpool, que el partido contra Ghana y no sé qué más.

    Y cuando quiero acordar, ya estoy caminando en suelo tailandés, con una sonrisa de oreja a oreja, recordando el manotazo salvador que metió el Lucho contra los ghaneses en el 2010.

    Ahí de los 4 o 5 que cruzamos solo quedamos Carrie y yo que somos los únicos pichis que nos tomamos el bus de vuelta a Chiang Mai en vez del avión, así que nos tomamos un taxi hasta la terminal de buses de Udon Thani donde hay un terrible mercado, mínimo diez veces más grande y bonito y lleno de cosas que el de Vientiane.

    Mientras esperamos que salga nuestro bus nos comemos un omelette con arroz con salsa picante por encima, ahí sentados enfrente al Central Udon Thani (los Central son una cadena de shoppings que existe en todas las provincias de Tailandia más o menos) y hablamos de socialismo y Bernie Sanders y como los paisanos de Carrie re cagaron a bombazos a los laosianos -que son el país más bombeado en la historia del universo por cierto- hasta que se hace la hora y nos arrimamos a donde salen los bondis, ahí cerquita del shopping.

    Nos subimos y esta vez nos toca a los dos en el primer asiento del piso superior, así que tenemos vista privilegiada para conocer un poco de Udon, antes de que las luces del bus se apaguen, y las de la calle también, y el conductor agarre la ruta bien oscura y estrecha por la que vamos a estar viajando las próximas doce horas hasta llegar a nuestra querida Chiang Mai.

    Me encantaría cerrar diciendo que esa fue la última vez que me tocó ir a Vientiane, pero un año después tuve que repetir el proceso en condiciones casi exactas, aunque con menos plata capaz y sin Carrie que ya estaba de vuelta en Chicago. Pero de eso hablo la próxima porque si sigo recordando esa ciudad espantosa me va a dar un patatús.